Según los brasileños, fue el espectáculo más grande de los 43 años de historia de los Rolling Stones: se calcula que este sábado un 1,3 millones de personas acompañaron el recital de la banda inglesa a orillas de la playa de Copacabana.
"¡Hola Brasil!" gritó Mick Jagger ante un millón y medio de personas.
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Imposible determinar con absoluta certeza si de verdad se trató de "o maior show do mundo", pero no puede negarse que la presentación de la mítica agrupación se convertirá en una fecha histórica en la memoria festiva de Río.
En primer lugar por tratarse de un concierto gratuito, financiado por el gobierno de la ciudad y por dos empresas de telefonía privadas. Y luego por el revuelo que concitó dentro y fuera de Brasil.
Mick Jagger, líder de la banda y asiduo visitante de Río, salió a escena poco después de las 10 de la noche de este sábado, vestido de negro y con chaqueta plateada. Al intentar hablar en portugués llevó al público al delirio.
"Hola Brasil. Copacabana, esta es la mayor fiesta del mundo", dijo Jagger en portugués, desatando la euforia general. El recital incluyó 20 temas, entre clásicos de la banda y algunos de su última producción, "A Bigger Band".
Sin embargo, fue "Satisfaction" el tema con el cual la banda se despidió de Brasil.
Tanto como la vitalidad de "los abuelos del rock", impresionaron en el show de Copacabana los detalles del despliegue.
Más de 2.000 policías militares custodiaron el evento de cerca y otros 6.000 estuvieron apostados en las inmediaciones; se dispusieron unas 300 toneladas de equipos de luz y sonido para el espectáculo y la capacidad hotelera de la ciudad se vio totalmente colapsada, a una semana del comienzo del carnaval.
La gran convocatoria
"Claro que vamos, no me lo perdería por nada del mundo", aseguraba un día antes del espectáculo, en el aeropuerto de Brasilia, Ana Laura, una joven de 20 años que viajaba con su novio y cuatro amigas a pasar el fin de semana en casa de amigos en Río de Janeiro.
Otros miles viajaron a Río desde todos los puntos del país, en autobuses y carros, para un concierto que también convocó a fanáticos de Argentina, Chile, Italia, Bélgica, Estados Unidos y Japón.
La vitalidad de "los abuelos del rock" impresionó durante el concierto.
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Al menos esas eran las nacionalidades de quienes se paseaban -expectantes y animadísimos- por las arenas de Copacabana en las horas previas al gran evento.
"Esto es un desastre", se quejaba, con epítetos irreproducibles ante los micrófonos de los reporteros, un taxista carioca.
Es que el caos se instaló en la turística zona sur de la ciudad tras el cierre de todos los accesos a la playa de Copacabana desde primeras horas de la tarde. De resto, pocos incidentes: algunos arrestados por consumo excesivo de alcohol y otros atendidos por insolaciones.
"Ha sido una noche tranquila", aseguró el jefe del cuerpo local de bomberos, Marcos Silva.
Histórico escenario
El operativo logístico montado por el gobierno fue mayor que el usual para la noche de año nuevo, cuando en Copacabana se celebra una quema de fuegos artificiales y show artísticos que convocan a dos millones de personas.
El escenario se instaló frente al histórico y lujoso hotel Copacabana Palace.
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El escenario para los Stones se instaló frente al histórico y lujoso hotel Copacabana Palace, desde donde se construyó un puente de acrílico para que los integrantes de la banda y su equipo llegaran al escenario sin tener que cruzar la avenida que les separa de la playa.
Mick Jagger, que tiene un hijo brasileño, fue el primero de los Stones en aterrizar en Brasil, a primeras horas del sábado.
Pocas horas después lo hizo el resto de los integrantes de la banda, sin mayores incidentes.
El clima en la ciudad es de euforia, y el acceso al área de 4.000 invitados especiales al recital -elegidos por las empresas patrocinantes- se convirtió en uno de los mayores objetos de deseo de ricos y famosos de todo el país.
El fuego en Copacabana
El clima en Río fue de euforia por el concierto de los Stones.
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"¿Qué banda podría reunir a cinco generaciones? Ellos mantienen el fuego, no son apenas una llamita.
"Tenía que ser aquí en Copacabana, no podía ser en otro lugar", comentaba, desde un balcón donde se divisaba el show y con un vaso de "whisky" en la mano, el autor teatral Fausto Fawcet.
También se esperaba que una vez finalizado el concierto, bien entrada la madrugada, algunos de los integrantes de la banda inglesa visitaran la sede de una conocida "escola" de samba, que por estos días prepara sus motores para el carnaval.
Otros se quedarían en el hotel departiendo con un grupo selecto de invitados y compartiendo impresiones sobre una noche que acaso sea irrepetible.