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Escribe: Raúl Fain Binda
  Miscelánea
Sábado, 17 de agosto de 2002 - 18:52 GMT
El deporte y el Imperio
Paula Radcliffe celebra la obtención de su medalla de oro en los 5000 metros
Después de la alegría por la victoria, los recientes juegos de Manchester, dejan algo para reflexionar.
Escribe Raúl Fain Binda

Ante los Juegos Deportivos de la Mancomunidad Británica de Naciones, que se desarrollaron hasta el 4 de agosto en la ciudad de Manchester, la mayoría de los británicos debieron elegir una de las siguientes posiciones:

  • Los juegos son una gran ocasión deportiva, social y política, que debe enorgullecer a todos.
  • Los juegos son una manifestación irrelevante de una institución caduca, que se aferra con uñas y dientes a la mortaja del Imperio.

Esta disyuntiva se manifestó en todos los medios de comunicación que debatieron el asunto, casi siempre con el previsible triunfo de la primera posición, presentada como "positiva".

Según el argumento más persuasivo de los "positivos", la gran virtud de los Juegos se manifiesta en su singularidad: ninguna otra potencia colonial ha retenido en sus antiguos dominios el prestigio e influencia necesarios para catalizar un movimiento deportivo de esta naturaleza.

Logo de la edición 2002 de los Juegos de la Mancomunidad Británica
Van ya 17 y todavía quedan muchos juegos más para la Mancomunidad.
Este razonamiento sostiene que España, Portugal, Francia, Bélgica, Alemania, todas las otras potencias coloniales, perdieron sus dominios con desgarramientos que impiden una eclosión tan singular como estos juegos deportivos.

A Gran Bretaña no le ocurrió lo mismo, dicen, gracias a la solidez de dos grandes instituciones heredadas por las naciones de la Mancomunidad: el sistema representativo de gobierno y la independencia de la justicia.

Este argumento parece sólido, aunque resulte imposible soslayar la comprobación de que algunas naciones de la Mancomunidad no respetan ninguno de esos principios.

En este artículo no pretendemos refutar la tesis de la justicia y el sistema de gobierno. Nuestro aporte consiste en señalar la importancia de una tercera herencia dejada por los imperialistas británicos: el deporte y cierta forma de practicarlo.

Herencia secular

Reina Isabel II
Las antiguas colonias todavía siguen unidas por la corona y el deporte.
El deporte moderno es hijo del siglo XIX, cuando el Imperio Británico alcanzó su apogeo. Fíjense que Inglaterra perdió sus colonias americanas, los Estados Unidos, en el siglo XVIII, cuando el deporte como fenómeno social era apenas una chispa en los ojos de algunos visionarios.

A eso se debe que ningún deporte británico haya prendido en Estados Unidos... además de la testarudez de los nativos, por supuesto.

El deporte ha sido uno de los grandes instrumentos de dominación en la historia. Cabe preguntarse cuál de los dos grandes aportes de Estados Unidos a la cultura japonesa tiene mayor importancia relativa: la constitución o el béisbol.

Y no repasemos la historia de las intervenciones de Estados Unidos en la zona del Caribe y su relación con la popularidad del béisbol en Cuba, Venezuela, República Dominicana, Panamá...

Los británicos fueron los pioneros, por supuesto, aunque no utilizaron el deporte como instrumento colonial en forma premeditada.

Ellos llevaron el deporte a sus colonias para divertirse y pasar el rato. ¡Tomar el té en Bombay después del críquet... Jolly good!

El nadador australiano Ian Thorpe
No hay mejor placer que imponerse sobre la Metrópolis.
Los criollos adoptaron los juegos porque los encontraron divertidos primero y luego apasionantes, pero no hubo una activa campaña de promoción deportiva.

Recordemos que el deporte de la época carecía de sentido si no era amateur. Esta condición no denotaba una particular generosidad de espíritu, sino una distinción de clase: aquellos que trabajaran con sus manos no podían ser deportistas.

Nadie se imaginaba que un futbolista cobraría por jugar, o que alguien sería capaz de pagarle a ese futbolista para jugar: una noción equiparable a la prostitución.

Un juego llamado críquet

La tercera herencia prendió de todos modos y tomó los carriles que debía tomar.

En la motivación de algunos pueblos de la Mancomunidad es evidente el placer de derrotar a la Metrópolis en su propio juego. Lo prueba la evolución del críquet en el Caribe.

El críquet, aparentemente incomprensible para quien no lo ha aprendido de pequeño, es acaso el más inglés de todos los deportes británicos. Pues bien, los jugadores caribeños llegaron a dominarlo tan bien que en los años 80 fueron sin duda los mejores del mundo.

Rahul Dravid de la India
El más inglés de los deportes, pero... los ingleses ¿son los mejores en críquet?
Los partidos con equipos ingleses eran paseos suntuosos de los caribeños... hasta que de repente comenzaron a perder interés y ahora han dejado de ser una potencia arrolladora. ¿Por qué?

Algunos creen que el críquet no da mucho dinero a los deportistas profesionales, otros opinan que ganarle a Inglaterra ya no causa tanto placer. Ambas cosas son ciertas.

En la satisfacción por el éxito deportivo surgen las luces y sombras del alma de los pueblos.

La influencia británica en Argentina llegó a ser tan grande en los años 20 y 30 que muchos argentinos consideraban a Londres su verdadera Metrópolis. Acaso por eso los argentinos disfrutan tanto cuando obtienen un éxito deportivo ante Inglaterra.

Es falso, sin embargo, que se abra paso en Argentina la idea de participar en los Juegos Deportivos de la Mancomunidad.


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