Desde arriba, la ciudad se ve preciosa. Por suerte las fotos todavía no registran los olores.
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Muchas escuelas no abrieron este jueves en partes de la ciudad italiana de Nápoles y en varios pueblos vecinos.
No se trata de que las autoridades hayan decidido darle un día extra de vacaciones a decenas de miles de niños, ni de que el vecino volcán Vesuvio esté a punto de hacer erupción.
Son otras enormes montañas las que preocupan a las autoridades locales, montañas de basura que se ha ido acumulando en las últimas dos semanas.
Desde hace unos quince días no pasan los recogedores de basura y los residentes han tenido que comenzar a usar máscaras o a cubrirse la cara para evitar el hedor.
Las autoridades municipales han ordenado que se cierren las escuelas y mercados, para evitar riesgos mayores.
A muchos turistas que visitan la antigua ciudad de Herculaneum los reciben hediondas bolsas plásticas, a punto de estallar.
Dilema
La crisis se debe a la sencilla razón de que no hay dónde poner la basura.
No es la primera vez que los napolitanos se molestan y queman la basura.
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Los vertederos están llenos y los incineradores no dan abasto.
La situación en Nápoles constituye un ejemplo extremo de un dilema paneuropeo: la incapacidad de reducir la cantidad de residuos que generan los consumidores o de encontrar soluciones que respondan a las necesidades medioambientales de las poblaciones locales.
Muchos napolitanos se habían opuesto a que se construyeran incineradores de alta tecnología, ya que los consideraban peligrosos.
Irónicamente, hasta que las autoridades locales reparen los antiguos o envíen la basura por tren a otras regiones, lo único que podrán hacer los residentes será esperar...y taparse la nariz.