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Lunes, 28 de marzo de 2005 - 16:32 GMT
Falos contra el mal de ojo

Geeta Pandey
BBC, Thimphu

En el remoto reino de Bután, en el Himalaya, no es sólo el deslumbrante paisaje lo que llama la atención.

Cuando uno viaja desde el único aeropuerto del país, en Paro, a la capital, Thimphu, ve pinturas gráficas y coloridas de penes, sobre las blancas paredes de las casas, tiendas y puestos de comida.

En muchos lugares, las ilustraciones de dragones y las fotos de una actriz de Bollywood anunciando una gaseosa compiten por el espacio con los dibujos fálicos.

El origen de estos dibujos se remonta a un monasterio cerca de la antigua capital de Bután, Punakha.

El monasterio de Chimi Lhakhang está dedicado a un santo butanés poco convencional, el lama Drupka Kinley.

Borracho y mujeriego

Conocido por sus enseñanzas poco ortodoxas y a veces hasta escandalosas, a Drupka Kinley lo llaman cariñosamente el Loco Divino.

En todo el reino cuentan historias sobre lo mucho que bebía y lo mujeriego que era, y a su templo llegan visitantes de todo el país.

Dibujo de falos en Bután.
Los dibujos fálicos adornan las paredes de las casas.

El viaje en auto de Thimphu al monasterio dura unas tres horas.

Chimi Lhakhang es un edificio cuadrado, con un techo dorado puntiagudo, construido en 1499 sobre una loma.

Para llegar a él desde la carretera más cercana hay que caminar unos 20 minutos.

Afuera, una fuerte brisa agita a unas cien banderas de oración, la mayoría de ellas blancas, aunque hay algunas coloridas.

Los butaneses creen que cuando el viento las toca, transporta las oraciones para bendecir a todas las personas y cosas que encuentra a su paso.

A golpe de pene

Según una leyenda, Drupka Kinley golpeaba con su pene a los demonios descarriados para hacerlos entrar en camino y convertirlos en deidades protectoras.

Un monje bendice a una mujer con un falo de madera.
Un monje bendice a una mujer con un falo de madera.

Por eso, hay varios penes de madera en el monasterio.

El más largo, uno marrón con un mango blanco, es considerado una reliquia religiosa y se le usa para bendecir a los devotos.

El monje que encabeza la congregación me dijo que Drupka Kinley lo trajo cuando vino de Tibet a Bután, hace unos 500 años.

El monje lo utiliza para golpear en la cabeza a tres mujeres jóvenes que vienen a rezar al monasterio.

Se cree que las mujeres que no tienen hijos y oran aquí pueden luego quedar embarazadas.

Buena señal

Para llegar al templo, uno tiene que atravesar la aldea de Yowakha.

Dema, campesina de Bután
Sirve para proteger a los de la casa. También garantiza que no haya discusiones entre los miembros de la familia
Dema, 80 años

Varias de las casas en el camino están decoradas con las pinturas fálicas.

Una campesina de 80 años de edad, Dema, tiene junto a su ventana, pintada a la usanza tradicional, una ilustración en rojo brillante de un pene.

Me cuenta que le pagó a un artista profesional para que la hiciera.

"Sirve para proteger a los de la casa", dice.

"También garantiza que no haya discusiones entre los miembros de la familia", añade.

Mal de ojo

Unas pocas casas más allá vive Kinley, un hombre de 42 años.

Pene dibujado en Bután.
Kinley considera que el pene aleja al mal de ojo.

Un dibujo sencillo de un falo adorna a su pared.

Me cuenta que lo pintó el año pasado, cuando renovó su casa.

"Es para protegernos del mal de ojo. Cuando la gente me envidia o habla mal de mí o de mi familia, nos quita el daño", asegura.

Él piensa borrarlo y pintar uno nuevo.

"No es muy bonito. Lo hice a la carrera", explica, mientras llama a su esposa y a sus hijos para que posen para una foto junto a su obra de arte.

Asco

Pero no todo el mundo se siente cómodo con estas pinturas.

En la aldea de Misina llegué a una casa donde parecía claro que habían tratado de tapar con fango uno de estos dibujos.

Joven junto a un dibujo fálico.
Me da asco. Es cosa de hombres. Me sonrojo cada vez que mi padre y mi hermano están aquí
Meena, 21 años

A Meena, una mujer de 21 años de edad, a todas luces le avergüenza el enorme falo que descansa sobre unos testículos grandes como ruedas.

"Me da asco", dice, "Es cosa de hombres. Me sonrojo cada vez que mi padre y mi hermano están aquí. Quiero hacerlo desaparecer".

El símbolo, sin embargo, es muy importante en diversas sociedades del sur de Asia.

Los hindúes en India y Nepal lo llaman lingam y lo adoran en los templos dedicados al dios Shiva.



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