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Sábado, 18 de mayo de 2002 - 16:20 GMT
El mundial y el oficio de Dios
![]() Muchos argentinos verían el triunfo en el Mundial como justicia divina.
Escribe Raúl Fain Binda.
A la sombra protectora de la pérgola en la azotea del Paraíso, Dios ofrece un refrigerio a los entrenadores presentes y futuros de los equipos que participarán en el Mundial de Fútbol. Todos han sido invitados en la apariencia de un sueño, de modo que no se sienten intimidados y disfrutan como si el anfitrión fuese un alcalde de provincias.
La variedad de manjares es limitada. "Agua, ambrosía, maná", ofrece Gabriel, quien pasa con una bandeja. -Tengan cuidado con el maná que puede ser purgante, advierte Wenger, futuro entrenador de Francia, un experto en nutrición. -Yo no quiero nada, muchas gracias, dice el brasileño Scolari, siempre desconfiado. -A mí un poco de ambrosía diluida en agua me vendría bien, porque no puedo masticar, dice el anciano Zagallo, quien reemplazará a Scolari en el mundial del 2006 en Alemania. En un grupo separado del resto se apiñan los entrenadores de los grandes favoritos, Francia, Argentina, Brasil, Italia, Inglaterra. Algo apartados, como inseguros, están el español y el portugués. El alemán está solo y parece aguardar mejor compañía. Dios atiende primero a los pobres de espíritu y hace esperar a los poderosos. Finalmente se acerca y con la primera mirada descubre que a sus invitados sólo les interesa saber quién de ellos se quedará con el título. -Ustedes creen en la forma más vulgar de la predestinación. Esto me hace recordar la reunión de trabajo que acabo de tener con ciertos dignatarios religiosos, les dijo.
Había sido una reunión frustrante. Un cardenal pidió una fórmula para sofocar el escándalo de los curas pederastas, un pastor evangélico quiso confirmar si ya había comenzado Armagedon, un rabino pidió ratificación de los derechos sobre toda la tierra de Canaá y un imán quiso saber si las instalaciones del Paraíso eran tan acogedoras como él prometía a sus fieles. -Ustedes creen que yo tengo una responsabilidad, que les debo algo y que pagaré mi deuda dándoles el mundial. Pero son ustedes los que me deben algo, ustedes los que deben pagar. Y a cada uno Dios preguntó por qué creía a su país con derecho al éxito en el mundial. -Porque ya es hora, dijo el español Camacho. -Porque sería lo único positivo para mi desdichado país durante esta generación y acaso la próxima, dijo el argentino Bielsa. -Porque a mis paisanos cuatro títulos les parecen pocos, dijo Scolari.
-Porque los ingleses esperan desde el 66, dijo Eriksson. -Porque sí, porque siempre queremos ganar, dijo el alemán Voller. -Porque somos los mejores y un nuevo éxito de este equipo multirracial confirmaría la vocación pluralista de Francia en un momento de incertidumbre y derrumbe de las izquierdas en Europa, dijo Lemerre. -Yo no voy a invocar nada político; no me hace falta, porque el estilo de juego italiano es muy eficaz en torneos cortos como el Mundial, dijo Trapattoni. Bielsa, que pertenece a una familia de intelectuales progresistas, recordó a Trapattoni que la Italia de Mussolini había creado la motivación política en el fútbol, elevando a la categoría de obligación patriótica la victoria en los campeonatos mundiales de 1934 y 38. -Para mí también es algo político -dijo Bielsa-. Ni yo, ni mis colaboradores, ni los jugadores, hemos cobrado lo que nos debe la AFA desde hace varios meses. Los jugadores no hablan de premios. Nuestro silencio es político, la vergüenza del rico ante la miseria del pobre es un gesto político. Dios mostró su terrible sonrisa de estrellas.
-¡Ahh! Eso me gusta más. Pero no creerás que la justificación política de tu campaña te hace merecedor del título. -No, y creo que todos mis colegas coinciden conmigo en la certeza de que sólo el trabajo, la buena suerte y la audacia nos darán el triunfo. Como buen anfitrión, Dios extendió el diálogo, dirigiéndose a Eriksson. -Tú eres, o dicen que eres, un experto en psicología deportiva. Eriksson enrojeció como si lo hubieran sorprendido en una cita clandestina con su amante sueca. -Me limito a escuchar los consejos de profesionales muy capaces. -Uno de ellos es tu compatriota Willi Railo. -Sí, me atribuyen muchas de sus observaciones. Ahora acaba de salir un trabajo muy bueno, del británico Ellis Cashmore. En su libro Sports Psychology, the Key Concepts, Cashmore enumera las diez virtudes esenciales del gran campeón, del triunfador supremo: serenidad, buen juicio táctico, motivación, agresividad, intensidad, inteligencia, liderazgo, concentración, confianza y fortaleza mental. Es muy raro el deportista que reúne todo esto. Un ejemplo reciente podría ser Ayrton Senna, pero en el fútbol no lo vemos desde hace mucho tiempo. -¿Ven ustedes un supercampeón tipo Cashmore en el fútbol actual?, preguntó Dios. Ningún entrenador contestó. -El triunfo deportivo no es obra mía -les dijo Dios-. Es fruto del azar y del trabajo de los hombres. Ahora vayan a trabajar y no me fastidien más con invocaciones. Y en ese momento todos los entrenadores despertaron y creyeron que habían soñado. |
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