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Martes, 22 de agosto de 2006 - 22:00 GMT
Sabores a ciegas
Sergio Correa.
Sergio Correa
BBC, Berlín

Una guía para comer a ciegas
Te traje algo para que tomes, una copa de Rioja. Imagina que tu plato es un reloj, tu copa de vino la pondré donde estaría el 1
Eddie, camarero Unsichtbar
Una asociación de ciegos alemana creó en Berlín el restaurante Unsichtbar, un lugar para acercar el mundo de los ciegos al de los videntes y donde se puede cenar sofisticadamente en medio de la más absoluta oscuridad.

En verdad no estaba tan entusiasmado con la idea de visitar el restaurante. Ya de chico había leído el "Informe sobre Ciegos" de Sábato y las imágenes de ese texto paranoico de una secta apocalíptica de no videntes solían visitarme por las noches.

Pero ahora el trabajo, el pudor de la adultez y cierta curiosidad me llevan al Unsichtbar, a comer en tinieblas.

En fila india a la oscuridad

"No te preocupes, yo estaré cerca tuyo todo el tiempo", me dice Eddie, uno de los camareros ciegos, mientras me da palmaditas en el hombro.

Me toma las dos manos, las pone en sus hombros y así, como en fila india, entramos al corredor en forma de "S" que lleva al restaurante.

"Ahora doblamos a la derecha, ahora a la izquierda, otra vez a la derecha y luego caminaremos por un corredor hasta llegar a tu lugar". Ya después de la primera curva de entrada no puedo ver absolutamente nada. Nada.

"Aquí está tu silla y tu mesa", me dice Eddie y me toma la mano para que palpe. Habla con una voz suave y consoladora, como un médico antes de una operación.

Eddie, el camarero del restaurante.
Eddie, el camarero del restaurante guía a los clientes.
Me siento y estúpidamente comienzo a girar la cabeza como para reconocer algo, pero nada. Ni vecinos para mirar, ni una carta para leerla y pasar el rato, ni siquiera la topografía de mi mesa. Mis pupilas deben estar del tamaño de pelotas de tenis y no consiguen ver absolutamente nada.

Comienzo entonces a escuchar y a oler. En algún lugar a mi izquiera alguien parece comer pescado, huelo romero también. A mi derecha escucho un grupo de festivos ingleses, en algún lado oigo hablar italiano.

Palpando la comida

El camarero Eddie vuelve y me palpa el hombro y con la misma voz de antes me pregunta: "¿Cómo te sientes ?". "Confundido", le digo sinceramente. "Te traje algo para que tomes, una copa de Rioja. Imagina que tu plato es un reloj, tu copa de vino la pondré donde estaría el 1."

Mi mano se mueve como una oruga sobre la mesa hasta que doy con la copa de vino y me agarro a ella como un náufrago al último trozo de madera, mi primer trozo de certeza en este mundo "Cuidado, ahora viene el plato principal".

Fila para entrar en el restaurante
Los comensales entran en fila al restaurante.
Y buscando el plato, !plaff! meto la mano dentro de la comida.

Luego, con tenedor y cuchillo ("están a las 3 y a las 9, la servilleta también a las 3) comienzo a explorar. Hay algo suave y algo consistente.

Toco lo suave y lo pruebo: son, seguro, papas con algo más. Doy unos golpecitos con en cuchillo sobre lo consistente e imagino que es carne, pero se resiste a que la corte. Me doy cuenta que estoy cortando con el dorso del cuchillo.

Con el primer trozo que me llevo a la boca casi me atraganto, me salió gigante, tengo que volver a cortarlo.

La comida está buenísima y mi olfato y mi gusto se agudizan al extremo para ir descubriendo que estoy comiendo: papas, cebolla, pimiento, brócoli.

Quien lo diría, después de media hora de oscuridad absoluta, parece que me voy acostumbrando.

"¡Eddie!" grito tímidamente. El camarero me dijo que si necesito algo que lo llamara "Grita, sin venguenza" ¡¡Eddiiiie! y ya viene Eddie . "¿Otra copa de vino?, pero aún tienes. Me doy cuenta por el peso" Y era cierto, todavía quedaba algo, un mínimo sorbo de vino.

El postre es ya bastante más complicado. Noto que son trozos de muchas cosas: unos bastoncitos de chocolate, un mousse de mango, una gelatina de no se qué, trozos de sandía y melón (¿o será pepino?).

Finalmente termino por comer con la mano "No te preocupes, aquí nadie te ve", me dice el camarero y suelta una risita que imagino como la del gato de Cheshire en Alicia en el País de las Maravillas.

"¿Quieres leche con el café?, espera yo te la hecho" No sé como, Eddie se las arregla para poner leche en la taza de café sin derramarlo. "¡Muy bien!" me dice, "muchos de nuestros clientes hombres terminan por irse antes, no soportan la pérdida de control".

Eddie, como los otros camareros ciegos, son aquí, al revés del mundo exterior, los guías de los videntes. La salida es un trauma y como el conde Drácula, todos se tapan la cara por la luz.

Le pregunto a mi camarero si le puedo sacar una foto y él me sonrie, con esa extraña sonrisa de los ciegos que ya no me perturba más.



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