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Sábado, 12 de octubre de 2002 - 17:34 GMT
Tres escándalos sexuales
![]() Eriksson y su novia, en una recepción en Downing Street, conversando con Cherie Blair.
Escribe Raúl Fain Binda
"Publica y vete al infierno" Gran Bretaña goza en estos momentos de tres escándalos sexuales, uno político y dos deportivos, más reveladores del carácter nacional que una biblioteca entera de sociología. En un resumen muy apretado:
Estos tres episodios han sido, son y serán destacados en primer plano por todos los medios de comunicación, hasta el hartazgo. En estos días somos afortunados porque los tres nos llegan en forma concurrente. Tres elementos La hipocresía es el oxígeno de los escándalos sexuales, claro, pero su misteriosa alquimia también requiere un par de elementos que se dan muy bien en este país: cierto sentido del orden, de las jerarquías y un olfato muy sensible para detectar el contenido simbólico de las cosas. Esta combinación es muy evidente en el caso de John y Edwina, una relación prolongada, secreta, adúltera, con un protagonista que llega a ser la persona más poderosa del país e invoca una revolución moral con el eslogan de "retorno a los valores básicos".
En comparación, de no surgir nuevos elementos, el escándalo sudafricano de Alex Ferguson no tendría trascendencia: es la palabra de ella contra la de él. Los abogados del entrenador recordarán que tiene 60 años, que está casado desde hace 36, que se le conoce por su campaña para ordenar y moralizar la vida de sus jugadores... etc. Más equívoco, más interesante, es el caso de Sven-Goran y Ulrika. El técnico sueco tiene una mujer, una abogada italiana por la que dejó a su primera esposa. Ulrika, también sueca, un "personaje" de la televisión inglesa, hizo saber poco antes del mundial que Sven era su amante y que ambos estaban dispuestos a hacer vida en común. Sven no abrió la boca, la italiana se puso el uniforme de guerra y el asunto pareció resolverse... hasta ahora, casualmente justo cuando Inglaterra y por consiguiente Sven inician la campaña por la clasificación para el campeonato europeo de Portugal. Con su llamativo sentido de la oportunidad, Ulrika publica ahora sus memorias, de las que "se sabe" que contendrán revelaciones muy picantes sobre sus amantes (uno de ellos fue Stan Collymore, que alguna vez la abofeteó en público). El Duque de Hierro Salvando las distancias, nos viene a la memoria la ocasión en que la cortesana Harriette Wilson, una de las innumerables amantes del Duque de Wellington, le envió una esquela primorosa, pidiéndole dinero para no publicar sus cartas de amor. El duque le devolvió la carta, agregando de su puño y letra esta frase célebre: "Publish and be damned", algo así como "Publica y vete al infierno". Esperamos no ser los únicos en ver un paralelo entre estos tres personajes, Wellington, Major y Eriksson. Wellington fue primer ministro (1828-30), igual que Major (1990-97), y comandante en jefe de los ejércitos ingleses y aliados en Waterloo, el antecedente heroico de Eriksson.
Los tres estuvieron envueltos en relaciones adúlteras, aunque en diferente escala: Wellington fue un Casanova, de una voracidad sexual inagotable; para escandalizar a sus amigos alguna vez pretendió que su historia bíblica preferida era esa en que David, enamorado de Betsabé, encargó una misión suicida a su marido, un oficial hitita. Sin comparación De Major algunas "expertas" dicen ahora que la depresión en su labio superior es un signo de acentuada sexualidad, pero antes sólo reparaban en un chisme que dio la vuelta al mundo: el primer ministro británico se ajustaba los calzoncillos por encima de la camisa. Las acciones de Eriksson como símbolo sexual han tenido altibajos. Nadie daba un centavo por ellas antes de su relación con Ulrika, después se lo encontró "muy atractivo" y ahora, cuando la despechada (o maquinadora) publica sus memorias, todos tratan de reunir el coraje para decir "publica y vete al infierno". Los tres, el héroe militar, el político y el entrenador de fútbol, jefes de grandes instituciones nacionales, han debido superar la prueba del ridículo a través de un escándalo sexual. Es interesante comprobar las diferencias entre las respuestas de cada uno. Wellington, que había enfrentado a todos los mariscales de Napoleón y al propio emperador, dio la cara y corrió el riesgo. Major desaprovechó la oportunidad de adelantarse y anunciar él mismo el adulterio, restando así impacto a la inevitable traición. Eriksson, en fin, guarda silencio, protegido por la formidable Nancy Dell'Olio. Se nos ocurre que Wellington hubiera sido un formidable seleccionador nacional de fútbol. |
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