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Escribe: Javier Farje
  Noticias
Domingo, 30 de septiembre de 2001 - 21:57 GMT
Islamabad es diferente
Pakistán
La vida sigue en Pakistán, pese a todo.
Escribe Javier Farje, enviado especial de la BBC a Pakistán.

Nunca en su historia, desde que fue creada en los años 1970 para convertirse en la capital de Pakistán, Islamabad albergó a tantos periodistas extranjeros.

Para quienes están acostumbrados a la sofisticación de Heathrow o Washington, el aeropuerto debe haberlos sorprendido. Aquí estamos, cubriendo la primera gran crisis del siglo XXI, y terminamos llegando a una terminal aérea que tiene la simplicidad rural de una terminal de autobuses andina.

Las agencias de cambio de moneda extranjera tienen los avisos hechos a mano y los taxis carecen de taxímetros o exquisiteces como esa. De manera que el centro de atención del mundo nos da la bienvenida con el rutinario olor a contaminación que puede asesinar a un asmático.

Esto no es Pakistán

Pakistán
Una escuela islámica paquistaní.
Una colega que conoce el país me advirtió que Islamabad no es Pakistán. Creada con el único propósito de ser la capital, esta ciudad no tuvo, a diferencia de Brasilia, a un Niemeyer genial sino más bien, sospecho, a un equipo de arquitectos desordenados que trazaron las calles con la pomposidad de una capital de emirato petrolero, pero que terminaron llenándose de aquellos negocios que alimentan la cotidianeidad simple de este pueblo: restaurantes, tiendecillas de frutas o talleres de mecánica.

Mohammad Ali Jinnah, el líder de la independencia paquistaní, da el nombre a la avenida principal que desemboca en los edificios gubernamentales. A lo largo de ella, los habitantes de esta ciudad conviven de forma lenta en el verano y a puerta cerrada en el invierno.

Casi al final, en la sede del poder, los periodistas zumbamos como moscas en búsqueda de una señal, de un portavoz anónimo, algo que haga de nuestra presencia aquí algo valedero. Después de todo, vinimos a cubrir una guerra, como insisten George W. Bush y Tony Blair, y hemos terminado informando sobre un compás de espera.

Por supuesto, entre las actividades más comunes de los enviados especiales está el tratar de evitar que, por ejemplo, el taxista nos cobre cinco veces más de lo normal o que el vendedor de artesanías nos pida un precio tan exorbitante que da la impresión de que nos están vendiendo una alfombra voladora.

Fuera de Islamabad

Saliendo de Islamabad, viajando por una carretera llena de transeúntes imprudentes y viejos automóviles y camiones decorados con todas las combinaciones posibles, se llega a Peshawar. Pero es el camino lo más fascinante. Hay viejas carretas jaladas por caballos famélicos, mezquitas simples y suntuosas y cantidades enormes de productos agrícolas.

Pakistán
Muchos paquistaníes rechazan a EE.UU.
Cierto, Islamabad no es Pakistán, si Pakistán es este país sonoro, profundamente religioso, hospitalario hasta la dulzura. Los paquistaníes se siguen preguntando por qué tanta bulla por un país tan humilde, que seguramente algunos periodistas ni siquiera podían ubicar en el mapa antes del 11 de septiembre.

Para muchos de ellos, los afganos son, ya sea los dos millones de desplazados que viven aquí desde hace casi dos décadas, los ejemplos vivientes de lo que debe ser el Islam.

Aquí, a menos que se trate de lugares determinados, no se puede beber alcohol. En aquellos hoteles que sí tienen bares para los no musulmanes, venden una versión francamente letal de vodka y whisky producido por una fabrica en Rawalpindi que es capaz de curarle las ganas a un alcohólico consuetudinario.

Por supuesto que si algo necesitamos aquellos periodistas que hemos venido a cubrir una guerra es un trago después de la batalla. Pero como no hay guerra, podemos darnos el lujo de explorar a este país y sus gentes, hablar con ellas, discutir con el taxista, esa versión extraoficial del vox populi vox dei, los entretelones de la política mundial. Y para ser francos, siento que lo que quieren al final los paquistaníes es que nos larguemos a casa y los dejemos en paz.


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