Lo lograron. Camila, ex de Parker Bowles y Carlos, príncipe de Gales y heredero de la corona británica, se casaron.
La ceremonia civil duró unos pocos minutos.
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Y es que aquí en Inglaterra la gente apostó dinero -literalmente- a que algo arruinaría el día en que la pareja pondría el sello a una relación de más de tres décadas.
El sello del registro, claro está. Ya que rompiendo con una tradición centenaria, el príncipe contrajo nupcias en una ceremonia civil.
Pero esto no pareció importarle a los miles de personas que salieron a las calles para acompañarlos en el evento. O para tomar una foto de sus buen mozos hijos, los príncipes Guillermo y Enrique. O para manifestar en favor del derecho de los homosexuales a contraer matrimonio".
"Carlos puede casarse dos veces; nosotros, ninguna", decía la pancarta del grupo de presión Outrage ("Escándalo").
Salió
No faltó tampoco un grupo de recordara a la princesa Diana de Gales, ex esposa del príncipe Carlos, quien falleciera en un accidente de tránsito en la ciudad de París, un año después de obtener el divorcio.
"Hay tres en este matrimonio", dijo la princesa célebremente a mediados de los noventa. Algunos atribuyen a Camila la ruptura de un matrimonio que parecía ser de cuento.
"Diana, eres nuestra reina", sostenían los manifestantes, quienes también aventuraron una tímida pita cuando los nuevos esposos emergieron de la oficina del registro.
Pero éstos fueron los menos. Unos metros más allá otro grupo sostenía un cartel que rezaba: "el que esté libre de pecados, que lance la primera piedra".
Carlos y Camila se prometieron fidelidad.
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Los meteorólogos habían pronosticado un día frío y lluvioso y los medios, una recepción igualmente invernal.
Pero el sol salió. Y gente también.
De acuerdo con una estimación de la emisora local de la BBC, en horas del mediodía se contaban unas diez mil almas en el centro de Windsor.
Una parte de ellos, claro está, eran los numerosos camarógrafos, fotógrafos y reporteros que se agolparon ahí para transmitir el evento al mundo.
Tampoco cuentan los cientos de policías que patrullaron las calles incansablemente, a pie y a caballo.
De buen talante
Con todo, la multitud estaba de buen humor.
Frente al Guildhall o ayuntamiento de la ciudad, un edificio poco agraciado en el que se resuelven asuntos de la localidad, la gente aplaudió a todo lo que se movía, desde los automóviles de la policía hasta el camión de la basura.
Los momentos de mayor excitación fueron el arribo de los príncipes Guillermo y Enrique y la llegada de los novios.
Jóvenes subían a los hombros de sus parejas y doñas trepaban las barreras. "¿Viste al príncipe, lo viste?", se interrogaban las unas a las otras, mientras se mostraban las fotos captadas en teléfonos móviles y cámaras digitales.
Recién casados!
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Pero para ellas, y los otros que esperaron por horas frente al Guildhall, hubo poco más que eso: por la misma que entraron, salieron los novios, los detalles de su boda para siempre una historia de segunda mano, pues la ceremonia tuvo carácter estrictamente privado.
Las imágenes grandiosas de la capilla de San Jorge del palacio de Windsor, donde se llevó a cabo la bendición, podrán haberle devuelto ese aire de "realeza" al evento, pero en esencia, el matrimonio real fue un asunto casi cotidiano.
Sin duda fue la culminación de un proceso de organización tortuoso, cuyo resultado tuvo poca pompa; fue, quizás, un poco más sangre-roja que sangre-azul. "Bien está lo que bien acaba", tal vez digan los novios.
O "tanto da el agua al cántaro".