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Lunes, 1 de octubre de 2007 - 11:58 GMT
Birmania, un pueblo que parece despertar
Ramiro Trost
Sudeste Asiático

Ramiro Trost se recorta contra los templos en Bagán / Foto: R. Trost
Viajar a Birmania genera un conflicto personal: si es correcto o no aportarle dinero a la Junta.
Las avenidas de Rangún, hoy manchadas de sangre y violencia, están aún frescas en mi memoria.

Recorrer el álbum fotográfico de mis dos viajes a Birmania -denominada Myanmar por la junta militar- es traer al presente los múltiples rostros de esa gente, su resignación.

Cuán grande será el hartazgo, que salen a enfrentar las balas y los palazos de los soldados.

El ingreso a Birmania como un simple turista me permitió moverme con relativa libertad, siempre en los distritos habilitados. Solicitar un visado de periodista hubiese sido catapultar el viaje al fracaso antes de empezarlo.

Viajar a ese país genera un gran debate internacional y personal, ante la disyuntiva de aportar o no dinero que puede terminar en manos de la Junta.

Me alivia el poder testimoniar ahora el sufrimiento de ese pueblo.

Miedo y sorpresa
Unos niños monjes juegan frente a un espejo en la calle / Foto: R. Trost
Algunos niños quedaban fascinados cuando Trost les mostraba su cámara de fotos digital.

Los birmanos son muy amables y serviciales; pero estos hombres y mujeres que visten un sarong llamado longyi a la usanza tradicional, desconfían de todos.

El levantamiento tal vez los revele definitivamente y logren derrotar ese terror.

Los birmanos llaman Yangón (Rangún) a la ex capital, unión de las palabras yan y koun, que significan "ciudad sin enemigos".

Ése parece haber sido el objetivo público de la Junta militar, no sólo en esta metrópolis sino en toda Birmania.

Ruidos y silencio

Rangún mantiene su aspecto colonial británico, con imponentes edificios derruidos, a excepción de los gubernamentales.

No había mayor presencia militar en las calles, más allá de policías para ordenar el tránsito. Abundan los carteles con consignas para adoctrinar a la población y hacer frente a las "amenazas externas".

Todos sabían donde vivía, pero nadie me lo quiso decir. La sola mención de su nombre los dejaba mudos

Los autobuses merecen un capítulo aparte. Las unidades circulan a una velocidad de carrera, despidiendo un denso humo y con gente colgada de puertas y ventanillas.

No tienen luz. De noche, en las calles oscuras, el ruido incesante y ensordecedor de la bocina es signo de que se acerca un colectivo.

Durante mi estancia en Rangún, la líder de la Liga Nacional para la Democracia y premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, estaba en arresto domiciliario.

Todos sabían donde vivía, pero nadie me lo quiso decir. La sola mención de su nombre los dejaba mudos.

Maradona sí
Un anciano birmano ora en uno de los templos de Bagán / Foto: R. Trost
La paz de este pueblo resignado se quebró la semana pasada, cuando los monjes alzaron su voz.

No puedo olvidar los rostros de esos niños que me rodeaban en un templo de Mandalay, en el centro del país, vendiendo estatuitas de Buda.

Sorprendidos con mi cámara digital, se alucinaban al verse al instante en esa pequeña pantalla de LCD.

Hay templos por todos lados, pero en la ciudad de Bagan se multiplican por cientos y la han convertido en Patrimonio Cultural de la Humanidad. Es uno de los más bellos lugares que he visitado en toda mi vida.

Cómo olvidar al conductor de esa carreta que me llevaba de pagoda en pagoda. Me dijo "¡Ah, Maradona!" cuando supo que yo era argentino.

Y pensé: "El Diego superó otra vez todos los límites, gambeteando incluso las barreras que impone el régimen birmano para saber del mundo exterior".

Nueva vida

El país de las mil pagodas de oro tiene tantos monjes budistas como soldados en el ejército. Es común verlos caminar entre las humildes casas o a la vera de los caminos, con una vasija en sus manos a la espera de donaciones y alimentos.

Un niño monje juega con una pistola de plástico / Foto: R. Trost
Una imagen contrastante con la prédica budista; al fin y al cabo sólo es un niño que quiere jugar.

La paz de esos religiosos envueltos en túnicas color azafrán choca con lo que veo por televisión estos días, donde ya cansados de los atropellos han decidido salir a las calles con puño en alto, mezclándose con los asuntos mundanales.

Viene a mi mente un pequeño monje maniobrando un revólver de juguete, en una imagen contrastante con la prédica budista pero no muy apartada de la realidad de un niño de su edad que sólo quiere jugar.

Los budistas creen en la reencarnación. Con la pesadilla que han vivido durante más de cuatro décadas, muchos deben estar deseando vivir la próxima vida en un país libre.

Otros piensan que pueden conseguirla en ésta y se han lanzado a enfrentar el terror de un gobierno dispuesto a mantener el poder en esta vida y de por vida.

Interrogantes

¿Terminará esta revuelta aplastada trágicamente como en 1988? ¿Desaparecerá pronto Birmania de las tapas de los diarios, nos olvidaremos otra vez y todo seguirá igual?

¿Cuántos birmanos están dispuestos a sacrificarse por la democracia?

Hoy parece que han empezado a ganarle al miedo.



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