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Escribe: Raúl Fain Binda.
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Domingo, 01 de junio de 2003 - 11:04 GMT
El fútbol de los italianos
Final de la Copa Europa, Milan vs. Juventus.
Andriy Shevchenko del Milan a punto de anotar el gol de la victoria.
Escribe Raúl Fain Binda, columnista deportivo de BBC Mundo

Un partido de fútbol no puede ser malo y bueno al mismo tiempo... salvo cuando lo juegan dos equipos italianos.

La final de la Liga de Campeones Europeos, ganada por el Milan el miércoles 28, ha merecido los calificativos más encontrados, desde fascinante (el Times de Londres) hasta horroroso (el diario deportivo español Marca).
Final de la Copa Europa, Milan vs. Juventus.
El arquero Dida felicita a Andriy Shevchenko quien llevó al Milan a la victoria.

¿Cómo puede ser? Cuesta creer que al fútbol haya llegado el relativismo de quienes dicen que la verdad no existe como tal, que es el reflejo perpetuamente cambiante de diferentes puntos de vista.

En esta columna adherimos a la teoría de que el fútbol es el gran comunicador universal.

El fútbol, más que el cine, más que la televisión, facilita el diálogo entre culturas diferentes. Así, Tom Cruise resultará tan efímero como James Cagney, mientras que Maradona será tan perdurable como Pelé.

Pero la cultura del fútbol no es uniforme ni alcanza a todos los países del mundo. Sus preceptos y leyes son interpretados según la naturaleza de la cultura de cada país.

Tres aportes

Nadie pone en duda la maestría y virtuosismo del fútbol brasileño, la generosidad y entrega permanente del fútbol inglés, la voluntad inquebrantable del fútbol alemán, la voluble e indisciplinada vitalidad del fútbol argentino... todos conocemos con mayor o menor exactitud las virtudes y defectos de los principales países futbolísticos.

Pero muy pocos saben a qué atenerse con el fútbol italiano.

Hace algunas semanas escribimos sobre la repugnancia que experimentan los españoles ante las tácticas conservadoras de los italianos: para ellos no es una virtud moral, como en prudencia, sino un defecto moral, como en avaricia.

Final de la Copa Europa, Milan vs. Juventus.
Jugadores del Milan, Rui Costa y Massimo Ambrosini se disputan la copa.
Ahora escuchemos otra voz, esta vez de un escritor y periodista británico, Simon Barnes, columnista del Times.

En su columna del jueves 29, Barnes opina que tres nacionalidades han dado al fútbol los aportes más significativos de su historia:

Primero, los británicos le dieron la pasión.

Segundo, los brasileños le dieron la belleza.

Y tercero, los italianos le dieron la inteligencia.

Barnes es provocativo, claro, y esto es uno de sus méritos. Las ideas provocativas suelen ser fértiles.

La inteligencia italiana

Lo que está diciendo es que el catenaccio, esa "perversión del fútbol" para sus críticos, es simplemente una de las consecuencias (presumiblemente desagradable) de esa inteligencia que los italianos aportan al fútbol.

Dice Barnes:

"En el fútbol italiano, una cabeza no es algo que usas para conectar un pase largo o para romperle la nariz a un adversario. Tiene otros usos, menos familiares. Y este fue uno de los aspectos más irresistibles de la final: el ingenio constante, el pensamiento permanente, la constante aplicación de cosas concebidas con anterioridad. No es que el partido careciera de pasión y de belleza, o por otra parte que el fútbol inglés carezca de belleza e inteligencia. Es un asunto de énfasis."

Allí está, todo en un párrafo.

Los españoles y muchos otros en todo el mundo pensarán que Barnes es un blasfemo y un ignorante.

Quienes lo crean así no podrán presentar como prueba el partido del miércoles entre Milan y Juventus. Es cierto que los 90 minutos reglamentarios terminaron sin goles, pero no por mezquindad, como suele ser el caso, sino porque así salieron las cosas.

Corsés y libretos

Los detractores del fútbol italiano dirán que ambos equipos renunciaron a ganar el partido durante la prórroga, en particular los segundos 15 minutos adicionales. Dirán que esa inteligencia que tanto celebra Barnes se reflejó en la avaricia de quien no quiere perder, en vez de la generosidad de quien quiere ganar.

Dirán también que la mentalidad italiana encorseta a los mejores jugadores, forzados a seguir un libreto sofocante.

Esto suena extraño, porque muchos de los grandes jugadores extranjeros de los últimos 70 años se lucieron en canchas italianas, desde Stabile hasta Van Basten, pasando por Suárez, Sívori, Zico, Falcao, Platini, Maradona y tantos otros.

En esto se puede detectar otro de los debates que hacen tan interesante al fútbol: ¿puede ser bueno un partido que termina 0 a 0?

Mucha gente, acostumbrada a los tanteadores desbordantes del baloncesto, el rugby o el béisbol, cree que un 0 a 0 tiene por fuerza que ser un plomo de aburrido.

La verdad es que en un 0 a 0 como el de Milan-Juventus ocurrieron más cosas que en muchos buenos partidos de fútbol americano en que los jugadores se la pasan conferenciando.

Esto nos lleva a la gran incógnita del deporte, de por qué el fútbol soccer no cuaja ni cuajará nunca en Estados Unidos.

Pero ese es el tema de una columna que escribiremos algún otro día.


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