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Escribe: Javier Farje
  Noticias
Jueves, 04 de octubre de 2001 - 12:17 GMT
Dolor y esperanza en Banjerpul
Refugiados afganos en Pakistán.
Refugiados afganos venden frutas en las calles de Islamabad.
Escribe Javier Farje, enviado especial de la BBC a Pakistán.

Se llama Rasbullah y vive en Banjerpul.

Llora cada vez que se acuerda de su Afganistán lejano. No importa que la frontera esté a un par de horas por carretera, el no poder volver la vuelve inalcanzable.

Me encontré a Rasbullah al pie del camino. Con sus sesenta años a cuestas, este hombre cansado de tanto esperar me dice que dos miembros de su familia son mártires de la lucha contra la Unión Soviética. Para musulmanes como Rasbullah, el mártir es aquel que murió en una yihad, una guerra santa, y la lucha contra los soviéticos era ciertamente sagrada

Como muchos de sus contemporáneos, su historia esta grabada con sangre. Casi con vergüenza, me muestras las heridas de bala que recibió en la espalda y la pierna. Son condecoraciones de guerra que no le sirven de nada en este lugar polvoriento donde es uno entre casi tres millones de desplazados.

Dos veces refugiado

Le pido que me hable de su familia, de quienes quedaron atrás, de cómo extraña a su país, y sus grandes ojos marrones se llenan de lágrimas.

Niño de rigen afgano, refugiado en Pakistán.
Niños de padres afganos, pero no conocen a su país.
Este corresponsal sabe de lo que se trata ese llanto impotente. Pero para este exiliado, refugiado dos veces porque volvió después de la expulsión de los soviéticos para tener que salir de nuevo cuando se instaló el caos en las montañas de su tierra, no hay consuelo posible. Prefiero no seguir preguntando sobre esa esquina que duele.

Es cierto, Pakistán lo salvó, no se ha muerto de hambre gracias a esa solidaridad musulmana que hace que este país, que jamás firmo la Convención de Refugiados de 1951, tenga a la población de desplazados más numerosa del mundo.

Pero también es cierto que Afganistán, que se desangra desde hace 20 años, es el único alimento que pide su alma mutilada.

La comunidad

Rasbullah nos acompaña a su comunidad. A Banjerpul se llega por un camino de tierra que se interna en un bosque ralo. Es un pueblo en miniatura donde los niños pobres hacen lo que cualquier niño pobre hace en cualquier parte del mundo, no importa qué dios adoran sus padres: juegan en la tierra, miran con sorpresa a los extraños, sonríen y rompen su timidez cuando los saludas con una sonrisa.

Agolpados en la ventana, esos niños, que tienen padres afganos pero que no conocen su país, nos ven hablar con la comunidad.

Anciano afgano, refugiado en Pakistán
"Nosotros mismos construimos estas casas de barro".
La sala principal es amplia, con una gran alfombra roja, y una gran bandera en la que hay un extracto del Corán que nos habla de cómo Dios es el dueño de todo.

Flanqueado por dos mapas de Afganistán, aparece un calendario turístico. Bueno, turístico es un decir. Las fotos no nos muestran las bondades de una playa o la invitación a la aventura de una montaña. Talibán creyó necesario incluir fotos de la voladura de las estatuas budistas ordenadas por los dueños de gran parte de ese país.

El ventilador del techo y la lámpara fluorescente son adornos inútiles: el generador de corriente esta malogrado.

El más anciano de la comunidad habla moviendo el rostro, gesticulando débilmente, diciendo que nosotros mismos construimos estas casas de barro, con sus travesaños de madera, aquí vivimos, esperando que Alá se acuerde de nosotros y nos ayude volver.

No hay trabajo, me señala con el dedo un miembro de la comunidad con 50 años de edad y el rostro lampiño. Los jóvenes andan ociosos, sin nada que hacer. Muchos en Peshawar, en cuyas afueras está Banjerpul, simpatizan con los refugiados pero, en voz baja, para no traicionar la lealtad que se debe al hermano musulmán, nos dicen que no pagan impuestos, que cobran la mitad que un trabajador local por el mismo trabajo.

Resulta difícil, sin embargo, entender cómo se puede pedir impuesto a quien no tiene nada que declarar.

Luz al final del túnel

En medio del desamparo, una luz, tenue pero promisoria. Ahmed tiene 26 años y está estudiando medicina. Con las justas recuerda su tierra natal porque salió de muy niño. Va a ser doctor me señalan las miradas orgullosas de la comunidad.

Niño Afgano refugiado en Pakistán.
Niño afgano, trabajador del mercado de fruta en Islamabad.
No, no pienso quedarme aquí en Pakistán cuando me gradúe. Me voy a Afganistán a servir a mi pueblo, me dice en un inglés bien modulado. Ahmed sabe que, como médico, va a tener mucho trabajo en un país de mutilados de guerras largas. Pero ese pensamiento no lo perturba. Muy por el contrario, lo anima.

Al terminar nuestra visita, los más jóvenes de la comunidad nos invitan a té. Tienen muy poco estas gentes humildes y hospitalarias, pero nadie sale de ahí sin haber invitado una taza al visitante.

A mi no se me ha permitido hablar con las mujeres ni tomar fotos. Banjerpul sigue al pie de la letra una interpretación estricta del Islam. Pero quién necesita fotos cuando lo que vi en Banjerpul es uno de esos lugares que se quedan grabados en la memoria para siempre.


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