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Sábado, 27 de abril de 2002 - 15:10 GMT
Política y guerra en el Mundial
![]() El arma: una pelota. El objetivo: una copa. En juego: los orgullos nacionales.
Escribe Raúl Fain Binda.
Aplicando al deporte el razonamiento de Clausewitz sobre la guerra, podríamos decir que el mundial de fútbol no es otra cosa que la acción política reflejada en el campo de juego. A medida que se aproxima la fecha del puntapié inicial se multiplican las alusiones a nuestro orgullo patriótico y a las características nacionales -casi siempre negativas- de los equipos que se nos van a cruzar en el camino. Nuestra colega en BBC Mundo, la uruguaya Alejandra Martins, señaló hace unos días que nadie parecía escapar a esta vorágine de patriotismo deportivo. Como si la hubiera escuchado, la Reina de Inglaterra se interesó ayer por la convalecencia de David Beckham. Si el hombre se sana y repite la hazaña de Bobby Moore en el mundial del 66, lo harán caballero. Y el Rey de España pregunta por Guardiola y hará a Raúl duque de Majadahonda. ¿Qué pasaría en Uruguay si Montero alzara la copa? Sí, eso y mucho más. Ah, dirán algunos, no metas en la misma bolsa a Inglaterra y Uruguay... ¿Por qué no? Al fin y al cabo el pie izquierdo de Álvaro Recoba vale tanto como el derecho de David Beckham y en el mapa Inglaterra es tan pequeña -o grande- como Uruguay. Todos estamos estos días haciendo listas de nuestros favoritos para el título y del equipo "ideal". Imaginamos semifinalistas escuchando al corazón y tratamos de vislumbrar al ganador pensando con la cabeza.
Se dirá que Uruguay se clasificó a duras penas... lo mismo que Inglaterra. Dirán que Uruguay ya no tiene el hábito de ganar... lo mismo que Inglaterra. El favoritismo de Inglaterra y la postergación de Uruguay son fenómenos políticos. El fervor de muchos millones de ingleses e incontables anglófilos alrededor del mundo nos persuade de que pueden ganar. Los charrúas no tienen una resonancia similar. En estas cosas, el conocimiento tiene muy poco que ver. La inmensa mayoría de los comentaristas europeos que dan a Argentina como favorita no han visto jugar al equipo de Bielsa, o no lo han visto jugar lo suficiente como para formar un sólido juicio de valor. De la misma forma, ¿cómo es que Alex Ferguson, el celebrado técnico del Manchester United, dice que Italia, la pobre Italia, ganará el mundial? ¿Lo dice porque sabe mucho o porque sabe poco? Lo cierto es que la mayoría de nosotros elegimos a nuestro favorito sin considerar el efecto de su juego en los adversarios que debe enfrentar.
Esta es la adaptación popular y futbolera de la máxima de Napoleón: "Ninguna estrategia resiste el contacto con el enemigo." El periodista maestro argentino Dante Panzeri, un gran intuitivo, tituló uno de sus libros "Fútbol, dinámica de lo impensado". Él, como Aragonés, sabía que todo partido de fútbol es un ordenamiento del caos y que no basta con poner en la cancha a 11 jugadores con el catecismo bien aprendido. Los favoritos más durables de los últimos cincuenta años han sido, justamente, los equipos nacionales de países cuyo fútbol no depende demasiado del "juego de los otros". Hablamos de Brasil, que apuesta todo a su habilidad, de Alemania, que depende de su tenacidad, y de Italia, protegida por su cerrojo. Una marca de la época puede ser el hecho de que esos tres equipos estén ahora en la "segunda fila" de los favoritos. Antes que ellos figuran Francia y Argentina, que combinan por lo menos un par de los elementos básicos. De Argentina, los escépticos dicen que el secreto de su rotundo éxito en la clasificación sudamericana fue la aplicación de una fórmula más europea que latinoamericana, a la que sus adversarios regionales no encontraron respuesta.
No podemos saberlo de antemano, porque el fútbol es "la dinámica de lo impensado", como quería Panzeri; una guerra en la que el general debe evaluar los recursos, las fuerzas y la moral del enemigo, como quería Clausewitz y recuerda Aragonés. Francia ofrece un panorama más consistente al observador imparcial. Tiene claridad de juego, habilidad técnica y la confianza del ganador. Se dirá que no ha debido clasificarse y por eso sentirá la falta de competición, pero hace apenas dos años ganó el campeonato europeo... y el equipo de hoy parece más fuerte aún. Pero no confíen demasiado en este reconocimiento de la grandeza del actual campeón. Acaso nos hayamos dejado arrastrar por la propaganda gala, por el relumbrón de las medallas y el lugar común, por la enfermiza compulsión de no ser patrioteros. Ya falta muy poco para enterarnos de la verdad. |
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