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Sábado, 29 de septiembre de 2001 - 21:19 GMT
Metáfora de dos ríos
![]() La frontera entre Pakistán y Afganistán permanece cerrada.
Escribe Javier Farje, enviado especial de la BBC a Pakistán.
El río Sind, viene de esa provincia paquistaní en el noroeste del país. El Kabul viene precisamente de la capital de Afganistán. Ambos brazos de agua se juntan cerca de Peshawar, cerca a la frontera entre los dos países. Nada de particular en ello. Lo curioso es que el Sind es verde y limpio y el Kabul es barroso y sucio. Cuando se unen, ambos conservan sus colores, sin llegar a mezclarse, como tratando de mantener su identidad acuosa. La metáfora es inevitable. Porque los colores de esos dos ríos parecen reflejar el momento actual de estos dos países tan diferentes en destinos y presentes.
Dos historias A pesar de estas diferencias: la barrosa y estancada de las montañas afganas, con sus partisanos de turbante cubriendo el rostro de sus mujeres y peleándose con quienes fueron sus aliados en la campaña contra la Unión Soviética; y la paquistaní, con su economía rural, sus gentes pacíficas y amables y con unas ganas enormes de ser reconocido por el resto del planeta; a pesar de ello, digo, los dos están condenados a encontrarse a medio camino. Pakistán no quiere ver bombardeos masivos que terminen por hacer trizas un país al que le queda muy poco. Montañas interminables con cuevas que albergan a soldados nómades que se han pasado las ultimas décadas aferrados a un fusil. Mientras esa guerra sigue su curso de sangre, miles de gentes desamparadas se agolpan en una frontera cerrada por Pakistán, y sólo abierta a quienes cumplen con el dudoso requisito de tener papeles en orden, como si no se tratara de un país que hace tiempo desgrana su identidad en una guerra fraticida que ha dejado ciudades mutiladas, huérfanos, viudas y tribus tristes. Instinto de supervivencia Los intentos de Pakistán de evitar la guerra tienen mucho que ver, no solo por las simpatías hoy casi subterráneas por aquellos guerreros musulmanes que se formaron en las escuelas islámicas de este país, sino en la sobrevivencia misma: por un lado un éxodo de desplazados que este país no puede alimentar por sí solo. Por el otro, la eventual enemistad del movimiento Talibán, los antiguos pupilos que empiezan a preocuparse por la amistad excesiva de Islamabad con Estados Unidos.
Aquí en Peshawar, donde cientos de refugiados afganos, que llegaron hace más de una década se han integrado a la población en sus bazares y negocios, se teme que la invasión sea imparable. Miles de familiares de los ya residentes atiborrarán las calles con su pobreza milenaria, creando resentimiento. Ya la gente local se queja de que los pobres refugiados cobran la tercera parte de lo que un paquistaní por limpiar con escobas largas y tupidas las terrosas calles de la ciudad. O por cargar bultos, y trabajar la tierra. Si ello sucede, entonces los ríos se juntarán, y esos colores se integrarán violentamente el uno con el otro, con una tonalidad que se parece más bien al rojo sangre. |
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