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Miércoles, 01 de mayo de 2002 - 20:47 GMT
Un día como anti - globalizador
![]() La marcha comenzó desde temprano, sobre dos ruedas.
Escribe Matías Zibell de BBC Mundo
No es fácil ser un manifestante anti-globalización un primero de mayo y menos en Londres, donde el Día del Trabajador se ha convertido en la jornada de protesta por excelencia. Y digo que no es fácil porque lo sufrí en carne propia ya que por un día, me convertí en un manifestante anti-capitalista. Siguiendo las instrucciones que encontré en la internet, me presenté a las 07:15 de la mañana (hora de Londres) en la estación de metro de Camden Town, en el norte de la ciudad, con mi bicicleta en mano. Los planes para comenzar la jornada comprendían dos columnas de bicicletas que partirían del norte y el sur para confluir en la embajada de Estados Unidos.
Me sorprendió que algunos de mis "colegas", los anti-globalizadores, accedieran a dar entrevistas, ya que había leído en sus páginas de internet un archivo sobre "los 15 trucos sucios de la prensa" en la cobertura de las marchas anti-capitalistas. Noté como un periodista de televisión se hacía el simpático con un manifestante para entrevistarlo y luego, al cerrar su nota, señalaba que más de 6.000 policías se preparaban para evitar que se repitiera la violencia de las marchas de 2000 y 2001. Yo cubrí para la BBC ambas marchas y, comparadas con Seattle, Génova y Estocolmo, puedo decir que fueron "un pic-nic en el parque por el día de la primavera". Entendí entonces algunos prejuicios de ellos hacia nosotros. Es a veces tan complicado tratar de entender la dinámica de un movimiento tan amplio que se termina llenando la noticia con el clásico informe de los hechos violentos, que no está de más decir, un grupo de inadaptados siempre nos pone en bandeja. A pedalear Ya preparado con mis folletos sobre cómo transitar sin obstruir el paso de peatones y ambulancias y con el teléfono del abogado que me sacaría de la cárcel en caso de que las cosas se pusieran feas, empecé a andar. Los 10 que habíamos llegado a tiempo éramos más de 100. Cualquier lector que haya andado alguna vez en bicicleta por una gran ciudad sabe que se juega la vida en cada esquina. Pueden entonces imaginar la sensación al ingresar con la "bici" en uno de los microcentros más transitados del mundo, con todas las calles libres y una escolta policial que detiene el tráfico para nosotros.
Por una mañana, las reglas se habían invertido, todo era más lento, diría que más humano. Tuve ganas de abrazar a la joven que pedaleaba con un cartel que rezaba: "Los autos matan al hombre lentamente". Al llegar al Parlamento, vi horrorizado que en una esquina estaba, sin custodia, Robin Cook, el ex ministro de Relaciones Exteriores de Tony Blair y actual representante del gobierno laborista en el Parlamento. Acostumbrado a que los políticos de mi país no puedan salir a la calle sin que les ladren, pensé que la "horda" le haría pagar a Cook cada uno de los bombardeos británicos a Irak durante sus años de canciller.
Luego de concentrarnos en la embajada de Estados Unidos para gritar que Bush era un terrorista y pedir Justicia para los palestinos, los organizadores de la protesta nos indicaron que podíamos ir a comer y a tomar algo para luego reagruparnos en Hyde Park Corner. Pero desobedeciendo las órdenes de nuestros guías, la mayoría del grupo encaró hacia Oxford Circus. La avenida más comercial de la ciudad atrae a los anti-globalizadores como la miel a las moscas. Los líderes de la marcha nos pedían que nos desviáramos (recordaban como la policía los había atrapado como moscas el año pasado en el mismo lugar), pero si te has pasado tres horas alentando la anarquía y el desacato a la autoridad, es muy difícil que luego puedas lograr que alguien acate alguna de tus directivas. Por unos minutos, manifestantes y policías volvieron a verse las caras en el mismo escenario de viejas batallas, pero esa no era la hora señalada y los ciclistas marcharon hacia Marble Arch. El día no había terminado. El gato y el ratón El primero de mayo de 2001, la policía bloqueó a los manifestantes en la avenida Oxford Circus durante ocho horas. Este año, los anti-globalizadores habían aprendido su lección. El lema publicado en la internet fue: "Mantente en movimiento, no dejes que los "polis" te rodeen". Cuando volví a Oxford Circus, a pie, entendí que todos habían leído la misma consigna que yo.
La policía nos trataba de bloquear, nosotros corríamos, aparecían por la derecha, escapábamos por la izquierda. A esa altura la globalización y el capitalismo ya no tenían nada que hacer, eso era un duelo digno de un western. Cuando esquivando uniformes llegamos a Trafalgar Square, las más de 7.000 personas reunidas ahí no estaban para juegos. Oradores gritaban en contra de la campaña anti-terrorismo, del avance de la extrema derecha en Francia, de un posible ataque a Irak, y de la privatización de los servicios públicos británicos. Era hora para mí de volver a la redacción y tenía tal confusión de consignas y tal cansancio de pedalear y caminar que me alegré de ser un anti-globalizador sólo por un día.
Ahora, cuando cae la tarde y termino mi crónica, veo que los canales de televisión pasan una y otra vez los incidentes aislados que se produjeron en la desconcentración frente a un Mac Donald's de Picadilly Circus. No me cabe duda que esa será la imagen que quedará guardada en la memoria de una de las marchas más pacíficas que se recuerden en esta ciudad. Pocos recordarán los disfraces o las consignas en contra de la guerra. Y me da rabia. |
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