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Domingo, 16 de diciembre de 2001 - 00:47 GMT
Historia sórdida en Leeds
![]() Jonathan Woodgate, estrella del Leeds United
Escribe Raúl Fain Binda
Esta es una historia de jóvenes borrachos, de ricos y de pobres, de futbolistas y de gente común. En una calle sórdida de Leeds, una noche de enero del 2000, un grupo de borrachos (blancos, fíjense, pero nos dicen que esto no tiene importancia) atacó a patadas, puñetazos y mordiscos a un joven estudiante (asiático, fíjense, pero nos dicen que esto no tiene importancia), causándole lesiones gravísimas. La investigación terminó implicando a Lee Bowyer y Jonathan Woodgate, conocidos futbolistas del Leeds United, y a dos jóvenes más.
El jurado se pronunció el viernes 14 de diciembre, casi dos años después del crimen (fue el segundo juicio; el juez suspendió el primero porque el padre de la víctima se atrevió a decir a un diario que la agresión había tenido una motivación racial). A pesar del testimonio demoledor de Duberry, el jurado sólo encontró culpable de todos los cargos a un tal Paul Clifford, un don Nadie a quien el juez condenó a seis años de prisión. Bowyer fue absuelto de todos los cargos pero calificado de "mentiroso" por el juez; Woodgate fue encontrado culpable de alteración del orden público pero inocente de lesiones graves; el juez, apiadado por "el sufrimiento de estos dos años, que se le notan en la cara", lo sentenció a 100 horas de servicio comunitario (una verdadera ganga: a Eric Cantona, por su famosa "patada voladora", le dieron 140 horas hace unos años). Tanto Bowyer como Woodgate deberán pagar los honorarios de sus abogados, casi dos millones de dólares cada uno. Poca cosa, si tenemos en cuenta que esos letrados los salvaron de la cárcel y rescataron sus carreras profesionales.
El espíritu de Woodgate es más frágil y apenas jugó desde aquella noche de invierno del 2000. Ahora tiene la oportunidad de rehabilitarse. En este drama de costumbres, la víctima de la agresión, Sarfraz Najeib, es un personaje periférico, desplazado por los tres protagonistas principales. ¿Tres? Pues sí, tres, porque a esta altura surge una nueva víctima: el pobre Duberry, que se salvó de una pena por perjurio pero se quedó sin amigos y sin futuro profesional en Leeds. Desde su retractación, Duberry recibe amenazas casi todos los días. De vez en cuando, grupos de encapuchados golpean a su puerta, al grito de "negro soplón, ya verás": lo hacen para amedrentar, "pero un día se darán el gusto", dice Michael. Woodgate y Bowyer, pobrecillos, uno apenas culpable de alteración del orden público y el otro apenas mentiroso (lo dijo el juez en su resumen) podrán continuar sus carreras y casi todos se abstendrán de recordarles "esa pesadilla".
Este episodio sugiere que la terrible ecuación del hooligan inglés (fútbol por alcohol al cuadrado es igual a violencia) también se extiende a los jugadores. A esto también contribuye la reciente incorporación al Leeds de Robbie Fowler, un hombre del área y de la noche, veterano de varias trifulcas dentro y fuera de la cancha. El factor racial potencia la fórmula en este caso en particular, dicen algunos. Otros se preguntan si el fútbol tiene algo que ver en esto, si el desenlace hubiera sido diferente de ser Bowyer y Woodgate plomeros en vez de futbolistas. Esto es historia antigua. Siempre, de una u otra forma, se plantea la misma pregunta: ¿Hasta qué punto la corrupción de tantos hinchas y de algunos jugadores compromete al fútbol? La respuesta, claro, debe alumbrar qué hace el fútbol, la gente del fútbol, para eliminar esa corrupción. En el caso de Leeds, el club fue acusado de complacencia por no suspender profesionalmente a Bowyer y Woodgate durante el juicio. El presidente Peter Ridsdale replicó que ambos eran "inocentes hasta que se pruebe lo contrario" y que en todo caso la fugaz carrera de un futbolista no se podía colgar de un clavo a la intemperie.
Todos saben que la hinchada del Leeds es una de las más "bravas" de Inglaterra. Ahora está bastante aplacada, pero todavía contiene muchos inadaptados: nada menos que 57 de ellos tienen prohibido seguir al equipo o acercarse al estadio de Elland Road. Para esto Ridsdale tiene una respuesta muy eficaz: "Tenemos tantos proscriptos porque hacemos algo para mantenerlos a raya; otros clubes los toleran y entonces dan la falsa impresión de tener menos". Como ven, el tema se presta a jueguitos de prestidigitación verbal. Uno de estos días vamos a tratar de aclarar la confusión. |
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