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Domingo, 20 de julio de 2003 - 18:39 GMT
Deporte como teatro

Raúl Fain Binda
Columnista, BBC Mundo

Ciclismo, automovilismo, golf y natación dominan hoy el panorama informativo desde nuestra atalaya en Londres.

Tenemos el Tour de Francia, el Gran Prix de Gran Bretaña en Silverstone, el Abierto británico en Sandwich y el campeonato mundial de natación en Barcelona.

¿Cuál de estos deportes le gusta? Acaso ninguno, porque muchos de nuestros oyentes y lectores son apasionados del fútbol, un deporte que absorbe y exige como una amante celosa o una madre posesiva, aunque ahora, por suerte, nos da un descanso.

Supongamos que mamá duerme y entonces podemos encender el televisor y mirar otra cosa.

Nuestro interés personal va de mayor a menor en el orden que dimos, pero la precedencia del ciclismo sólo se da en el caso del Tour de Francia, la reina de las competiciones anuales de cualquier deporte.

Si en vez del Tour fuera el Giro de Italia o la Vuelta de España, el ciclismo pasaría al segundo lugar en nuestra lista de preferidos. Y si en vez del abierto británico, que forma parte del Grand Slam, fuese el abierto francés, pues bueno, el golf igual seguiría en penúltimo lugar, porque nos cuesta muchísimo interesarnos en la natación, aunque sea el mundial.

Deporte es un relato

La relación personal con los deportes tiene mucho que ver con los afectos de la infancia, claro, pero también con las cosas que determinada actividad es capaz de transmitir, de comunicar.

Casi todos ustedes tendrán un esquema similar de deportes y ocasiones preferidas. ¿Se han preguntado alguna vez por qué prefieren un deporte sobre otro?

La relación personal con los deportes tiene mucho que ver con los afectos de la infancia, claro, pero también con las cosas que determinada actividad es capaz de transmitir, de comunicar.

Un deporte es como una narración, un relato, nos está contando una gesta, un desafío, el triunfo sobre la adversidad o la caída heroica ante fuerzas superiores.

El deporte es como el teatro, ambos facilitan el desahogo. O la catarsis, si ustedes quieren.

La televisión acentúa el fenómeno en ciertos deportes.

Ahora es posible seguir a Lance Armstrong alrededor de Francia y espiar durante tres semanas su cansancio, su sufrimiento, su implacable voluntad, ese cruel ensañamiento del campeón, su alarma al descubrir que hoy no es tan fuerte, que Jan Ullrich es capaz de ganarle.

Y nos queda la esperanza de un final memorable, que para nosotros tanto puede ser Armstrong ganando el Tour por quinta vez consecutiva como perdiéndolo a manos de Ullrich o, mejor aún, de un joven que todavía no figura en la lista de inmortales.

Oscuridad de la natación

¿Qué más se puede pedir de un deporte y de un espectáculo? Que sea limpio, claro, pero eso vale para todos y sobre todos existen sospechas.

La popularidad y difusión de cada deporte depende de la nitidez y fuerza de esos elementos narrativos, que nos cuentan la historia.

La natación, un deporte tan grato para practicarlo, es insatisfactorio como espectáculo porque casi toda la acción se desarrolla bajo el agua. Sólo vemos con nitidez a los nadadores antes de que se zambullan y cuando salen de la piscina.

El espectador de la natación debe ir a la tribuna o encender el televisor dispuesto a alentar a una calva o un gorro de goma.

La natación y la televisión no se llevan muy bien por la sencilla razón de que las cámaras captan las mejores imágenes de los deportistas cuando están inactivos. En ningún otro deporte ocurre esto, ni siquiera en el ajedrez. (Sí, creemos que el ajedrez es un deporte.)

Esto significa que el "relato", en la natación, se interrumpe justamente en la parte más interesante. Para el espectador que no ame este deporte y por consiguiente sea incapaz de imaginarse la acción, es como leer un libro que sólo tiene prólogo y epílogo.

Tenis y golf

Lance Armstrong en el Tour de Francia.
El deporte es como el teatro, ambos facilitan el desahogo.

La edad de oro de la natación, en relación con su influencia sobre la imaginación popular, se dio antes de la televisión, cuando los aficionados seguían la información a través de los diarios. El desarrollo de la historia era entonces escrito, no visual.

En aquella época, no había deporte-espectáculo, claro.

Aparte de afirmar la vigencia de deportes populares, como el ciclismo, el desarrollo de la televisión también inyectó vigor a otros juegos más elitistas, como el tenis y el golf.

El amor fue a primera vista entre el tenis y la televisión, pero con el golf el proceso fue mucho más lento.

En el golf, el jugador se pasa el día caminando, con un poco de acción de vez en cuando, de modo que a simple vista no parecería un deporte televisivo. Pero el recurso de las cámaras múltiples permite ahora un espectáculo corrido de jugadores golpeando la pelota, sufriendo y gozando en forma permanente.

O sea que la televisión nos muestra una esencia "presentable" del golf, una especie de concentrado para el gusto popular.

Pero los torneos de golf duran cuatro días, de jueves a domingo, de modo que el público sigue fiel a los deportes que se resuelven en un par de horas, fútbol, automovilismo, béisbol, baloncesto, los que "cuenten" mejor la historia.

Igual que una obra de teatro.



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