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Viernes, 13 de abril de 2007 - 18:20 GMT
Robots: una historia de familia
Sergio Correa
Sergio Correa
Berlín

Max
Los androides suelen ser los más populares, pero los robots vienen en todas las formas

En el museo de la comunicación de Berlín se exhibe el árbol genealógico de los robots.

Ya en la entrada pequeños robots parlantes se encargan de ponernos en guardia.

"¡Que bien que vino! ¡Y trajo compañía! Siempre he pensado que para la correcta armonía de la pareja......" y el pequeño robot de voz ecualizada sigue con una fastidiosa digresión sobre las relaciones amorosas.

Pero después se disculpa y muestra el ingreso a la exposición de sus parientes robots, desde sus inicios hasta hoy.

Desde los autómatas del siglo XIX, hasta los últimos robots humanoides, que son ahora la obsesión especialmente de coreanos y japoneses.

Los robots más viejos son como una rama de la relojería; complicadísimos mecanismos para acciones bastante limitadas, como tocar instrumentos musicales, escribir o mover no muy graciosamente su cuerpo.

Algunos, como un robot trompetista de 1818, tienen un mecanismo tan ruidoso que apenas se pueden escuchar los sonidos de la trompeta, que por lo demás suena bastante mal.

Androides

Mirrobot
Mirrobot puede imitar a su propietario y hacer algunas tareas sencillas.

Pero aunque el concepto de robot también incluye a los aparatos de fabricación industrial, lo que casi todos asociamos con el nombre de robot es el androide, el robot que simula ser humano.

Sin embargo, la exposición muestra que es una idea bastante tardía; recién desde 1920 comenzó la obsesión de crear una máquina que simulara a los hombres o a pensarse que el hombre devendría máquina.

Varias películas muestran el juego con esta idea. Todos se ven bastante caseros, como hechos de cartón plateado, cables de colores y algunas luces sicodélicas.

Una especie de imagen ideal de estos primeros androides es Sabor V, un enorme robot de 2,5 metros de alto, 250 kilos y decenas de miles de kilómetros de cables, que tampoco sabía hacer mucho, como cuenta el curador de la exposición, Michael Bauman:

"Todos estos primeros robots fumaban y ofrecía también galantemente fuego a las damas, era una de sus más deslumbrantes capacidades. En la película de la época que mostramos, se escucha como el público dice: ´algo tan fascinante no hemos visto en toda nuestra vida´".

En verdad, no hay ninguna justificación razonable para empecinarse en hacer androides; para un artefacto es mucho más fácil rodar que caminar, y ni hablar de los esfuerzos en hacerlos interactivos.

A lo que vamos

Armar III
Los robots arcaicos tienen diseños más toscos.

Pero los científicos no se dan por vencidos: en la exposición hay uno llamado Mirrobot, que es capaz de copiar los gestos de quien lo mira.

Otro, llamado Armar, puede comunicarse y aprender con quien habla, y hasta sacar la vajilla del lavaplatos.

La tendencia ahora es a lo pequeño: robots que imitan a insectos, algunos casi invisibles que los científicos piensan algún día mandar de viaje dentro del cuerpo humano.

Nacidos de las angustias de los hombres en la era de la industrialización, los robots han ocupado en la imaginación de los hombres casi siempre el rol del rebeldes y luego dominadores de los humanos.

Por suerte, estamos tan lejos de una revolución de robots como de los robots ideologizados.

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