Cuando el automóvil en el que viajaba Diana de Gales y su amigo Dodi al Fayed se estrelló bajo el Puente del Alma de París el 31 de agosto, matando a sus pasajeros y al conductor del vehículo, muchos se convirtieron en jueces y partes de un caso que parecía irresoluble.
El padre de Dodi Al Fayed insiste en que su hijo y Diana fueron asesinados.
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Las primeras detenciones parecían insinuar que esos muertos ilustres habían sido víctimas del acoso inmisericorde de los paparazzi, desesperados por tomarle fotos a una de las mujeres más glamorosas de la tierra.
El desconcierto dio paso a las conjeturas, y éstas crecieron como una bola de nieve hasta convertirse, como no podía ser de otra manera, en un catálogo de conspiraciones.
A esta situación se unió el padre de Dodi Al Fayed, que sumó al dolor de perder a un hijo, el profundo resentimiento que siente por un establishment que él considera no lo ha aceptado, a pesar de ser dueño de una institución tan londinense como la Torre de Londres: los almacenes Harrods.
Accidente
Aclarado el papel de los paparazzi, que fueron exculpados de toda responsabilidad en el accidente del Puente del Alma, la investigación se centró en el conductor del vehículo, Henry Paul.
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Una década después de una muerte que conmovió hasta a los inconmovibles, ya es tiempo de trazar una línea en la arena y dejar que las cosas vuelvan a la normalidad de siempre.
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La sangre cargada de alcohol y barbitúricos de Paul y el trayecto del vehículo, investigados por franceses y británicos, no dejaba lugar a dudas. El desafortunado conductor del automóvil ocasionó el accidente.
Pero mucha gente no puede concebir que una princesa como Diana se muera en la trivialidad de un accidente cualquiera.
O se muere de vieja rodeada de admiración u olvido, o termina sus días a la moda antigua: ejecutada por algún rey celoso, como algunas de las esposas de Enrique VIII o en algún magnicidio tempestuoso en el centro de una ciudad llena de luces.
La investigación judicial que comenzó este 2 de octubre tiene por objeto evaporar fantasmas. Mohammed al Fayed está relativamente satisfecho con esta pesquisa final. Pero el quiere culpables.
A juzgar por sus declaraciones iniciales, la única conclusión que lo hará sentirse satisfecho es una que conforme sus sospechas iniciales.
Es decir, que Diana y Dodi fueron víctimas de un complot real, en el que se coludieron los servicios de inteligencia y el príncipe Felipe, el esposo de la reina Isabel II de Inglaterra.
Teorías
Al Fayed ha alimentado, a través de sus portavoces, la idea de que Diana estaba encinta y que el sistema anglicano no podía aceptar que la madre del heredero de la corona se casara con un musulmán.
Los hijos de Diana siempre se mostraron contrarios a una nueva investigación.
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El dueño de Harrods llegó a decir en su momento que las primeras elecciones autonómicas escocesas de 1997 fueron planificadas para que no coincidan con sus acusaciones de conspiración, porque de ser así, el gobierno de Blair las habría perdido.
Hasta qué punto Escocia, que desde el siglo XIII, más o menos, quiere un nivel de independencia mínimo, iba a decidir su voto por lo que lo que le ocurrió a una "rosa inglesa", resulta un tanto tirado de los cabellos.
Pero no todos han rechazado los clamores de Al Fayed, como si se tratara de un ejercicio de paranoia del resentimiento.
Hay quienes piden que se aclaren puntos oscuros que ponen en duda las versiones oficiales.
Pero las conmemoraciones del décimo aniversario de la muerte de Diana sugieren también que un gran número de británicos considera que, una década después de una muerte que conmovió hasta a los inconmovibles, ya es tiempo de trazar una línea en la arena y dejar que las cosas vuelvan a la normalidad de siempre.
Y en eso parecen estar de acuerdo hasta sus hijos, que prefieren que los buenos recuerdos prevalezcan sobre las teorías que duelen y que no llevan a ningún lado.