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Escribe : Raúl Fain Binda
  Miscelánea
Sábado, 02 de marzo de 2002 - 20:37 GMT
Marlon Montoya en la F1
Juan Pablo Montoya
El colombiano Montoya representa el desafío al poder establecido.
Escribe Raúl Fain Binda.

Todos estamos esperando a Juan Pablo Montoya. Todos, rubios y morenos, ingleses y congoleños.

El colombiano representa el desafío al poder establecido. Montoya es subversivo, peligroso, no se puede confiar en él. Si lo ven llegar, corran, corran, encierren a las hijas y escondan la billetera.

En términos de espectáculo, Montoya es el advenedizo que exuda amenaza y pretende derribar la estructura anterior, un chico de malos modales que no respeta la autoridad ajena.

Casi todos los argumentos del cine desarrollan una versión de Montoya para dar sabor a la trama.

Y dado que la Fórmula 1 es un espectáculo, más precisamente un espectáculo de televisión, la llegada de un Montoya de carne y hueso es una bendición para todos.

Michael Schumacher es un gran piloto que merece el agradecimiento de todos los aficionados: virtualmente solo, cargó con la Fórmula 1 al ausentarse Senna. Pero, francamente, todos estamos un poco cansados de este señor.

En términos de deporte-espectáculo, Schumi es como el comisario de Wrightsville en la vieja película de Marlon Brando, El Salvaje (The Wild One, 1954).

Marlon Brando
Montoya se asemeja al personaje interpretado por Brando en "El Salvaje".
Montoya, perdón, Brando, es el jefe de una cofradía de motociclistas que no respetan nada pero gastan su dinero en el bar, casualmente de propiedad del comisario.

El santo varón hace la vista gorda ante los excesos de los rufianes porque ve muy bien el color de su dinero.

El problema es que Brando, perdón, Montoya, también se quiere quedar con la hija del comisario, de modo que las cosas se complican...

Ustedes ya ven el paralelo. A Michael Schumacher también le conviene la llegada de Juan Pablo Montoya a Wrightsville.

Ganar carreras y títulos perseguido por Brando-Montoya es excitante y peligroso. Un campeón de la talla del alemán necesita un estímulo, un enemigo, en vez de una jauría mansa que siga sus pasos sin morder.

Hasta el año pasado muchos creyeron que el adversario capaz de mantener despierto al campeón sería Ralf Schumacher. Ahora casi todos creen que será el colombiano.

El "hermano" debió correr contra dos adversarios formidables el año pasado. A comienzos de la temporada se había mentalizado para batir a Michael, uno de los grandes campeones de todos los tiempos. Después se vio desbordado por el costado ciego y supo que también debía enfrentar a Marlon Montoya.

El colapso de Ralf en las últimas carreras de 2001 se explica por eso: el "hermano" es un piloto que piensa en los otros pilotos. Un campeón, un gran campeón, sólo piensa en sí mismo, o al menos debe dar esa impresión.

Montoya parece respetar este libreto. Hace unos días declaró al Daily Telegraph que no le importaban sus rivales ni veía la necesidad de una preparación especial para vencerlos: "Vamos, que si te preparas para pasarlo por la izquierda, el día de la carrera tu rival se tira hacia ese lado y te cierra el paso. Lo que hay que hacer es subirse al coche y darle con todo".

Mentalmente, Juan Pablo Brando le gana a Ralf antes de subir al coche (o bajar, mejor dicho). Sabe, instintivamente, que un hermano menor suele tener un complejo de inferioridad, especialmente si el mayor tiene habilidades fuera de lo común.

Aun así, según nos dicen los especialistas, la pareja Ralf Schumacher-Juan Pablo Montoya es la más equilibrada de la actualidad, entre las de primera fila. Esta temporada sabremos si es así, pero la naturaleza de las cosas y de los hombres sugiere que uno de los dos se va a romper.

En esto, los jefes de equipo tienen un problema muy antiguo. El piloto que se descubre más lento que su compañero suele experimentar un desgarramiento interior, una capitis diminutio, especialmente si el rival es más joven o con menos experiencia.

Ralf y Juan Pablo tienen la misma edad, pero el alemán se sentía heredero natural del campeón del mundo.

Estos apareamientos pueden terminar en lágrimas, a pesar del ejemplo más luminoso de compañerismo entre grandes pilotos en la historia de la Fórmula 1.

Stirling Moss siempre respetó a Juan Manuel Fangio, pero la admiración se convirtió en virtual adoración cuando ambos corrieron en el equipo Mercedes Benz, en 1955.

En carrera, Moss solía pegarse al coche de Fangio. El uno-dos duraba casi toda la carrera y era conocido en el ambiente como El Trencito.

En la biografía autorizada de Moss se recuerda que el legendario Alfred Neubauer, jefe del equipo Mercedes Benz, habló con el piloto inglés: "Oye, eso es peligroso, cualquier problema y habrá un accidente. Si Juan Manuel comete un error..." Y Moss interrumpió: "Juan Manuel nunca comete errores". Neubauer se calló la boca.

Lo interesante de esta anécdota es que Fangio nunca se sintió amenazado por Moss, a pesar de que éste era un piloto formidable.

Robert Edwards, el autor de la biografía, pregunta a Moss sobre los respectivos niveles de habilidad: "Yo podía vencerlo en coches sport, y lo hice, pero en Fórmula 1 él era tan bueno, y yo le tenía tanto respeto, que hubiera sido casi insolente tratar de ganarle".

Fíjense cómo el instinto de supervivencia del piloto le hace dejar una puerta abierta: tal vez, si lo hubiera intentado...

La misma biografía sugiere que Montoya y Fangio comparten por lo menos una característica: la de no exagerar la importancia de la preparación previa.

Escribe Edward: "Moss se dio cuenta de que Fangio era relativamente indiferente a la configuración de su auto. Muchas veces adoptaba las soluciones desarrolladas por Stirling (...) después se subía al coche, con esos ojos de tipo con sueño, y salía a la pista".

Nada de tonterías. Subir al coche y manejar. También es el estilo de Montoya.


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