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Domingo, 29 de octubre de 2006 - 17:09 GMT
En China, 20 años es mucho
Stephen Jessel
BBC, Lijiang

Calle empedrada en China.
Las calles adoquinadas están amenazadas por el comercio.

Hace 25 años, Stephen Jessel fue a Pekín para convertirse en el segundo corresponsal de la BBC en China. Desde 2002 ha regresado cada cuatro años, pero su última visita lo dejó más asombrado que nunca debido a la rapidez con la que cambian las cosas.

Por la tarde, las abuelas de Lijiang salen a bailar en la plaza principal del pueblo, ubicada en un paisaje sobrecogedor a unos 2.500 metros sobre el nivel del mar, bajo el nevado Dragón de Jade en las altas tierras nubladas de Yunnan, en el lejano suroeste.

Las damas lucen el vestido tradicional blanco y azul de la minoría naxi, que predomina por aquí, y un gorro puntiagudo.

En la larga hilera hacen una especie de reorganización: un, dos, tres, salto, mirada y giro.

Los turistas más aventurados se unen y el evento es grabado por un enjambre de cámaras digitales.

Carácter disminuido

Hace 15 años, Lijiang debió haber sido puro encanto, antes del terremoto que destruyó gran parte del sur del pueblo y antes de que se convirtiera en un imán para los turistas.

Calles adoquinadas pasan bajo las casas de madera de dos pisos con techo de teja y aleros curvos y puntiagudos, rodeadas por corrientes de agua limpia y clara.

Orquesta naxi.
Los músicos Naxi son considerados un "fósil viviente" de la música china.

Por la noche, miles de linternas rojas proyectan su cálido brillo.

Por estos días, muchas de las casa de madera son reconstrucciones y prácticamente todas son tiendas de comida especializada con precios excesivos, almacenes de regalos y recordatorios, restaurantes y hospedajes.

El estatus de patrimonio mundial declarado por la UNESCO, el nuevo aeropuerto y el auge turístico han destruido su antiguo carácter, aunque pueden encontrarse algunos rastros en dos poblados cercanos.

Las calles están atestadas de visitantes bien vestidos que llevan cámaras costosas y que son liderados por guías que agitan pequeñas banderas de colores.

Piensen en Venecia en julio. O en un parque temático.

Pero estos turistas no son occidentales (que forman una parte minúscula de la proporción de visitantes del pueblo).

Éstos son la nueva clase media y afluente de China, lista para gastar su creciente presupuesto en viajes dentro de su enorme país.

Ambición e ideología

Hace exactamente 25 años llegué a China para recibir el puesto del primer corresponsal que hubo allí, Philip Short.

Las ambiciones de la gente eran tres: tener un reloj, una máquina de coser y una bicicleta.

Por Dios... era un lugar soso, hosco y apagado.

Los extranjeros eran pocos y no eran bienvenidos.

La revolución cultural había terminado, pero las consignas políticas aún dominaban la vida diaria.

Durante las festividades éramos llevados a celebrar el año nuevo chino, cuando millones de personas llevaban los trenes para hacer una breve visita a sus familias.

Hay una palabra china que significa "divertirse" o "disfrutar de sí mismo" -wanr-, aunque no fue mucho el "wanr" que hubo durante el monocromático inicio de los años 80.

Las ambiciones de la gente eran tres: tener un reloj, una máquina de coser y una bicicleta.

El estilo de Hong Kong

En el avión en el que salí de China al final del período de tres años en el puesto, juré que nunca volvería.

Tres años más tarde, rompí esa promesa para reemplazar brevemente a mi sucesor y regresé con la boca abierta ante los cambios.

Mapa de China

Pero avanzamos hasta 2003 y hasta la decisión de visitar brevemente el sureste, en donde había estado 20 años atrás.

Kunming, la capital de Yunnan, había sido una apacible población provinciana de casas de casa con talleres de carpintería, el tradicional millón de bicicletas y con las luces apagadas las nueve de la noche.

Ahora se ha convertido en Hong Kong: tiendas de diseñador, neón, embotellamientos, rascacielos y adolescentes con sus teléfonos móviles.

Nuevos objetivos

Regresé el mes pasado de otro viaje, el cuarto que hago en estos años.

Los viajes me han llevado a Lhasa en Tíbet, Kashgar en lejano noroeste, a Pekín en el este, Xi'an en el centro, Cantón en el sur y Chengdu y Chongqing en el suroeste.

Si no lo hubiera visto no lo habría creído.

Nunca en la historia los niveles de vida de tanta gente se han elevado tan rápido.

Supongo que eso es lo que 20 años de crecimiento económico explosivo hacen con uno.

Las ambiciones de la gente han cambiado un poco.

Ahora quiere una computadora, una cámara de video y un anillo de diamantes.

Es cierto que en los caminos secundarios de las provincias uno puede ver pueblos en donde casi nada parece haber cambiado, pero, apenas en el curso de una generación, la transformación en las ciudades ha sido asombrosa.

Entregando el testigo

Tengo claro que China sigue siendo un estado policial y autoritario; a las abuelas bailarinas de Lijiang no se les paga sino que, digamos, son animadas por las autoridades para que muestren su acto.

Pero, a juzgar por lo que se ve en las calles, el estado parece haber renunciado a cualquier intento de controlar el comportamiento personal.

En 1984 regresé a Europa y al año siguiente recibí la oficina de Bruselas de manos de mi colega Paul Reynolds, a cuyo joven hijo, James, conocí brevemente en esa época.

Ahora, James es el nuevo corresponsal en Pekín y a él le envío los mejores deseos mientras observo que posiblemente no puede tener la menor idea de cómo solía ser ese lugar.

De vez en cuando creo que me estoy poniendo viejo.

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