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Sábado, 12 de julio de 2003 - 18:24 GMT
La rata y el ratón
![]() Roman Abramovich dijo hace unos días: "El Chelsea no es una operación financiera, es un hobby".
Escribe Raúl Fain Binda, columnista deportivo de BBC Mundo
Florentino Pérez es un niño de pecho en comparación con Roman Abramovich. El español del Real Madrid es un empresario con una buena idea y un par de pesetas en el bolsillo. El ruso del Chelsea es un bucanero con una enciclopedia de buenas ideas y millones de dólares en su caja chica. Abran los ojos, no pierdan de vista a Abramovich, porque su irrupción en el ámbito deportivo puede llegar a tener más importancia que el paso de Berlusconi por el Milan.
Berlusconi controla Italia, dirán ustedes. Pues bien, Abramovich controla Rusia. O casi. Berlusconi controla el Milan, dirán ustedes. Pues bien, Abramovich controla el Chelsea. Si esto les causa gracia, piensen de nuevo. El Milan, cuando Berlusconi se hizo cargo, era un club del montón, desprestigiado, debilitado, más insignificante que el Chelsea de hoy. Vitalidad de Chelsea La vitalidad de un club se nutre de la sociedad a la que representa. El ámbito del Chelsea es una extensa zona sobre el Támesis, al oeste del centro de Londres. En una ciudad madura, como Londres, los barrios suelen ser universos que contienen a todas las clases sociales. El Chelsea opera en una zona de gente elegante, de empresarios, de prostitutas caras, de bandidos con cadena de oro y orejas de brillantes, pero también de gente común, de oficinistas, de desocupados, de marginados.
En este ambiente, este Cambalache londinense, aparece Roman Abramovich hace unos días y compra el paquete mayoritario del Chelsea por unos cien millones de dólares. O más, porque no sabe bien. Diferentes fórmulas En este ambiente, hace unos veinte años, apareció Ken Bates y compró el Chelsea por una libra esterlina. Sí, una libra esterlina. Y se hizo cargo de una deuda de tres millones, de paso. La fórmula de Bates, correr delante de los acreedores, endeudándose cada vez más para pagarles, ya no da resultados en Inglaterra: llega un momento en que la avalancha es más veloz que el más veloz de los esquiadores. Y Bates tiene 71 años. La fórmula de Abramovich, la de los pioneros, correr detrás de los influyentes, cortejar a los políticos, eliminar a la competencia, aceitar las bisagras del sistema, cerrar o abrir los ojos, según convenga, es la que llevó al italiano Berlusconi al éxito deportivo y político. Y Abramovich tiene 36 años. "Para mí, el Chelsea no es una operación financiera, es un hobby", dijo hace unos días. Esta frase, en vez de tranquilizar debería alarmar a los Pérez y Berlusconi de este mundo. Quiere decir que Abramovich no estará limitado por la necesidad de cuadrar los libros. Si quiere contratar a Fabio Capello, ese ganador en serie, nada se lo impedirá. Y después comprará lo que Capello le diga. Después de todo, los grandes jugadores de fútbol son cada día más baratos. El poder del ruso Ustedes dirán que Abramovich no sabe dónde se mete, que el fútbol es un negocio misterioso para los no iniciados. Pamplinas. Abramovich creció en Siberia y desde allí se convirtió en uno de los dos o tres hombres más poderosos de Rusia. Baste decir que además de controlar los mercados del petróleo y del aluminio, Abramovich es gobernador de Chukotka, una remota región de Rusia Oriental. Muchos lo ven como el sucesor de Putin en el gobierno ruso. Mientras tanto, quiere abrirse paso en el mercado occidental, como empresario y dirigente. El hecho de que haya comenzado por un club de fútbol, en vez de una empresa petrolera o una fábrica de autos, llamó mucho la atención. Algunos creyeron que había sido un error, que había atraído la atención de la opinión pública occidental y los diarios comenzarían a indagar en sus tenebrosos secretos de oligarca. Simon Bell, un escritor inglés que prepara un libro sobre los capitanes de industria rusos, cree que Abramovich es un maestro en el ajedrez del poder: "cuando haga una operación realmente importante, él ya sabrá todo lo que sus críticos podrían utilizar en su contra". El dicho favorito del ruso es muy sugestivo: "la diferencia entre una rata horrible y un ratoncito simpático es una cuestión de relaciones públicas". En los años venideros deberemos decidir qué clase de roedor es Abramovich. |
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