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Escribe : Raúl Fain Binda
  Miscelánea
Sábado, 02 de febrero de 2002 - 19:05 GMT
La perversidad de Mike Tyson
Mike Tyson
¿Qué sera real para Tyson?
Escribe Raúl Fain Binda.

La perversidad es un mito inventado por la buena gente para explicar el poder de seducción de los otros.Oscar Wilde.

¿Quién tiene la culpa de Mike Tyson? ¿Quién se hace cargo de sus pecados? ¿Quién redime al monstruo?

Tyson es una vergüenza para el deporte, un peligro público, un personaje grotesco, insano, que debería estar encerrado o por lo menos bien vigilado. Eso es lo que todos pensamos de él. Y que se arregle.

Bueno, bueno, no tanto apuro, que las cosas no son tan simples. Para comenzar, hace ya mucho tiempo que el boxeo profesional dejó de ser un deporte. Ahora es una vertiente brutal del espectáculo, un repecho de las aventuras oscuras del alma.

En el deporte moderno, cada día es más difícil llegar a campeón sin perder la condición de deportista. Esto es particularmente cierto en el caso del boxeo.

Lucha libre
La lucha ha privilegiado el espectáculo frente al deporte. El boxeo sigue esa línea.
El espectáculo hace a la realidad, así como la función hace al órgano. Hace tiempo, cuando llegué de provincias a Buenos Aires, una intriga matrimonial ajena me puso en contacto con el único detective privado que haya conocido en mi vida.

El pobre hombre era una caricatura polvorienta de Humphrey Bogart en su papel de Philip Marlowe. Hasta usaba un chambergo pringoso, un ejemplar único en el Río de la Plata, en mala copia del detective imaginado por Raymond Chandler... o de la versión cinematográfica de Marlowe. El detective porteño quería estar a la altura de la realidad, que era la ficción.

Mike Tyson actúa como un tigre desencadenado acaso porque está medio chiflado pero también porque a nosotros nos gusta así. El boxeador intuye que esta es la época de Hannibal Lecter y entonces incorpora el mordiscón como un nuevo detalle profesional, igual que aquel detective el sombrero de fieltro.

En el boxeo como deporte, el resultado depende de los dos individuos que se enfrentan en el ring; el combate se inicia con la campana y concluye con un mamporro, la lona o la campana final.

En el boxeo como espectáculo, todo comienza con los primeros informes periodísticos y se prolonga en mil vueltas con numerosos protagonistas: abogados, promotores, rufianes, contadores, mujeres rápidas, caballos lentos, policías, jueces, calabozos, dioses de varias denominaciones... todo a la vista, como en la televisión moderna.

Lennox Lewis
Lewis: "Tan limpio de carisma con un clavo inoxidable".
Los rivales derrochan tanta energía en esos escarceos que apenas conservan resto para darse bofetones en el cuadrilátero. Son boxeadores virtuales: mucha pirueta antes del combate, bandera blanca durante y dientes afilados después.

En el espectáculo, el ganador no es necesariamente el mejor boxeador, sino el mejor intérprete de la imagen que quiere el público. Es por eso que a nadie le interesa Lennox Lewis y todos se derriten por Mike Tyson.

La lucha libre, como espectáculo de televisión, desarrolló hasta sus últimas consecuencias el escenario y los monigotes de la fantasía infantil. Sus protagonistas son buenos y malos de caricatura, envueltos en situaciones paródicas, con mucha traición y alevosía.

En este tipo de fantasía, el malo gana siempre... hasta el instante final, que pertenece al bueno.

Si miramos bien comprenderemos que el boxeo moderno se ha convertido en un arrabal de la lucha, reflejo grotesco de una imagen nacida precisamente como copia burlona del espectáculo del boxeo.

La gran diferencia es que ahora el malo también gana en el instante final.

Evander Holyfield
Lewis teme que le pase lo mismo que a la oreja de Holyfield.
Ahora sabemos que Mike Tyson gestiona una licencia para combatir con Lennox Lewis en Los Angeles, Estado de California. Si no la obtiene allí o en otro Estado norteamericano, se la ofrecerán en Reykjavik, Johannesburgo o Moscú.

Todo esto descarga buena parte de la responsabilidad en Lennox Lewis. El pobre Lennox, tan limpio de carisma como un clavo inoxidable, sabe que su única esperanza de una bolsa realmente gigantesca depende del malo de la película.

En la lucha, ese es el problema del bueno. Su importancia, su capacidad de atraer admiradores, depende de la vitalidad y fortaleza de los malos que debe enfrentar.

El boxeo recoge el reflejo distorsionado de esa fantasía y lo eleva a la endeble categoría de realidad.

Lewis está o parece estar aterrado. Cree, o da la impresión de creer, que corre el riesgo de perder una oreja, la punta de la nariz o vaya uno a saber qué porción de otra cosa si entra en el ring con Hannibal Tyson. Hasta exige que su rival se haga atender por un psicólogo.

Al parecer pretende un certificado de buena salud. Dentro de unos días pedirá un bozal para su adversario.

Mike Tyson
"Tyson ya no depende de él"
¿No les parece un maravilloso esquema para abultar la bolsa? ¿No será todo esto un fruto de la técnica publicitaria elevada a la categoría de arte?

También puede ocurrir que el desequilibrio de Tyson, inflamado por el sistema, intoxicado de testosterona, haya alcanzado el punto de no retorno.

En ese caso, no conviene poner el grito en el cielo. Nos estaríamos acusando a nosotros mismos.

Mike Tyson es lo que nosotros queremos que sea. Ya no depende de él.


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