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Jueves, 10 de abril de 2003 - 18:30 GMT
Lápices de colores
![]() Niños de Umm Qasar: trazos y sonrisas.
Escribe Matías Zibell, enviado especial de la BBC a la frontera entre Kuwait e Irak
En los próximos días comenzará a delinearse el futuro de Irak. Todos tendrán algo para decir: Estados Unidos, el Reino Unido, los grupos de oposición a Saddam Hussein, iraquíes kurdos, sunitas y chiítas, la ONU, las organizaciones de ayuda humanitaria, los países vecinos, los que apoyaron la guerra, los que no. Pero mientras todos se reúnen y se dividen, y se suman y se restan, y las estatuas caen y los saqueos continúan, yo visito un hospital iraquí en Umm Qasar con mi cámara, mi grabadora y unos 15 lápices de colores que compré en Londres para repartir entre los niños. No lo hago por simple caridad. Espero que esos lápices me ayuden a dibujar un panorama más claro de lo que se vive en el sur de Irak y de lo que el futuro le depara a esta nación árabe. Tres lápices Un grupo de niñas iraquíes me miran desconfiadas. Acabo de llegar con un convoy de la Media Luna Roja kuwaití que trae comida, agua y medicinas. Somos decenas los periodistas que nos desplegamos en el lugar.
Esa sonrisa vale millones. Pienso que es muy importante que todos los niños en el mundo puedan tener un lápiz para poder dibujar sus sueños. Las imágenes de la gente cantando en Bagdad al caer el régimen se repiten en mi mente e imagino lo que puede hacer la democracia en un país que la ignora casi por completo. Comprendo también que no es muy complicado "ganar corazones y mentes" cuando uno le da un lápiz a alguien que nunca tuvo ninguno. Les pido ahora a las niñas que hablen al micrófono para poder enviar sus voces a Londres. Se niegan nuevamente. Ya tienen sus lápices y consideran que la sonrisa y la foto fueron más que suficientes. Veo que por más que uno regale lápices de colores, no siempre se obtiene lo que uno quiere. El cuarto lápiz Le regalo otro lápiz a un niño que me hace morisquetas. Uno siempre se siente tentado a favorecer a los que nos sonríen en desmedro de los que nos ladran. Un compañero de él me exige, de muy mal modo, el lápiz que él entiende le corresponde por derecho.
Pero alguien debe darle la segunda lección que viene con la democracia: el sistema considera que todos deben tener sus lápices, pero no lo garantiza. Como mayor, me veo en la obligación de legarle esta dura enseñanza y le niego su lápiz. Entonces, como no puede pelearse conmigo porque soy muy grande para su tamaño, comienza a correr al otro niño que huye despavorido con su lápiz. "No estamos preparados para la democracia", me dijo hace unos días un poeta iraquí exiliado en Kuwait. "Debemos aprender primero a vivir en paz con nuestros conciudadanos". Pienso que la democracia es como los lápices: es sólo el comienzo, hacen falta luego muchas hojas y muchas ganas de dibujar. Diez lápices para treinta Al sacar otros diez lápices, me veo rodeado por una "jauría" de niños que gritan por el suyo. Me recuerdan las imágenes de los saqueos de Bagdad y de Basora. Miro al soldado británico más cercano con cara de desesperado, pero no se da por enterado.
Días después, Antonia Paradela, una de las funcionarias del Programa Mundial de Alimentos de la ONU en Kuwait, me decía que esto no es tan así. "Según la ley internacional y la convención de Ginebra -y es algo que ha sido puntualizado por el secretario general de la ONU, Kofi Annan- es responsabilidad de los ejércitos de los países ocupantes, en este caso EE.UU. y Reino Unido, garantizar la ley y el orden y el respeto a la propiedad". Los saqueos se dieron en hoteles de lujo (pianos de cola y jarrones chinos "salieron a pasear" por las calles de Basora), negocios y también en almacenes de alimentos del gobierno iraquí. Las agencias de ayuda humanitaria han advertido que no podrán llevar a cabo su misión humanitaria en el sur de Irak si no se termina este caos. Mientras yo huyo de las "aves rapaces" que se quedaron sin sus lápices, recuerdo a un general británico que en la crisis del Canal de Suez en 1956, y ante las exigencias de que avanzara hacia el Cairo, respondió: "Claro que puedo llegar a la ciudad; la pregunta es qué hago después". El último lápiz Me queda sólo uno y eso me entristece. Me hace muy feliz repartir lápices entre los niños. Ante el tamaño de sus sonrisas, tengo la tentación de comprar nuevos lápices y salir por otros lugares a distribuir alegría.
Es interesante el ejemplo utilizado por el hombre del Pentágono, ya que la caída del muro no fue un hecho aislado, sino la primera pieza de un dominó que derribó a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. ¿Quedan entonces más lápices por repartir y más estatuas por caer en el Medio Oriente? Y si alguien no quiere dibujar, ¿le serán arrojados los lápices por la cabeza? Quiero regalar mi último lápiz a un niño que a la distancia me mira desafiante. Trato de llegar a él pero los periodistas que están en el lugar se interponen en el camino (los periodistas a veces estorban... la trayectoria de los proyectiles de los tanques). Cuando por fin llego a él, le pido que me haga un dibujo, algo lindo para mostrar en BBC Mundo como una casita con chimeneas y humo y el perro en el jardín. Pero, en lugar de eso, traza el contorno de una botella de agua y se lleva el dedo a la boca. Me voy entonces con mi caja de lápices vacía. No puedo quedarme mucho tiempo más en esta zona de Irak. Si el caos lo permite, quiero viajar a Basora o a Bagdad. Espero saber algún día qué dibujaron con mis lápices los niños de Umm Qasar. Fotografías: Matías Zibell |
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