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Sábado, 21 de octubre de 2006 - 21:54 GMT
No hay agua
Miguel Molina
Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Efectos de la sequía en África.
Este año, la sequía afectó a más de 3 millones de personas en Kenia.

Ya no hay agua. O hay, pero cada vez menos.

Cada año, en ceremonias públicas y en foros internacionales, en discursos y declaraciones, presidentes y primeros ministros reconocen que la situación es seria y que hay que hacer algo. Pero no hacen nada.

Nadie hace nada.

También cada año aparecen informes apocalípticos que advierten que el agua se está acabando, y explican que todo se debe al calentamiento global, que a su vez es consecuencia del uso desaforado de combustibles fósiles y otras sustancias contaminantes.

Las promesas más recientes se produjeron el año pasado en la cumbre del Grupo de los Ocho y poco después en la reunión de las Naciones Unidas en Montreal, pero todavía no ha pasado nada.

Hubo declaraciones políticas sobre la importancia de detener, neutralizar y revertir el cambio climático, y se dio a conocer un acuerdo sobre la necesidad de actuar con urgencia y con decisión, pero todavía no ha pasado nada.

Los jefes de Estado y de gobierno que suscribieron declaraciones y acuerdos se comprometieron también a reducir significativamente las emisiones de gases de causan el efecto invernadero, pero todavía no han hecho nada.

Agua o arena

Los desiertos crecen y las sequías se repiten o persisten en Brasil, en China, en Nigeria, en cualquier parte del mundo, y a mediados de este siglo joven estará seca la décima parte de la tierra firme del planeta.

Otras partes sufren inundaciones. Muchas de las islas del Pacífico Sur terminarán bajo el mar, que por ahora sube unos dos milímetros por año pero podría subir más y más rápidamente por los deshielos.

Y cerca del mediodía del nueve de octubre las necesidades del ser humano rebasaron la capacidad del planeta para reponer los recursos que se consumen.

El futuro ya no nos pertenece.

Los que no contaminan

Mujer bebiendo de una botella en Londres.
Este año, Londres registró su verano más caliente en tres siglos.

Habría que recordar a los piraha, aunque es imposible olvidarlos.

Los piraha no se llaman piraha sino Hi'aiti'ihi', que podría traducirse con mucha libertad como los erguidos, pero no importa su nombre sino la forma en que viven.

Son una tribu amazónica cuyos doscientos sobrevivientes han nacido y morirán a salvo de los números en la selva entre los ríos Madeira y Maici porque no saben contar ni les interesa.

Tampoco tienen palabras para los colores. No tienen concepto de familia ni de arte. No tienen nombres para muchas cosas, conocidas o desconocidas, y su memoria histórica se limita o se remonta a dos generaciones.

Duermen poco. Su lengua, que no tiene pronombres y usa unos prestados de la lengua tupi, tiene sonidos de la selva en vez de vocales y consonantes.

No tienen tradiciones ni mitos ni abstracciones, y su número es breve como breve es su mundo, que no tiene palabras ni tiempo para ponerse a pensar cuánto.

Llevan una vida silvestre, sin dietas ni aditivos, y su única preocupación es conseguir comida para hoy, y tal vez para mañana. Y no contaminan el ambiente.

Posdata

No podemos vivir como los piraha por muchas razones, entre ellas porque no somos piraha y porque hay que ir al trabajo.

Pero podemos limpiar el medio en que vivimos sin necesidad de esperar a que presidentes y primeros ministros hagan algo, pese a que los escépticos piensen que cualquier esfuerzo es inútil porque ya es demasiado tarde.

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