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Domingo, 17 de noviembre de 2002 - 15:00 GMT
De galgos y otros coches
![]() Gronholm: "Había mucho fango y aceleré demasiado. Fue un error estúpido".
Escribe Raúl Fain Binda
Los rallys tienen mucho de lo que le falta a la Fórmula 1. Tienen emoción, imágenes impactantes, accidentes, pantallazos del titánico esfuerzo del piloto para controlar la máquina y del acompañante para interpretar el camino, el dolor en los rostros de Aquiles y Ulises cuando su auto da tres brincos y aterriza panza arriba en un zanjón a la vera del camino.
En contraste con la F1, cuyos coches superveloces parecen lentos como caracoles la mayor parte del tiempo, la velocidad se nota en los rallys, porque el auto se precipita por un camino imposible, derrapando, gimiendo, rugiendo, rozando árboles y esquivando espectadores. Carrera de galgos En otro plano, un coche de F1 es como un galgo, flaco, delicado, desabrido, en inútil persecución de una liebre de madera, mientras que el auto de rally es como un perro de caza que ha olfateado al zorro.
Dejando las apuestas de lado, una carrera de galgos sólo ofrece la escuálida comprobación de que un perro determinado, ese con la mancha en el hocico, es más rápido que los otros. La jauría lanzada detrás del zorro, en cambio, estimula el instinto de la caza, el recuerdo ancestral de la matanza, del sabor dulce de la sangre. Aventura, emoción Este contraste del galgo de la F1 y la jauría de los rallys es cada vez más evidente en las pantallas de TV... ¿pero por qué no se da cuenta la gente? El telespectador que acompaña al campeón mundial Marcus Gronholm en su Peugeot puede constatar que un piloto de rally trabaja como un esclavo, siempre al borde del desastre.
Valentino Rossi, el doble campeón del mundo de MotoGP, debutó como piloto en el rally de Gran Bretaña y, a poco andar, quedó boca arriba en una zanja al borde del camino, enceguecido por el pálido sol de Gales. "Cuidado" Todo eso lo vimos por televisión. Vimos a Valentino dando zarpazos a la palanca de cambios, escuchamos la letanía del acompañante y de repente gritamos "cuidado", como hacen los niños en las pantomimas para alertar de la presencia del malvado.
También vimos una salida del camino de Richard Burns en una curva muy peligrosa y pudimos comparar sus desesperados esfuerzos con el manejo pulido de su compañero Gronholm en la misma curva, a la misma velocidad e iguales condiciones. (Los pilotos de rally, además, tienen rostro: sus cascos son abiertos, podemos preguntarnos si están asustados o indignados, si van a ganar o perder.) Realidad y fantasía Uno de los aspectos interesantes de este cuadro es que no se ajusta estrictamente a la realidad, o mejor dicho, refleja instantes de una realidad mucho más compleja.
Sin la asistencia de las cámaras, un espectador de rally al borde del camino ve la misma maniobra repetida tantas veces como coches haya en la carrera. Al tercer derrape, la escena se torna tediosa. Dios nos perdone, a veces uno ruega por un accidente... sin víctimas, claro. Televisión El espectador de F1, por el contrario, vive en la pista una experiencia más estimulante que frente al televisor: los coches parecen más rápidos, hacen más ruido, por un instante se tiene la sensación de carrera... Sí, pero la televisión es el terreno donde ahora se juzga el verdadero interés de cada deporte.
La misma televisión resta interés a la F1 al acentuar la imagen de procesión, sin otra emoción que los roces de los primeros giros y cambios de posiciones al cargar combustible. Se llega al colmo de que el momento más emocionante de una carrera de F1 en TV suele ser cuando un piloto se detiene en boxes. Unidad dramática Cabe entonces repetir la pregunta inicial: ¿por qué no se da cuenta la gente, por qué sigue mirando F1 y apenas se interesa por los rallys? La explicación, creemos nosotros, tiene que ver con la antigua certidumbre dramática: para ser eficaz, un relato (una carrera, un espectáculo deportivo) debe tener unidad de acción, de tiempo y de lugar.
Trasladando esto al espectáculo deportivo, seguimos viendo F1 por televisión porque se trata de una unidad dramática, con comienzo, desarrollo y fin, o sea Schumi largando en pole, Schumi encabezando la procesión y Schumi recibiendo la bandera a cuadros.
La cobertura de la TV obliga a los espectadores a un esfuerzo de imaginación para visualizar el desarrollo de la carrera en su totalidad, más allá de las apasionantes escenas aisladas. Es por eso que los aficionados al automovilismo prefieren al galgo...
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