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Sábado, 21 de septiembre de 2002 - 15:24 GMT
La metamorfosis
![]() Tim Montgomery: el novio de la reina de la velocidad y el hombre más rápido del mundo.
Escribe Raúl Fain Binda
En la placa del automóvil de Tim Montgomery se lee "9.75". Esa es la medida de su ambición. Dirán que le falta poco, que apenas 3 centésimas de segundo lo separan de esa cifra redonda como una naranja, perfecta como el infinito. Pero ese instante, brevísimo en el cronómetro, es una eternidad en la pista. Si Montgomery hace realidad la placa de su coche, le lloverán las sospechas, alimentadas por la envidia de sus rivales y el sentido común de la gente normal.
Por qué será que correr los 100 metros en 9.80, por ejemplo, es "normal" y hacerlo en 9.78 se nos antoja ofensivo, monstruoso... ¿Qué pasa en el filo de esas dos centésimas de segundo? Pues pasa el fantasma de Ben Johnson, eso pasa. La inocencia perdida En el mundo del atletismo, el caso de Ben Johnson (Seúl, 1988) significó la pérdida de la inocencia y creó un tabú: cualquier cosa que tenga algo que ver con La Caída provoca recelo y rechazo. En el inconsciente nos ha quedado grabada la marca de Johnson, 9.79: es posible igualarla, como hizo Maurice Greene, pero no superarla sin estar manchado. Es por eso que quien corre los 100 metros en 9.80-9.90 es un buen atleta y un hombre normal. El que los corre en menos de 9.79 es un monstruo. Este es el razonamiento que llevamos en la cabeza, aunque no nos demos cuenta.
Cuáles son las razones, cabe preguntarse, que transforman a un hombre o una mujer en un monstruo deportivo, en algo tan diferente del resto como la cucaracha en que se convierte el viajante de comercio Gregorio Samsa en el relato de Kafka. Una persona normal Tim Montgomery era una persona normal hasta hace un par de semanas, o lo parecía. Más allá del estrecho círculo de su familia y sus amigos, de su entrenador Trevor Graham y su amante Marion Jones, casi todos lo veíamos como un actor de reparto, sin el aura del protagonista. Sabíamos que era rápido, claro, todos ellos lo son, pero no lo creíamos capaz de completar la metamorfosis de hombre a campeón. En 1994, a la edad de 19 años, Tim corrió los 100 metros en 9.96. "Y entonces no tenía músculos, no tenía técnica, no tenía nada", le gusta decir. En 1997 corrió seis veces por debajo de los 10 segundos. "Y te puedo asegurar que entonces sólo me entrenaba tres veces por semana", le gusta decir. Todo eso lo sabíamos, y también que ahora tiene músculos y técnica y que se entrena todos los días en forma obsesiva. Y aun así no lo creíamos capaz de convertirse en cucaracha, como les pasó a Carl Lewis, Leroy Burrell, Donovan Bailey y Maurice Greene, los otros plusmarquistas de los 100 metros desde la época de Johnson. Montgomery es pupilo de Trevor Graham desde 1999, junto a Marion Jones. Los otros grandes establos del atletismo norteamericano son los de John Smith (Maurice Greene, Ato Boldon), Dan Pfaff (Donovan Bailey, Bruny Surin) y Bob Kersee (Gail Devers, Kenny Harrison).
"Tim sería campeón si corriera con la boca", solían decir de él las mismas almas misericordiosas que ahora tanto lo elogian. Pues bien, en secreto, con toda alevosía, Tim Montgomery preparó su metamorfosis, crió una infinidad de patitas y un caparazón reluciente, flexible, y salió a la luz convertido en el novio de la reina de la velocidad y el hombre más rápido del mundo. El amor Dicen ahora que así como la soledad y el hastío provocaron la metamorfosis en cucaracha de Gregor Samsa, el amor desencadenó la transformación en campeón de Tim Montgomery. Seguramente es algo más complicado, porque muchos otros atletas han estado enamorados sin correr más rápido por eso.
Pero es seguro que la chispa que lo encendió fue la de su orgullo, su vanidad, su arrogancia, esa que lo hacía arder de indignación y de rabia cuando contemplaba el triunfo de sus rivales. Más allá de la legalidad de sus actos, un campeón de esta magnitud, capaz de 9.78, tal vez de 9.75, se debe a un fogonazo de ambición, un deseo de ganar que es como una llamarada. (Todos los deportistas quieren ganar, pero con diferente intensidad; Maradona ganó lo que ganó porque era buen futbolista, claro, pero sobre todo porque quería vencer con tanta desesperación que perder era como morir.) La ira, el deseo de revancha, el amor, la envidia, el orgullo, la admiración y lealtad de la mujer más admirada y deseada de las pistas, la ambición, éstas son algunas de las drogas que consume Tim Montgomery. De las otras no sabemos nada. |
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