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Escribe: Raúl Fain Binda
  Miscelánea
Sábado, 03 de agosto de 2002 - 16:02 GMT
El mejor atleta del mundo
Para conocer el nombre de este atleta, siga leyendo la nota.
No es Woods, ni Schumacher, ni Zidane, ni Rivaldo, ni Beckham...
Escribe Raúl Fain Binda

Es una pena que tan poca gente conozca al mejor atleta del mundo, que un deportista tan excepcional sólo llame la atención fuera de su país por un par de instantes, fugaces como el sol de Manchester, donde participa en los Juegos de la Mancomunidad Británica.

¿Saben de quién estamos hablando?

Sí, todos reconocemos que Tiger Woods es un formidable atleta, muy superior a todos los otros golfistas... pero a mucha gente el golf le parece un deporte de viejos.

Michael Schumacher es un piloto excepcional, del nivel de Fangio y Senna, pero como atleta... bueno, a fin de cuentas corre en auto, no con sus piernas.

Zidane, o Rivaldo, o Beckham, o el futbolista que ustedes quieran, hace cosas muy lindas con una pelota en los pies, pero debe gran parte de su grandeza y éxitos a los compañeros.

¿Shakille O'Neal? ¿Sammy Sosa? ¿Lleyton Hewitt? ¿Lance Armstrong?

El nadador australiano Ian Thorpe.
El "torpedo" tiene apenas 19 años.
No; si lo pensamos bien, habrá que aceptar que el mayor atleta, el mejor, el más formidable de la actualidad, es el nadador australiano Ian Thorpe, el Torpedo, de apenas 19 años de edad.

Thorpe, un gigante de 1,95m y 100 kilos de peso, con brazos como aspas de molino y pies como un motor fuera de borda (calza el 50), trabaja como un esclavo para mantenerse en la cumbre de su deporte.

Todos los días, salvo los miércoles y domingos, se levanta a las 4:17 de la mañana. Solía hacerlo a las 4:15, pero "esos dos minutos adicionales de sueño me vienen muy bien".

A las cinco de la mañana ya está en la piscina, hasta las 7.30. Luego hace pesas y boxeo, para sumar potencia y velocidad. Por la tarde, otras dos horas de piscina, entre las 16 y las 18.

Y eso cuando está relajado, entrenándose, porque en competición es implacable.

Cada vez que se arroja a la piscina con rabia, para poner en su lugar a los hombres normales que se le atreven, puede batir el récord del mundo (ya lleva 23), cuya marca anterior también suele ser suya.

El nadador australiano Ian Thorpe.
Thorpe es tan poderoso, que sus movimientos parecen en cámara lenta.
Thorpe es tan poderoso y dotado que sus movimientos parecen en cámara lenta: cada "largo" de la piscina le lleva entre 25 y 29 brazadas, según la distancia, mientras sus rivales deben aporrear el agua 35 o 36 veces.

Sus brazos son muy poderosos, con una envergadura de 1,90 metros, pero muchos expertos creen que el factor más importante de su técnica es la patada de mulo con esos enormes pies, "casi tan largos y anchos como una pata de rana" según dicen los exagerados.

¿Y por qué lo conoce tan poca gente?

En Australia es un semidios, claro, pero en el resto del mundo no tiene la estatura popular que merece.

El nadador australiano Ian Thorpe.
El australiano lleva a la fecha 23 récords mundiales.
En esto tiene que ver la naturaleza de su deporte.

Ocurre, como diría Perogrullo, que la natación es algo que se hace en el agua, con el atleta virtualmente escondido, casi anónimo.

Desde el momento en que los competidores se arrojan al agua hay que tener una vista de lince para saber quién es quién y qué está ocurriendo.

Sobre la pista de atletismo, en los 100 metros llanos, por ejemplo, vemos con claridad caras, puños, muslos, dientes, ojos desesperados, pies incesantes.

La televisión ha convertido una prueba de 10 segundos en un show que puede durar varios minutos.

Las cámaras pueden transformar esos 10 segundos de atletismo en una historia con planteo, desarrollo y desenlace, con agonía, con júbilo, con esperanza y desconsuelo. En una carrera de natación, en cambio, solo pueden mostrar a unos señores o señoras nadando.

Y unos señores sin caras, porque los nadadores sólo adquieren rostros cuando llegan al cine, como Esther Williams y Johnny Weismuller.

El ciclista, el levantador de pesas, el saltador, el fondista, todos tienen rostros y emociones durante el desarrollo de sus pruebas. Lo vemos así y nos identificamos con ellos.

El nadador australiano Ian Thorpe.
Durante una competición, no cabe duda dónde está Thorpe.
El nadador, en cambio, se arroja al agua y en ella desaparece: si tenemos suerte, los televidentes veremos sus espaldas y nos preguntaremos quién es quién.

A esto se podrá replicar que es fácil identificar al Torpedo, esa enorme sombra oscura y amenazante como un tiburón que indica el camino a los demás...

Es cierto, y entonces nos ponemos en atención y aplaudimos la grandeza del campeón. Y ya está. A otra cosa.

A disfrutar de las vicisitudes de los 5.000 metros, con muchas víctimas en el camino y la estocada fatal de algún africano en los últimos metros.

Hasta podemos paladear las dudosas hazañas de esos hombres y mujeres que arrancan del suelo pesos bestiales y los levantan entre gritos y lágrimas de orgullo y dolor.

(No, por favor, no nos hablen ahora de las drogas en el mundo de la halterofilia. La sospecha no debe contaminar el placer.)

Aplaudimos y admiramos a Thorpe, pero como espectadores nos quedamos con otros atletas, otros deportes, porque nos cuentan una historia.

Es por eso que tan poca gente sabe quién es Ian Thorpe, el mejor atleta del mundo.


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