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Viernes, 14 de marzo de 2008 - 23:31 GMT
Cartas geniales
Sergio Correa
Sergio Correa
Berlín

Pensar cómo habrá llegado hasta nuestra época una factura de Miguel Ángel por el encargo de una pintura en el año 1519 es la primera de las muchas preguntas que salen de la Colección Darmsaedter de Manuscritos que exhibe la Biblioteca Estatal de Berlín.

Carta manuscrita del  astrónomo Johannes Kepler
Kepler pasó sus últimos años en una amarga miseria.

La colección posee 280.000 manuscritos de prominentes hombres de la ciencia y las artes de los últimos 500 años. Son miradas a la vida y a los muchos sufrimientos de algunos hombres geniales por la puerta trasera de la historia.

Galileo y la Inquisición

Hay una inesperada tabla de multiplicar escrita a mano por Galileo Galilei, que en su vejez tenía problemas para efectuar las más simples cuentas; hay una carta en que se pelea, en la sombra y la impotencia, contra sus enemigos que lo acusaron a la Inquisición:

"Esa gente, que quieren pasar por sabios, busca la manera de esconder lo que encontré y di a conocer, e impedir lo que aún quiero publicar", escribe Galileo.

"Han empujado a que la Inquisición emita una orden tan general contra mi obra, que toca todo lo que he escrito y aún todo lo que pienso escribir".

Kepler y los horóscopos

La última obra del astrónomo Johannes Kepler fue un preciso cálculo de las órbitas de los planetas, las llamadas Tablas Rudolfinas de 1627.

Las Tablas fueron un encargo del conde Albrecht von Wallenstein, para determinar, no el funcionamiento del universo, sino como los planetas influían en el horóscopo de Su Excelencia.

Tabla de multiplicar escrita a mano por Galileo Galilei
En otra carta Galileo se pelea con quienes lo acusaron a la Inquisición.

Kepler pasa sus últimos años en una amarga miseria e intenta varias veces cobrarle al conde, todo lo amablemente que puede:

"Le repito a su majestad, con la más sumisa reverencia, que aún espero lo que vuestra excelencia me aseguró en el contrato para realizar las Tablas Rodolfinas", escribe Kepler.

Pero el conde no le responderá; ese mismo año Kepler se va a Ratisbona para hablar con él, pero pocos meses después, a los 59 años de su agotada existencia, morirá en esa ciudad sin haber visto nunca el rostro del conde.

Bolívar en su laberinto

Hay algunas cartas -como esta de Simón Bolívar -, que conmueven, porque se trata de preparar un destino que ahora ya conocemos.

"Nuestra apatía y la de los ciudadanos es un veneno mortal; el opio es menos dañino. Sin entusiasmo y pasión no hay salvación posible. Estamos en una situación crítica, no debemos dormirnos."

Carta manuscrita del Libertador  Simón Bolívar
La letra de Simón Bolívar era amplia, desbordante y expansiva, como su destino.

La carta es del 4 de abril de 1828; en agosto de ese año Bolívar, incapaz de unificar a los bandos políticos para crear la Gran Colombia, se declarará dictador, el comienzo de su ocaso como político.

Einstein y la guerra

En 1916, en medio de la primera guerra mundial y del furor del patriotismo, Albert Einstein escribe en una carta su opinión sobre la guerra.

La vincula a una agresividad primitiva típica de los machos de una especie, propone una unión europea para prevenir la paz y despacha al patriotismo con pocas palabras:

"El patriotismo es el requisito moral que provoca el odio animal y las matanzas", reflexiona Einstein.

"El país al que pertenezco como ciudadano no ocupa el menor lugar en mi vida emotiva; considero la pertenencia a un estado como un asunto administrativo, semejante a la relación que tengo con un seguro de vida".

Quizás la caligrafía es una suerte de extra en estos manuscritos, y una incursión modesta en la personalidad y el destino de cada uno de estos grandes hombres.

Hay muchas cartas de científicos ahora célebres como Curie, Koch, Humbolt, Darwin, que relatan con precisión y modestia lo que después serán acontecimiento decisivos en la historia de la humanidad; cartas de Dostoievski, Napoleón, Hegel, Kant y Maquiavelo sobre sus obras y sus conflictos.

Pero quizás la caligrafía es una suerte de extra en estos manuscritos, y una incursión modesta en la personalidad y el destino de cada uno de estos grandes hombres.

La letra del filósofo Kant, por ejemplo, es clarísima y extremadamente regular y ordenada, como su pensamiento; la de Simón Bolívar, amplia, desbordante y expansiva, como su destino.



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