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Sábado, 13 de abril de 2002 - 00:22 GMT
Testimonio israelí: horror y furia en Jerusalén
Bomba en Jerusalén
"Los Batallones Mártires de Al-Aksa", parte del grupo Al-Fatah de Arafat reclamaron la autoría del atatentado.
Escribe Jana Beris, corresponsal de la BBC en Jerusalén.

La calle Yaffo de Jerusalén, una de las arterias centrales de la ciudad, volvió a convertirse el jueves en escenario de angustia y horror.

Allí, una palestina suicida detonó un cinturón explosivo oculto bajo sus ropas junto a una parada de autobuses llena de civiles, a la entrada principal del mercado Majane Yehuda -que estaba abarrotado de gente.

Seis personas murieron -además de la responsable del atentado- y más de 90 resultaron heridas, ocho de ellas en grave estado, como consecuencia del nuevo atentado, reivindicado poco después por los "Batallones Mártires de Al-Aksa", vinculado al grupo Al-Fatah encabezado por Yasser Arafat.


Para Israel, todos los días son el 11 de septiembre

Leyenda de cartel en una manifestación en Jerusalén
La sangre salpicada en el asfalto, en medio de las frutas y verduras desparramadas y los vidrios rotos de numerosos negocios alcanzados por el estallido, eran los testimonios silenciosos pero elocuentes de la tragedia.

Al lograr llegar al escenario de la explosión, previa discusión con la policía que tenía las calles cerradas como es lógica costumbre, los heridos ya habían sido evacuados a los hospitales de Jerusalén.

La unidad de explosivos de la policía aún trabajaba intensamente, dado que tras verificar que no había ninguna otra bomba oculta en el lugar donde pululaban muchos curiosos, preocupados, periodistas y los propios equipos de rescate, recibían alertas sobre bultos sospechosos en una esquina más alejada.

Todo debía ser inspeccionado a la perfección. El cruento precio de la tarde sería mayor aún si en caso de una nueva explosión, la gente no hubiese sido alejada a tiempo.

Bomba en Jerusalén
Seis personas murieron y 90 resultaron heridas -ocho gravemente.
Una mujer religiosa llega sollozando al límite determinado por la policía, tras el cual nadie podía pasar. Quiere cruzarlo de todos modos y una mujer policía, que trata de combinar su tono firme con la comprensión de que la mujer no llora por nada, le pregunta a quién busca.

"A mi hijo, a mi hijo", responde la mujer. "Lo estoy llamando hace rato al celular pero no contesta y yo sé que tenía que venir al mercado".

La policía no la deja pasar -la unidad de explosivos no lo autoriza- y le sugiere llamar al número de emergencia del hospital más cercano, al que fueron evacuados los heridos.

"Señora, le aseguro que ya no hay nadie aquí. No podría encontrar aquí a su hijo. Seguro está bien, pero llame por las dudas al hospital".

Entre los dedicados precisamente a prestar ayuda se halla Eli Bir, quien a pesar de sus jóvenes 28 años, lleva ya 15 como voluntario. Primero, trabajó en la Estrella de David Roja -la paralela israelí de la Cruz Roja-, luego en los equipos de rescate de urgencia y ahora en la unidad ZAKA, los religiosos encargados de la terrible misión de recoger los restos de los muertos y garantizarles digna sepultura.

Ariel Sharon, primer ministro de Israel, y Colin Powell, Secretario de Estado de EE.UU.
El ataque sucedió momentos después de la anticipada reunión entre Sharon y Powell.
"Nuestro trabajo es sagrado y no entramos en política", nos dice en tono firme y pausado.

"Claro que es difícil emocionalmente y uno piensa en ello al llegar a casa. Pero al llegar al sitio de un atentado lo primero es pensar cómo salvar gente y cómo garantizar que todos los restos de los cuerpos sin vida reciban sepultura".

De fondo, entre los agentes uniformados, está el autobús de línea número 6, que pasaba por la parada justo en el momento del estallido.

No alcanzamos a ver los destrozos, que fueron al parecer en la parte delantera. Nos dicen en la policía que entre los heridos hay también algunos de sus pasajeros.

"La suicida quería entrar al mercado, suponemos, pero la guardia parece que la amedrentó y detonó la carga afuera", explica el jefe de la policía de Jerusalén, Mikky Levy.

"Nuestra presencia es importante en todos los sitios claves, pero no se puede cerrar la ciudad en forma hermética y, lamentablemente, esta vez no pudimos frenar el atentado".


Si hubiera otro liderazgo palestino, que quiera la paz y no la guerra, podríamos quizás llegar a un acuerdo

Emmanuel Najshon, portavoz de la cancillería israelí
Los gritos dificultan nuestras grabaciones. Ciudadanos furiosos piden al jefe de la policía que se acerque y hable: "Así no podemos seguir, hay que matar a todos los terroristas", grita un hombre que lleva un cartel que vimos horas antes en una manifestación junto a la residencia del Primer Ministro Ariel Sharon.

"Para Israel, todos los días son el 11 de septiembre"- dice el cartel, hablando de la amenaza de los atentados.

"Que venga Powell a ver esto antes de pedirnos nada"- grita otro, convencido de que el secretario de Estado de Estados Unidos no hablaría de retiradas israelíes "si viera qué es lo que sufrimos a diario".

"No tenemos que entrar en conflicto con Estados Unidos, sino simplemente explicarles que no hay posibilidad alguna de negociar el alto el fuego con Arafat, sino únicamente de combatir su infraestructura terrorista", nos dice el ministro de Seguridad Interna, Uzi Landau.

"Hablar de negociar con él equivale a alentarlo y lo que hay que hacer, es combatirlo", agrega el ministro.

"Yo tengo miedo, es indudable", confiesa Moshe Shurin, un niño de 13 años que vive cerca del mercado.

"Tomo el autobús para la escuela todas las mañanas en la parada en la que ahora fue el atentado y siempre miro a cada pasajero tratando de detectar si es un terrorista con una bomba escondida".

Manifestaciones contra ofensiva israelí en Jerusalén.
Unos apoyan la ofensiva israelí, otros israelíes se manifiestan en contra.
"Yo ya he visto muchos atentados"- cuenta nuestro joven interlocutor con tono de experiencia- "y esta vez, cuando oí el estallido y temblaron las ventanas de mi casa, ya estaba seguro de que otra vez era lo mismo".

En el lugar del atentado había estado minutos antes de la explosión el alcalde de Jerusalén, Ehud Olmert, que había entrado a la panadería "Haba"-que quedó prácticamente destruida, a comprar la "jalá", el pan tradicional de la cena sabática judía.

"Cuando estuve aquí, vi justamente lo que vio la terrorista: un lugar lleno de mujeres y ancianos, de gente mayor de compras, con bolsas de verduras y víveres para sus casas, al comienzo del fin de semana. Vió lo mismo que yo, pero igual detonó su carga", reflexiona el alcalde.

"Si hubiera otro liderazgo palestino, que quiera la paz y no la guerra, podríamos quizás llegar a un acuerdo"- nos dice Emmanuel Najshon, portavoz de la Cancillería israelí, a quien encontramos en el lugar del atentado.

"Es difícil vivir así", admite y agrega: "El pueblo judío, que tiene 4.000 años de existencia, ha tenido ya otros enemigos y ellos todos pertenecen ahora a los libros de historia mientras nosotros estamos aquí".

"Estoy seguro que también Yasser Arafat será un día un capítulo en un libro de historia olvidado, mientras el Estado de Israel todavía existirá".


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