La adaptación cinematográfica que hizo Ron Howard del libro El Código Da Vinci, que abrirá el Festival de Cannes, no logró generar el mismo entusiasmo que tuvo la novela de Dan Brown.
Los protagonistas del Código de Da Vinci.
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La trama comienza cuando el curador del Museo Louvre de Paris es encontrado muerto con una serie de símbolos y pistas escritas en su propia sangre, lo que termina involucrando al profesor Robert Langdon (Tom Hanks) para descifrar el misterio.
Sin embargo, Langdon -quien es contactado por ser un experto en simbología- recibe inmediatamente la advertencia de que su vida corre peligro por parte de la criptóloga de la policía, Sophie Neveu (Audrey Tautou).
Es entonces cuando la pareja se embarca en una emocionante aventura por Paris, Londres y Escocia para descifrar un código misterioso, encontrar el Santo Grial y revelar una gran conspiración religiosa.
Con unos escenarios de exteriores maravillosos, como el Louvre, la Iglesia de Temple y la Abadía de Westminster, la película es visualmente atractiva.
Conservación
Con unos sutiles agregados cinematográficos, los aficionados del libro de Brown estarán complacidos que no hay gran diferencia con el libro.
Howard mantuvo la columna vertebral de la historia, que alega que Jesús se casó con María Magdalena y que sus hijos tuvieron una descendencia que sobrevive hoy en día.
Hay buenas palabras para la actuación del actor británico.
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Además, como en la novela, el grupo conservador católico Opus Dei es presentado como una organización asesina y obsesionada con el poder.
Quizás el principal reto del director fue llevar a la pantalla la narrativa de Brown y la inclusión de recuerdos de los personajes raya en lo condescendiente con la audiencia.
Este recurso se utiliza con demasiada frecuencia durante las dos horas y medias del filme, cuya trama pudiera ser confusa para aquel que no haya leído el libro.
Uno de los principales logros de la novela es que le permitía resolver los misterios antes que los protagonistas, dándole al lector la satisfacción de creerse inteligente.
La película no brinda esta misma sensación, sino que la audiencia debe unirse a Langdon y Neveu en la travesía.
Al rescate de la película
Aquellos familiarizados con lo escrito por Brown enfrentan otros problemas.
La trama se desarrollaba fluida y mágicamente a lo largo de las páginas, pero no se transfiere bien al celuloide: es larga y aburrida.
Más que desconcertantes algunas escenas de Bettany.
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El guionista Akiva Goldsman creó un material a veces torpe y que incluso llega a dar vergüenza ajena en otros momentos.
Los actores ofrecen un trabajo competente: Hanks es seco y poco inspirador como Langdon y su peinado merece crédito por sí solo.
Por su parte Tatou le otorga un encanto galo a su papel como Neveu, pero no se compara con su desempeño en "Amelie" en 2001.
A Ian McKellen le quedó el rol de animar la pantalla como el historiador teólogo Leigh Teabing y es bien recibida su habilidad para decir sus líneas con convicción y un poco de humor.
Paul Bettany es amenazador como Silas, el monje asesino albino, cuyas escenas en las que se flagela o asesina son más que desconcertantes.
McKellen y Bettany son quienes evitan que la película de casi US$230 millones sea un fracaso.
No obstante, la verdad es que el interés que despertó la novela ya le dio una capa anticríticos al filme, incluso antes de ser rodada.
Con 50 millones de copias vendidas, es casi una garantía que será un éxito comercial.