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Ian Brimacombe
BBC, Chicago
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El curso busca evitar que los refugiados coman alimentos poco saludables.
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En un aula en el lado norte de la ciudad de Chicago, en Estados Unidos, la nutricionista Bindi Desai apunta a un diagrama de un hombre obeso con una hamburguesa en la mano y una expresión de aflicción en la cara.
"Este hombre pesa demasiado" dice ella, explicando que esto se debe a que come demasiada comida rápida y consume demasiadas bebidas gaseosas.
"¿Y adivinen qué sucede?", pregunta. "Dentro de su cuerpo existen muchos problemas".
En una mesa, unos doce refugiados -la mayor parte de África- escuchan y asienten con la cabeza. Algunos ríen y charlan entre sí. Pareciera que entienden el mensaje.
Este taller sobre cómo comer la comida estadounidense de forma responsable forma parte de un programa financiado por el estado de Illinois y que busca mejorar la nutrición de los refugiados que se establecen en la llamada tierra de la abundancia.
"Estamos muy preocupados por si ellos van a entender cómo ingerir los alimentos de Estados Unidos", dice Shana Willis, de la agencia no gubernamental Heartland y una de los coordinadores del proyecto.
"No sólo no sabían cómo comer la comida de este país sino que fueron inmediatamente hacia la comida chatarra y fue entonces que nos dimos cuenta que esto iba a tener un impacto mucho más importante del que anticipamos", añadió Willis.
Choque cultural
Uno de los mayores desafíos para los organizadores es cambiar la manera en que los refugiados piensan sobre la comida. Muchos de los recién llegados sufren de desnutrición y vienen de lugares donde los alimentos son escasos.
Algunos quieren compensar toda una vida en la que se les negó la carne. Otros gravitan entre las bebidas gaseosas anaranjadas y las papas fritas, creyendo que son una gran fuente de vitaminas.
Y existe también el choque cultural.
"He estado aquí apenas unos pocos meses y estoy muy desorientando", dice un hombre a través del traductor. "¿Dónde puedo encontrar las fechas en que puedo terminar con mi ayuno de Ramadán?".
En el centro occidente de Chicago, la respuesta no es tan obvia.
Durante el taller, Desai levanta un pedazo de brócoli de plástico.
"¿Cuántas verduras comen ustedes en el día?", le pregunta a la clase.
Un hombre dice algo susurrando.
"¡Él no come nada!", exclama una mujer riéndose. "¡Él no come verduras!", agrega.
"Ah", se lamenta la nutricionista.
De compras
Aparte de presentar los talleres, Desai visita a los refugiados en sus viviendas y les ayuda con la lista de las compras.
Desai también organiza visitas a los supermercados para orientarlos en la compra de comida.
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"Cuando apenas llegan, hay mucha publicidad", dice, "más de la que necesitan. Y no se va a acabar, por el contrario".
Hurga sus alacenas, promueve los frijoles, las pastas y las verduras y desalienta la comida chatarra.
Pero enseñar cómo hacer compras a veces no es suficiente. Muchos de los refugiados viven en los vecindarios más pobres de Chicago y tienen dificultades para encontrar alimentos sanos. Así que la Desai organiza también visitas a los supermercados.
Ella dice que en las alacenas está la evidencia de que sus lecciones hacen una diferencia.
Aprendiendo
Los organizadores dicen que el proyecto ha sido tan exitoso entre la población africana que llega a Estados Unidos que, con una nueva financiación del estado, se extenderá para incorporar a otros grupos de refugiados.
De vuelta al salón de clases, la facilitadora del taller da las últimas puntadas.
"¿Aprendieron algo?", pregunta.
Un hombre levanta la mano y dice: "come mucho y engordarás".
"Es cierto", replica Desai.
Otro hombre interviene y señala: "la sal no es buena, el azúcar no es bueno, el aceite no es bueno, la grasa no es buena. La tensión, los problemas del corazón. Eso, eso", concluye.
La nutricionista se ríe y dice: "muy bien, aprendiste nuestro argot".