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Miércoles, 30 de noviembre de 2005 - 19:17 GMT
Del limbo a la salvación
¿A dónde van los niños que no han sido bautizados una vez que mueren?

Durante siglos, una tradición católica surgida en la Edad Media les reservó una dimensión propia, distinta del cielo, el purgatorio o el infierno.

Madona, obra de Rafael
Pureza sin límites: los niños sin bautizar plantearon una disyuntiva a la iglesia.
Al hablar de este recinto misterioso, llamado "limbo", la iglesia pretendía de alguna manera resolver una aparente disyuntiva: si el bautismo es necesario para la salvación, ¿que sucede con los niños no bautizados? No podrían ir al cielo, pero, al mismo tiempo, su pureza excluye toda posible condena.

La disyuntiva podría ser resuelta de una vez por todas y el limbo definitivamente clausurado esta semana en el Vaticano, donde una Comisión Teológica Internacional - con teólogos de todo el mundo- discute el tema.

BBC Mundo habló con el padre Samuel Fernández, decano de la Pontificia Universidad Católica de Chile.


¿Qué es exactamente el limbo?

Durante mucho tiempo ha sido una manera, yo diría, en la catequesis, de poder conjugar dos verdades.

El hombre tiene una apertura hacia lo infinito y hacia la plenitud
Padre Samuel Fernández
Si uno lee algunos textos de San Pablo, Dios quiere que todos los hombres se salven, la vocación universal de todos los seres humanos es la plena comunión con Dios. Eso lo sabemos no sólo de las escrituras sino del deseo de plenitud que hay en cada corazón humano.

El hombre tiene una apertura hacia lo infinito y hacia la plenitud.

Por otra parte, si leemos algunos textos del Evangelio nos encontramos con que el bautismo es necesario para la salvación.

La pregunta es entonces, ¿y qué sucede con los niños que mueren sin bautismo? Por eso durante mucho tiempo, en la catequesis, se recurrió al limbo como un modo de explicar una especie de salvación, no con una plenitud tan grande como la salvación en Cristo, pero que tampoco significaba la condenación.

De acuerdo a la doctrina actual, entonces, ¿hay otras formas de resolver esa disyuntiva?

Ahora se ha profundizado por la línea de lo que se llama el bautismo de deseo. Ya desde la época de San Cipriano y de los mártires comenzó a desarrollarse este concepto del deseo de bautismo, de estar orientado al cuerpo de Cristo.

Sobre todo en el Concilio Vaticano II hay una gran cantidad de afirmaciones en el sentido de que los límites de la iglesia no coinciden con sus límites visibles.

Podemos afirmar, como lo hizo el Papa Juan Pablo II en Redemptor Hominis y como se hizo en el Concilio Vaticano II, que por la encarnación Cristo se ha unido misteriosamente a cada hombre. Esto resuelve dificultades que había creado la invención del limbo, como un modo de solucionar la aparente disyuntiva de que alguien sin bautismo no podía ir al cielo, pero tampoco podíamos echarlo al infierno porque no tenía ninguna culpa.

Hoy en día, ¿qué dice la iglesia a los padres de un niño que muere sin haber sido bautizado?

También se podría aplicar el bautismo de deseo a un niño aunque pertenezca a un lugar donde la fe en Cristo no está arraigada
La iglesia dice a los padres que dado que este niño pertenece a una familia que está orientada hacia Cristo, podemos suponer que hay un deseo de la familia, de la comunidad, de bautizarlo, y por lo tanto, participa del bautismo de deseo y en ese sentido participa de la plena comunión con Dios, de la salvación plena.

¿Qué pasa cuando la familia no está orientada en ese sentido?

Hay cosas que uno puede responder y otras cosas que no. Hay muchas situaciones que uno deja simplemente en las manos de Dios.

En este caso yo creo que uno puede considerar que en la misma comunidad cristiana hay un deseo común de salvación plena para toda la humanidad. Por lo tanto, también se podría aplicar el bautismo de deseo a un niño aunque pertenezca a un lugar donde la fe en Cristo no está arraigada.

En el nuevo catecismo publicado en 1992 bajo el pontificado de Juan Pablo II ya no se habla de limbo. Ahora con la reunión en el Vaticano, ¿está la iglesia queriendo de alguna manera simplificar su doctrina, aclararla y dejar a un lado conceptos que ya no se usan?

Es indudable. El limbo nunca ha formado parte de la enseñanza oficial de la iglesia. A mí, a mis años nunca me tocó que enseñaran nada del limbo, eso perteneció a la catequesis mucho tiempo atrás.

También se dice que Juan Pablo II empezó por desmontar la visión tradicional del cielo, el infierno y el purgatorio, que no son lugares físicos sino estados de ánimo. El cielo es la presencia de Dios, el infierno es su ausencia.

¿Quiere decir esto que podemos cada día, por nuestros estados de ánimo, estar más de una vez en el cielo y en el infierno?

El cielo y el infierno no son estados de ánimo sino estados del alma
No son estados de ánimo sino estados del alma. Es que nosotros como seres humanos nos creamos una representación mental, pensamos con categorías espacio temporales. Lo que dijo Juan Pablo II fue que no debemos identificar el cielo con la forma en que imaginamos el cielo.

Recuerdo que cuando salieron esas catequesis hubo mucho revuelo, pero no hay en realidad ninguna novedad teológica.

Si el cielo es la comunión plena con Dios, parecería que no es necesaria la muerte para esa comunión. Que puede llegarse al cielo en la vida del día a día, en esta Tierra.

El amor, un logro, la comprensión más profunda de las cosas. Todas esas experiencias positivas son una chispa, una preparación para la comunión plena

La plenitud total sólo se da después de la muerte, pero nosotros aquí experimentamos atisbos de esa comunión plena a través de nuestras experiencias humanas: el amor, un logro, la comprensión más profunda de las cosas.

Todas esas experiencias positivas son una chispa, una preparación para la comunión plena.

La doctrina de la iglesia reconoce la libertad del ser humano. Si una persona actúa de una manera íntegra, de acuerdo a su corazón, aún cuando no exprese profesar ninguna fe, ¿no es este un camino hacia la comunión plena? ¿No hay, más allá de los sacramentos, otros caminos de salvación?

Por la encarnación, Cristo se ha unido a cada ser humano, hay una orientación de la humanidad hacia Cristo, aún inconscientemente. Está el bautismo de deseo, y finalmente el mismo Santo Tomás de Aquino dice que la gracia no está encadenada a los sacramentos.

Dios tiene la capacidad de actuar de la manera que quiera. Naturalmente que la misericordia de Dios llega mucho más lejos de lo que llegan nuestras ideas.

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