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Escribe: José Vericat.
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Viernes, 26 de abril de 2002 - 13:38 GMT
Jenín, la tumba abierta
Anciano palestino en Jenín.
Los palestinos buscan sus pertenencias entre los escombros de sus hogares.
Escribe desde la Franja de Gaza José Vericat, especial para BBC Mundo.

Una anciana intenta abrirse camino entre los escombros de su casa con un cuchillo de cocina. Grupos de mujeres estan simplemente sentadas encima de montículos de arena donde yacen sus casas.

Unos hombres, grises por la capa de polvo que les cubre, cavan furiosamente.

Poco a poco van descubriendo restos de habitaciones. Se empiezan a ver donde estaban las paredes que dividían cada cuarto. Buscan documentos, pasaportes, carnés de identidad, títulos de propiedad, certificados de nacimiento. Las cosas reutilizables, principalmente ropa, las van acumulando en una sábana.

En otra esquina, decenas de personas miran como un grupo de hombres cavan buscando cadáveres.

Parecen haber encontrado un cuerpo. Esta irreconocible. La gente alrededor discute de quien se puede tratar. "Es Ahmad", dice uno que cree reconocer el reloj que han encontrado en el muerto. "No puede ser, Ahmad llevaba uniforme la última vez que le ví", dice otro.

Guerra y semántica

El campo de refugiados de Jenín se encuentra en el norte de Cisjordania cerca de la frontera con Israel, en la falda de una suave y verde colina.

Desde allí, según el ejército israelí, durante esta Intifada se han lanzado 28 ataques suicidas contra objetivos principalmente en las ciudades del norte de Israel: Binyamina, Hadera, Netania, Haifa y Afula.

Familia en una casa medio derruida.
Las casas están en ruinas, sin luz ni agua.
Ambos bandos se encuentran en una guerra semántica sobre si se cometió o no una masacre.

Mientras, se conoce que 23 soldados israelíes han muerto en Jenín, hasta el momento no se sabe el número de palestinos fallecidos. Todavía no se han encotrado todos los cuerpos. Israelíes hablan de decenas de muertos, palestinos de cientos.

El Comité Internacional de la Cruz Roja acusa a Israel de violar la convención de Ginebra por poner en peligro la vida de civiles y su propiedad, y por no permitir el acceso de equipos médicos para tratar a heridos.

El asalto del ejército israelí al campo de refugiados de Jenín, en donde viven 14.000 personas, duró ocho días.

Desde dentro del campo de refugiados palestinos armados ofrecieron resistencia. Había minas caseras en las calles, y explosivos en las tuberías y edificios.

Devastación

No parece haber quedado ni una sola casa sin dañar. Las fachadas de los edificios a lo largo de calles enteras han sido arrancadas por las excavadoras. Los edificios han sido agujereados por piezas de artilleria y misiles lanzados desde helicópteros.


Hay rabia, hay dolor. Pero no es nada que no podamos superar. No es nada nuevo. Una vez más hay que pasar página y empezar de nuevo

Abu Ahmad.

El campo de refugiados se encuentra sin agua, sin electricidad y sin una línea de teléfono. El ayuntamiento intenta recomponer la infraestructura.

Mientras, las organizaciones de ayuda humanitaria se concentran en dos temas más urgentes, localizar los explosivos que no han sido detonados y derribar las casas que pueden poner en peligro la vida de sus residentes como resultado de los daños sufridos.

Según Peter Leman, representate de la Agencia Suiza de Cooperacion y Desarrollo hay entre ochenta y cien casas afectadas, un tercio de las cuales tendrán que ser derribadas. Además hay unas 150 casas totalmente destrozadas.

Nuestros hogares

Sutki as-Saade, un hombre de unos cuarenta años, me invita a entrar en su casa. Soldados israelíes habían pasado allí varios días. Está ansioso por enseñarme los destrozos.

Niños palestinos con una ristra de balas.
Los niños juegan con todo lo que encuentran.

Parece que los soldados tenían un bote de pintura. El rastro negro se encuentra por todo el piso: Un símbolo de la paz encima del frigorífico, la pantalla del televisor, las fotografías de familiares colgadas, y en la pared escrito en hebreo: "Luchamos por nuestros hogares"

Los muebles estan colocados contra las puertas y ventanas. A una silla le han rajado el asiento y han puesto un cubo debajo, improvisando un cuarto de baño.

Sutki esta particularmente fascinado por lo que han dejado detrás, los restos de comida y los paquetes de balas. No deja de indicarmelos.

Empezar de nuevo

La gente camina con una mirada ausente, incrédula. Pero en medio de la desesperación, también hay tranquilidad. Al menos saben que, por ahora, ese infierno ha terminado. Que ellos han sobrevivido. Los niños continúan jugando.

Un hombre se está cortando el pelo en una peluquería; la fachada ha desaparecido totalmente.

"Hay rabia, hay dolor. Pero no es nada que no podamos superar. No es nada nuevo" - dice, Abu Ahmad de 60 años. "Una vez más hay que pasar página y empezar de nuevo."


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