Mientras muchos asocian ajedrez con tareas del cerebro, en el Mundial mismo, hubo otros que lo llevaron a los puños.
|
El ajedrez es un deporte eminentemente cerebral que requiere cabeza fría y análisis clínico de las jugadas propias y del rival.
Pero quien piense que los ajedrecistas son robots incapaces de las más explosivas emociones, se equivocan.
La federación de ajedrez está investigando un incidente de amor, violencia y celos ocurrido en la Olimpiada de ajedrez de Turín, que acaba de concluir con la victoria de Armenia.
Las pasiones se desataron durante una fiesta para los participantes en el torneo.
El principal ajedrecista de Armenia, Levon Aronian, estaba bailando animadamente con la número 3 de Australia, la bellísima Arianne Caoili, cuando llegó a la sala una de las estrellas del equipo inglés, Danny Gormally.
Se pierden los estribos
El inglés, que había mantenido un intenso intercambio de correos electrónicos con Caoili antes del torneo, perdió los estribos y lanzó un ataque con toda su artillería.
Nada de usar las torres, los alfiles o de hacer un movimiento de pinza con los caballos.
Para recuperar a su reina Gormally usó los puños y mandó al armenio al suelo con un solo golpe más digno del boxeador Mike Tyson que del mítico ajedrecista cubano José Capablanca.
El equipo inglés se disculpó por el incidente, pero la cosa no terminó allí porque al otro día varios jugadores armenios sorprendieron a Gormally en un café y decidieron cobrarse venganza.
El altercado no pasó de unos cuantos golpes gracias a los buenos oficios de un miembro del equipo inglés que hablaba ruso y consiguió pacificar las cosas con el método más antiguo que conoce la humanidad para resolver sus conflictos: la palabra.
Entre otras cosas el incidente es una buena lección para los que interpretan el mundo en estereotipos.
El protagonista fue un presuntamente flemático inglés y el escenario, el más cerebral de los deportes: el ajedrez.