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Sábado, 23 de febrero de 2002 - 20:03 GMT
Si el fútbol argentino cae, digo, es un decir
![]() Burgos: "Si siguen así van a matar al fútbol"
Escribe Raúl Fain Binda.
Germán Burgos, el arquero del Atlético de Madrid y del seleccionado argentino, tuvo un instante de lucidez en la conferencia de prensa del viernes 22: "Esto ya no es violencia... están matando gente. Si siguen así van a matar al fútbol... y el fútbol es lo único que tiene la gente." No se detengan en la aparente contradicción lógica de la primera frase: el hombre tiene razón. Lo que está ocurriendo en Argentina no es la violencia tradicional, la del aporreo y el escupitajo, esa del exceso razonable de los matones. Es la danza de los asesinos, el festín grotesco que se dan con la excusa del fervor popular.
(Desde hace tiempo la cátedra reconoce a cuatro, Di Stefano, Pelé, Cruyff y Maradona; ahora está aceptando también la importancia histórica de Puskas.) El asunto se veía venir, aunque por el lado de la corrupción y el derroche. En mayo del año pasado escribimos en esta columna: "Muchos creen que el fútbol argentino se ha muerto y que los planes para resucitarlo tienen ese aire de cosa inútil que uno intuye en ciertos cachivaches. Que los signos de vida son imaginados, como las diferentes caras que Borges percibía en un finado durante el velorio."
En los últimos días los verdugos han matado a tres personas, una de ellas un niño que jugaba a ser hombre, Sebastián Garibaldi, un chico de 14 años que aprendió muy rápido el alfabeto del espanto. Lo de la muerte del fútbol no es un exceso retórico. En la breve historia del deporte ya se han registrado dos defunciones importantes, la del fútbol escocés y la del fútbol húngaro. En ambos países se sigue jugando a la pelota, por supuesto, pero sus manifestaciones son apenas fantasmas de la antigua gloria. El gran fútbol escocés fue sofocado por el profesionalismo y el abrazo del oso vecino, Inglaterra.
El fútbol húngaro recibió el golpe mortal en su momento de mayor grandeza, cuando los dictadores cortaron el cordón umbilical que lo unía al pueblo. Los clubes se convirtieron en instrumentos de un proyecto político y ese mismo día dejaron de criar grandes futbolistas. Los que estaban ya formados fueron los últimos de una raza de gigantes y su luz residual también se está apagando. Puskas y Kubala están muy enfermos y hace unos días se murió Hidegkuti. En Argentina no hay peligro de que un dictador (si alguno espera su turno emboscado en el futuro) trate de hacer lo mismo: a ninguno se le ocurriría interferir con la verdadera religión popular. (Crucemos los dedos.)
En los últimos años, a pesar de todos los problemas que afligen al deporte y a la ausencia de las mejores figuras, de esos "extranjeros" que sólo vuelven al país para "robar" un par de años al finalizar sus carreras, el fútbol argentino ha parido buenos jugadores a un ritmo vertiginoso. La fecundidad del fútbol criollo es tan milagrosa que a veces da miedo. Y ahora, justamente cuando los "extranjeros" brasileños tienen problemas para reencontrarse con la magia, los "extranjeros" argentinos concentran la esperanza desesperada del pueblo. Todos son ricos y están bien alimentados, también han demostrado su entereza en muchas canchas, pero necesitarán las espaldas de Atlas para cargar con el peso de tantos millones de polizones en el viaje al Japón. Si los asesinos de Sebastián Garibaldi y sus cómplices no son contenidos, el Mono Burgos tendrá razón: matarán al fútbol. Si es así, que otra vez nos perdone César Vallejo, a quien ya le hurtamos el título de este artículo, porque si cae el fútbol argentino, digo, es un decir, si cae el fútbol, de la tierra para abajo, niños, ¡cómo vais a cesar de crecer! |
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