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Sábado, 09 de marzo de 2002 - 19:46 GMT
Alfredo, entre el cielo y la tierra
![]() La Copa del Rey se le escapó al Real Madrid, y eso no le gustó a Di Stefano.
Escribe Raúl Fain Binda.
Gabriel se estaba cepillando las alas, sujetando los extremos entre las rodillas. La posición era forzada y dolorosa, como la de un penitente, pero las alas de un ángel siempre deben estar presentables para inspección. De repente, sin molestarse en embocar la puerta, Dios se asomó por la pared medianera y le arrojó las llaves del auto, al grito de "tráeme a Alfredo, ya mismo". Alfredo es un setentón de rostro avinagrado, con un impenetrable acento argentino petrificado en el tiempo. Habla como un personaje de película de los años 40. Ya nadie en el barrio de Barracas pronuncia el castellano como él.
- Tú sabes que quiero lo mejor para ti y me duele que metas la pata. El presidente de honor del Real Madrid debe sostener la moral de la plantilla, en vez de socavarla. Todos sabemos que tienes razón sobre la falta de cariño por la camiseta de los futbolistas modernos, pero no tienes que recordárselo en público después de una derrota tan dolorosa como la Copa del Rey. - Yo dije lo que pensaba... - Tienes derecho como el mejor jugador que haya pisado una cancha, pero no como funcionario. Si yo dijera todo lo que pienso de los hombres... Pero si bien tienes derecho, es más discutible si tienes razón. - Yo veo el deporte como el sacrificio y el esfuerzo por amor a una institución, por respeto a los compañeros, por dignidad personal. - Te felicito. ¿Y el placer no entra? Además, no me digas que en tu época no importaba el dinero. Había poco pero era importante. Lo que ocurre es que ahora hay tanto, pero tanto, que ni siquiera tú podrías rendir a la altura que supuestamente exige esa montaña de billetes.
La distinción más antigua se da entre actividades recreativas y competitivas, con el requerimiento común de cierto nivel de habilidad y fuerza física. - No es lo mismo cazar por deporte que jugar al fútbol por deporte, pero ambos pasatiempos son deportivos. Antes también se definía como deporte únicamente la actividad física gratuita, por el simple placer de ejercitarse y pasar el rato. Según esa opinión, los atletas de los Juegos Olímpicos antiguos no eran deportistas, porque tenían una motivación religiosa. Y los atletas de ahora tampoco serían deportistas, porque tienen una motivación económica. Con eso, Raúl o Zinedine serían artesanos, en vez de artistas. Di Stefano, el único futbolista vivo con carné de ingreso al Paraíso, se atrevió a protestar: - Yo hablo de otra cosa. No estoy diciendo que Raúl no sea un deportista. Sólo digo que él y sus compañeros no estuvieron a la altura de lo que exige el Real Madrid. - Entonces, para ti el deporte es una misión.
- Es una misión para el deportista del Real Madrid. Cada uno tiene su iglesia. El Madrid es la mía. Dios sonrió, levantando los ojos al cielo en fingida exasperación. - Ya veo. Toma, prueba un poco de maná y dime si el mío es tan bueno como el de tu iglesia. Di Stefano paladeó con unción la escarchilla que le presentaba Gabriel: sabía a paella valenciana, su plato preferido. - Mira, Alfredo, ¿cuándo te he reprochado no respetar a mi iglesia como a mí me gustaría que lo hicieras? No te fastidio mucho con eso, pero déjame decirte que para mi iglesia tú eres tan idólatra como Luis Figo lo es para la tuya. - No, no... - Pues sí. Fíjate, tal como yo veo las cosas, el esfuerzo de un deportista tiene que estar dedicado a mí antes que a un club. No a mí personalmente, que quede claro; lo que quiero decir con eso es que el deporte tiene que mejorar la persona del deportista, lo tiene que mejorar como ser humano.
- No te pongas impertinente. - Lo siento, pero estoy chapado a la antigua. A veces creo que en el Paraíso me pedirán que hable bien del Barcelona. - Mmmh, bien mirado eso sería demasiado, si los culés no están dispuestos a una retribución... y yo sé que no lo están. - Ni lo estarán, Señor, porque ya estaríamos hablando de otro fútbol, y de otro mundo. - Alfredo, tengo otras cosas que hacer. Una pregunta: ¿tú nunca perdiste un partido importante sin rendir el máximo? - Señor, yo jugué siete finales de la liga de campeones europeos y gané cinco, marcando goles en todas ellas. Y en las otras dos me rompí el... - No blasfemes. Todos te agradecemos eso. Pero insisto: ¿nunca perdiste un partido importante sin rendir el máximo? Di Stefano se puso de pie, compungido. - Sí, Señor, alguna que otra vez. - Bueno, vete en paz. En la puerta, Di Stefano se detuvo: - ¿Cómo andan Adolfo, Obdulio y los otros muchachos? - Muy bien, te mandan cariños. El otro día llegaron Vavá y Hidegkuti, buenos chicos. Y Alfredo regresó a la Tierra, con una sonrisa. |
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