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Domingo, 3 de septiembre de 2006 - 13:21 GMT
África, entre dos culturas

Hamilton Wende
BBC, Namibia

Mujeres de la etnia Himba.
Los Himba son oficialmente nómadas, pero viven en asentamientos permanentes.

En toda África crece y se enraíza cada vez más la gobernabilidad democrática, pero este cambio político pone en peligro otros valores de larga tradición.

Los líderes tradicionales -los reyes y jefes tribales- han perdido gran parte de su poder, pero siguen desempeñando un papel vital en las sociedades que alguna vez gobernaron.

Kapika, el jefe del grupo étnico Himba en el norte de Namibia, con su bastón tallado en la mano, le daba órdenes a su esposa e hijos para que ordeñaran su ganado.

A veces, dirigía la atención hacia mí. Yo estaba sentado en el suelo, al lado de su silla, pidiéndole permiso para filmar en las aldeas.

Aunque no lo parezca, el estiércol de vacas seco es muy cómodo para sentarse.

Finalmente, una sonrisa arrugada y cálida iluminó sus ojos: "Puede hacerlo", me dijo.

Tradición versus modernidad

La forma en que ejercía su poder me recordó mi infancia. Yo tendría unos 11 años y estaba de pie en una colina en Transkei, Sudáfrica.

Kaiser Daliwonga Matanzima
Matanzima era sobrino y uno de los amigos más cercanos de Mandela, pero la política los dividió.
Los pescadores rurales de la etnia Xhosa que me rodeaban estaban muy entusiasmados.

Una caravana, encabezada por un reluciente Mercedes Benz negro, apareció en medio de una nube de polvo.

Los pescadores se quitaron sus sombreros y se arrodillaron sobre las largas hierbas africanas, mientras los autos pasaban a toda velocidad.

Yo acababa de ser testigo de una inspección del supremo Kaiser Daliwonga Matanzima a su reino.

Matanzima era sobrino de Nelson Mandela, quien también tiene sangre real Xhosa.

"Vendido"

Mandela dirigió la lucha contra el apartheid y pasó 27 años en prisión, antes de convertirse en el primer presidente de una Sudáfrica democrática.

Nelson Mandela
Mandela fue el primer presidente de una Sudáfrica democrática.
Matanzima colaboró con el gobierno blanco y fue hecho presidente de Transkei, un bantustán creado por el apartheid.

Su poder dependía de sus jefes blancos en Pretoria y Mandela lo llamó "un vendido".

Pero, debido a su estatus real, Matanzima nunca fue realmente condenado al ostracismo.

Siguió siendo una figura controvertida, aunque no necesariamente despreciada, y cuando murió en 2003, el presidente Thabo Mbeki leyó el panegírico en su funeral.

Los destinos de Mandela y Matanzima ponen de manifiesto la lucha en curso en África entre la autoridad tradicional y la modernidad política.

Poder afianzado

En Swazilandia cada año el rey Mswati III inaugura el parlamento con una espléndida ceremonia, que mezcla ritos africanos con otros de la época colonial británica.

Rey Mswati III
Con un vestido tradicional, Mswati III llega a la apertura del parlamento.
Los soldados se paran en atención, con sobretodos de color escarlata, en medio de un calor sofocante, mientras toca una banda de música.

La mayoría de los diputados llevan taparrabos y tocados tradicionales. Tienen que pasar sus cachiporras de madera, llamadas "knobkerries", a través de detectores de metal de alta tecnología, antes de entrar a la cámara.

El rey también está vestido de forma tradicional y llega en una limusina Mercedes negra.

Camina sobre una alfombra roja, rodeado por agentes de seguridad con gafas y trajes oscuros, que recuerdan al servicio secreto del presidente de Estados Unidos.

Swazilandia es una de las pocas monarquías absolutas que quedan en el mundo.

En el parlamento no se permiten partidos de la oposición, la prensa está controlada por el estado y es ilegal criticar al rey.

Amamos a nuestro rey, pero queremos tener un monarca constitucional, como en el Reino Unido
Mujer sindicalista
La pobreza y el desempleo tienen raíces profundas y la disconformidad política se fermenta constantemente debajo de la superficie.

Aun así, cuando hablé con un grupo de sindicalistas que constituyen la columna vertebral de las reformas democráticas, me dijeron que la realeza es indispensable para la nación.

"Amamos a nuestro rey", me dijo una mujer, "pero queremos tener un monarca constitucional, como en el Reino Unido".

En los tiempos coloniales, las potencias europeas trataban de persuadir a los reyes y jefes locales de toda África para que gobernaran en sus nombres.

El poder profundamente arraigado que ejercen estos líderes -en su mayoría hombres- sigue siendo una realidad.

Fuerza tranquilizante

Otro de mis encuentros con el poder tradicional fue con el emir de Kano, en el norte de Nigeria.

Fue como viajar a otra era.

Muralla de lodo en Kano
Kano es una de las antiguas ciudades-estados del norte de Nigeria.
Guardias con vestidos y turbantes de vistosos colores cuidan las puertas de su palacio.

Cerca flotan, bajo un claro cielo azul, la cúpula de una mezquita y un alto minarete.

A uno lo conducen, a lo largo de un pasillo oscurecido y fresco, hasta la "Cámara del Elefante", de 700 años de antigüedad.

El techo, con forma de cúpula, es sostenido por 20 arcos, y las paredes están cubiertas de arabescos hechos con lodo de diferentes colores.

Dos cabras

Los trompetistas anuncian la llegada del gobernante, sobre un caballo adornado. Varios criados corren a levantar un gran trozo de tela para que nadie lo vea bajar de la bestia.

Emir de Kano
El emir de Kano es uno de los principales líderes musulmanes de Nigeria.
El emir avanza hacia la corte, donde sus súbditos se arrodillan y hacen reverencias a su paso.

Un hombre con un vestido largo y suelto enumera sus quejas contra su vecino. En Nigeria democrática, él tiene derecho a apelar al estado pero, en casos pequeños como éste, suele ser más fácil aceptar la decisión del emir.

Se oyen los cargos. El emir impone una multa de dos cabras y la corte termina su jornada.

Ésta no es la única esfera de influencia del emir. El respeto que se le guarda a su antiguo linaje con frecuencia es necesario para calmar los encuentros a veces violentos entre las poblaciones cristianas y musulmanas de la ciudad.

Pronto me llegó el turno de ver al emir. Los guardaespaldas se hicieron a un lado. Me condujeron a una habitación apacible, a la sombra, llena de tallas de lodo y con gruesas alfombras escarlatas.

Occidente debe comprender que la democracia no es sólo como ellos la ven. En África necesitamos tiempo para desarrollarla a nuestra manera
Emir de Kano
En el extremo opuesto, el emir estaba sentado en su trono. Estaba vestido de blanco, con un turbante de bordes verdes.

Le pregunté sobre el papel que él desempeña en una Nigeria en transición. Escuchó cortésmente.

"Occidente", me respondió, "debe comprender que la democracia no es sólo como ellos la ven. En África necesitamos tiempo para desarrollarla a nuestra manera".

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