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Lunes, 27 de junio de 2005 - 12:17 GMT
Las islas flotantes del lago Titicaca
Martin Vennard
BBC, Lago Titicaca

Niño uro en una de las islas flotantes.
Sólo quedan unos pocos centenares de descendientes de uros en las islas flotantes.
Entre las muchas sorpresas del lago Titicaca están las llamadas islas Uros, fabricadas y habitadas por humanos.

Son unas cuarenta islitas hechas de capas entrelazadas de un junco conocido como totora, el cual crece en las orillas del gigantesco lago. El Titicaca se encuentra a 3.800 metros sobre el nivel del mar, entre Perú y Bolivia.

Las islas son habitadas por varios centenares de personas, descendientes de los indígenas uro, quienes se refugiaron en el lago para escapar al imperio inca, que dominaron la región hasta el siglo XVI, cuando llegaron los españoles.

Y aunque la cultura de los uros sobrevivió a la civilización inca, hay quienes advierten que ahora se encuentra bajo amenaza por los avatares de la vida moderna.

Islas ancladas

Los uros se encuentran a unos 30 minutos en bote desde Puno, la principal ciudad peruana sobre el lago.

Sus islas están ancladas con cuerdas atadas a postes de madera, los cuales son hundidos en el lecho del lago.

En la temporada de lluvias, entre noviembre y febrero, las islas se mueven sobre la superficie del lago. Cuando caminas sobre ellas, tus pies se hunden varios centímetros.

Las islas más grandes son habitadas por hasta diez familias que viven en pequeñas chozas, también hechas de juncos. La más pequeñas -de unos 30 metros de diámetro- albergan dos o tres familias.

Tradicionalmente, los isleños viven de la pesca, la caza y del comercio con los indígenas aymaras que habitan en las tierras alrededor del lago.

Con los años y con las uniones matrimoniales entre los dos grupos, los uros abandonaron su propio idioma para adoptar el aymara.

Su religión es un sincretismo de creencias indígenas y catolicismo. A sus muertos los sepultan en tierra firme.

"La vida es una lucha"

Ahora, los uros también viven del turismo.

Lago Titicaca
Mapa
El lago navegable situado a mayor altura en el mundo
3.800 metros sobre el nivel del mar
190 kilómetros de largo por 80 km de ancho
Una de las personas por fuera de la comunidad que más conoce los conoce es Mairo Moya, un peruano de 29 años que trabaja como guía turístico. Moya llegó a Puno a estudiar antropología y vivió tres meses en las islas flotantes.

"Lo que ellos te enseñan es que el hombre se puede adaptar a cualquier clase de ambiente. Los uros han vivido aquí por centenares de años y están orgullosos de lo que han logrado, al literalmente crear su propio hábitat", explica.

"Sin embargo su vida es una lucha constante. Las islas se pudren por la parte de abajo con mucha rapidez, por lo que nuevos juncos deben ser añadidos constantemente", añade.

Las islas pueden durar hasta 30 años. Luego se debe construir una nueva.

"En el día hace mucho calor, pero durante las noches puede hacer muchísimo frío y ellos no tienen electricidad para calentarse. Incluso las cosas más simples pueden ser difíciles", asegura el guía.

Como retretes, los uros utilizan pequeñas islas que han construido a corta distancia de donde viven. Los desechos sólidos se dejan secar al sol, para evitar que contaminen el lago, cuya agua también utilizan para beber.

"Los uros cocinan en fogatas que encienden sobre pilas de piedras. Se alimentan especialmente de pescado, pero también comen algunas partes de los juncos".

"No hay doctores ni hospitales cerca, por lo que dependen de ellos mismos. Tradicionalmente, los hombres ayudan a sus esposas en los partos", agrega.

Amenaza a la tradición

Una escuela misionera fue instalada cerca de la mayor de las islas, Huacavacani, donde los niños pueden aprender aymara.

Islas flotantes en el lago Titicaca.
En el lago Titicaca existen unas 40 islas hechas por los descendiente de los uros.
Mairo Moya cree que las tradiciones de los uros están peligrando. "Mucha gente se ha ido a vivir en tierra firme. En las islas ya sólo quedan unos pocos centenares. Además, el turismo durante las décadas de los 80 y 90 afectó sus métodos de vida tradicionales".

"No tienen acceso a salud dental y los turistas empezaron a regalarle dulces a los niños. Los uros también empezaron a darse cuenta de que, en vez de trabajar, podían ganar dinero cobrándoles a los turistas por las fotos que les tomaban", revela.

En su trabajo como guía, Mairo Moya pide a los turistas que no brinden dulces a los niños y no paguen por las fotografías. En lugar de eso, les solicita que compren sus trabajos artesanales, como mantas y las pequeñas marionetas de lana para usar en los dedos.

"De esa manera ellos pueden mantener sus tradiciones y su dignidad. Sólo diez de las islas admiten visitantes. Aún no es muy tarde para preservar sus tradiciones", explica.



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