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Viernes, 18 de agosto de 2006 - 11:10 GMT
Rodolfo Mederos: con alma de bandoneón
BBC Estudio 834

Valeria Perasso, BBC
Valeria Perasso
BBC Mundo

El bandoneón aterrizó en su regazo cuando contaba con apenas cinco años, gentileza de un vecino que supo vislumbrar la fascinación que generaban en este niño los acordes arrancados del instrumento. Y ya nunca más se separaron.

Rodolfo Mederos
La relación con el bandoneón es como con los amigos o con la mujer: hay épocas en que estamos muy bien, hay épocas en que nos peleamos un poco
Si uno le pregunta a Rodolfo Mederos cómo es su relación con el bandoneón, ese instrumento emblemático del tango del cuál él es hoy un referente obligado en Argentina, recibe por respuesta una sonrisa, seguida de anécdotas entrañables.

"El bandoneón tiene el olor a la casa, a la comida, a la ropa planchada y limpia, a los elementos nobles con los que está hecho: cola, hueso, madera... Es como con los amigos o con la mujer: hay épocas en que estamos muy bien, hay épocas en que nos peleamos un poco o tenemos diferencias."

"Tenemos un vínculo humanizado", define Mederos, tras más de seis décadas con el instrumento a cuestas. O con seis de ellos, más bien, a los que da nombres propios y puede reconocer al tacto.

Y con el bandoneón, llegó a su vida el tango.

"Históricamente, este instrumento fue la herramienta capaz de interpretar los sentimientos de nostalgia, lejanía y soledad que marcaron al tango como música de inmigrantes. Son como el anverso y el reverso de una moneda: no se puede entender el tango sin el bandoneón, y el bandoneón busca al tango aunque pueda también usarse para otros géneros. Son una pareja indisoluble".

Multifacético

Nacido en 1940, en el barrio porteño de Constitución, Mederos fue estudiante de biología, coleccionista, cineasta y carpintero antes de convertirse en músico a tiempo completo.

Más tarde, se hizo compositor, director, arreglador, maestro... Dice, sin embargo, que no le alcanzarían muchas vidas para experimentar con nuevos empastes, ritmos y formaciones, para hacer "lo que se debe hacer", y adentrarse por los recovecos de las músicas que aún quiere explorar.

Su trayectoria, enraizada a la vez en la tradición y la modernidad, es una síntesis acabada del mejor tango que se escucha en estos días por el Río de la Plata.

Después de descubrir el género en el patio de la casa, entre rondas de pasteles y mate de domingo, Mederos transitó varios caminos. Desde aquel Octeto Guardia Nueva de sus años mozos, al grupo Generación Cero, con el que ensayó una mezcla de la canción porteña con el jazz y el rock para convertirse en músico de culto de los jóvenes modernos modelo años setenta.

Rodolfo Mederos
Históricamente, este instrumento fue la herramienta capaz de interpretar los sentimientos de nostalgia, lejanía y soledad que marcaron al tango como música de inmigrantes

En una de esas vueltas de la vida, se encontró con Astor Piazzolla, quien lo invitó a subirse con él a los escenarios. Con Piazzolla conoció la vanguardia, para luego desde allí emprender el camino de vuelta a los orígenes del tango primigenio.

"Mi generación se vio fascinada por la aparición de Piazzolla, que incorporaba nuevos elementos y despojaba al tango de toda esa cuestión ceremoniosa y acartonada que lo caracterizaba. Pero el movimiento que se formó alrededor de este músico fue creciendo separado de la tradición: Piazzolla enarbolaba la bandera de que era él solo, cuando en realidad el tango es una música de naturaleza eminentemente social".

Se nota que la mística de genialidad que rodea a Piazzolla lo incomoda. Dice que hay una "piazzollización excesiva", y que su figura generó una divisón irreconciliable en el tango que vino después.

"Una vez empecé a preguntarme qué era la música de vanguardia, y para qué servía. Ahí empecé a revalorizar la figura de Osvaldo", revela.

Osvaldo es Pugliese, ese señor de lentes gruesos y cara enjuta, pianista y director de orquesta, comunista comprometido y maestro generoso, al decir de aquellos que compartieron con él milongas y escenarios.

Un músico clave en el devenir del género, reverenciado por legiones de tangueros porteños. Tanto que, según dicta una superstición bien arraigada, basta invocar tres veces su nombre para ahuyentar la mala suerte antes de salir a escena.

Para Mederos, la influencia de Pugliese se hace sentir tanto en la técnica y la expresión musical como en su manera de mirar "el tango y la vida".

"Pugliese era como el Rey Midas, que transformaba en música todo lo que tocaba. En su orquesta se practicaba una democracia verdadera, y yo estoy muy agradecido a las circunstancias de haber participado en ella. Con el tiempo, descubrí que una de las mejores cosas que me pasaron fue haber estado cerca de Osvaldo", afirma.

Al rescate del pasado

Pero volvamos al presente, aunque sea sólo por un momento.

Para transitar el hoy, Mederos se impuso a sí mismo una misión en la que no se da tregua: recuperar los sonidos del pasado, que son a un tiempo los cimientos del género y la vía de conexión con el tango por venir.

Para ello, el músico se dedica a resucitar el repertorio de los albores del siglo XX: desde tangos virtualmente desconocidos a los de autores como Eduardo Arolas, Agustín Bardi o Vicente Greco, y hasta rancheras, polkas y otras piezas de la música campesina de entonces.

Rodolfo Mederos
La orquesta es como una fiesta donde uno invita a todos los amigos, y el trío es como tomar un café con algunos de ellos
En el ejercicio, sin embargo, no hay espacio para la nostalgia. Se trata, más bien, de una clara militancia artística, que va al rescate de las músicas fundantes del tango después de que éstas perdieran notoriedad ante el avance de otros géneros foráneos.

"Estoy un poco cansado de ciertas experiencias actuales que resultan absolutamente estériles. El mirar hacia estas músicas de ayer tiene que ver con una posición ideológica. Es una manera de recuperar la historia, para nada melancólica sino casi agresiva... Pensando en el futuro, en la medida en que no habrá futuro si no hay pasado", sintetiza el bandoneonista.

Mederos plasma esta labor sobre el escenario con sus dos formaciones actuales: un trío, con el que toca esa "música de patio" que conformó sus primeros repertorios, y una orquesta típica de 13 integrantes. Y alterna entre ambas formaciones, en un ir y venir entre la intimidad y la grandilocuencia.

"La orquesta es como una fiesta donde uno invita a todos los amigos, y el trío es como tomar un café con algunos de ellos", compara.

La conformación de su propia Orquesta Típica es también un intento por reconstruir el ayer. La Típica, formación clásica del tango entre 1930 y 1950, fue -al decir de Mederos- una suerte de generalato del tango, donde la riqueza tímbrica e instrumental alcanzó su máxima expresión.

Como una big band, con sus filas de bandoneones, cuerdas, piano y voz, estas orquestas hicieron bailar a varias generaciones.

Ahora, Mederos se propone alentar la práctica social del baile, así como el rol de la orquesta en vivo, desdibujado por avatares socioeconómicos y arrolladoras modas musicales.

"Las orquestas desaparecieron, en parte, porque se hizo difícil mantener conjuntos con decenas de músicos. Pero se extinguieron, fundamentalmente, porque el tango cometió el pecado de no pactar con el diablo: otras músicas vacías invadieron el gusto popular, a tal punto que el tango pasó a ser 'para viejos'", explica el músico.

Telón arriba

Más allá de su compromiso con el pasado y el futuro de la música rioplatense, basta un instante para comprender la relevancia de Rodolfo Mederos en el universo del tango actual.

Ocurre cuando se sube al escenario, se coloca el bandoneón sobre las piernas, cierra los ojos y se le dibuja una media sonrisa en la cara.

Mederos es, ante todo, un bandoneonista. Virtuoso, original, arriesgado, avasallante... No hay declaración de principios más contundente que verlo tocar.

Cada vez que uno toca música es como la primera vez. Son muchos los sentimientos allí
"Cada vez que uno toca música es como la primera vez. Son muchos los sentimientos allí. Hay momentos en los que me divierto, otros en los que estoy tenso, como al borde de un riesgo", confiesa.

Y agrega: "Cuando tengo frente a mí una melodía para ser tocada, me planteo cómo hacerlo... A veces no me lo planteo y sale de una manera animal; otras veces, veo venir desde mucho antes el fragmento que voy a tocar y entonces me divierte poder jugar con él. Es un universo muy variado de sensaciones el que se produce con la música... como un viaje".

Un viaje que lleva al tango por el patio de la casa, por una milonga de barrio, o por caminos en los que pasado y presente se confunden hasta hacerse uno. Al ritmo del bandoneón.



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