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Jueves, 08 de noviembre de 2001 - 19:59 GMT
El Diego es el Diego en Bogotá
![]() Bogotá, capital de Colombia.
Escribe Hernando Álvarez de la BBC.
I Debo confesar que me costó que el Diego me gustara. Por ese entonces, en mi Colombia natal yo era -y pese a todo lo sigo siendo- un hincha furibundo del Independiente Santa Fé. Mi corazón y mi razón sólo tenían espacio para el mejor goleador que he visto en todo mi tiempo: El argentino Hugo Ernesto Gotardi. En el colegio logré conseguir su autógrafo y desde entonces lo guardo en la misma página de un libro de fútbol de mi viejo en la que sale Pelé con la camiseta del Santos y su firma: "Para Hernando Do amigo Pelé", autógrafo que me dio personalmente el Rey, gracias a un consejo de mi hermano Mauricio de llevar un libro grande y bueno para que Pelé diferenciara entre un papelucho de cualquier tipo y el libro grande de aquel niño de nueve años que soñaba con conocer a Pelé... No, lo de Maradona es distinto. El tipo no me caía bien.
Primero, era argentino. Segundo, era bocón. Y en España 82 no le había visto mayor cosa. II Así se me apareció Maradona en plena Bogotá. Estadio Nemesio Camacho el Campín. Templo sagrado de la gloria cardenal, de mi santafecito lindo. Pero también antro de mala vida de mi tan siempre bien odiado Club Los Millonarios. En fin. Así fue. La primera vez que iba al Campín a ver jugar a la selección de Colombia. Se enfrentaba por las eliminatorias a México 86 con la Argentina del "Narigón" Bilardo, quien había dirigido la selección y al famoso Deportivo Cali de los años setenta. Días antes me enteré de que Argentina entrenaba en la cancha del Club "El Carmel", el club social de la comunidad judía. Camilo Aya, un amigo con el que jugaba tenis, fue y llegó emocionado con el autógrafo del Diego en el forro de la raqueta. -Ahora se envainó -le dije- Tocará quedarse con la firma del "mariquita" ese toda su vida. Yo tengo la de Pelé y Gotardi. Mi viejo nos compró las boletas para ir a ver a la selección de Colombia contra Argentina. Eran de Oriental Numerada en una tarde soleada bogotana. Ni siquiera en un clásico Santa Fe - Millonarios había visto tanta gente. Y lo chévere era que por un día no había odios por ahí rondando.
Todos éramos colombianos y le íbamos al mismo equipo. A Colombia la dirigía el doctor Gabriel Ochoa Uribe, el hombre con más títulos en la historia del fútbol nacional, pero con un fútbol defensivo y aburrido. "Uno puede decir cualquier cosa pero no hay duda de que estamos ante un crack", dijo mi hermano Enrique, quien siempre me enseñó que al buen jugador de fútbol se le conoce con sólo verlo pisar el pasto. III De ahí no le quité el ojo. Recuerdo que el Pocillo López, si mal no recuerdo un marcador de punta izquierdo de Millonarios, tenía un partido aparte con Maradona. Quería hacerle un túnel (un caño) y nada que podía. Nunca pudo. Y viendo jugar al "Pelusa", como ya alguien de los que estaba sentado por ahí le decía, me fui quedando boquiabierto. Nunca antes había visto semejante armonía. Aunque lo insultaban desde la tribuna, el tipo sabía que cada uno de los 56 mil aficionados lo estaban mirando... Y en eso llegó el gol. No me acuerdo cómo fue. La imagen que tengo fue la de una gente en la grama con camisetas celeste y blanca a rayas correr hacia Occidental y hacer gestos de que cantaban gol. Nunca oí nada. El estadio entero se silenció y once tipos, más un par de banderas perdidas en el público, parecían bailar en otra dimensión.
Es el concepto de silencio que todavía guardo. Después llegó el empate. Tiro de esquina desde Occidental Norte. El Viejo Willy, -Willington Ortiz, a quien el propio Diego recordó hace poco en Cali antes de operarse su rodilla para su partido homenaje- obstruyó a Fillol y el odioso Nano Prince (también jugaba para Millonarios) cabeceó y pa' dentro. "Uno a Uno a Argentina papá", gritó un fanático cinco puestos más abajo de donde yo estaba, que fue donde terminé con toda la euforia de la celebración. IV Después llegó el momento. Maradona, con su 10 en la espalda, se acercó a Oriental Sur a cobrar un tiro de esquina. Unos ocho o nueve hombres del cuerpo policial salieron con sus gruesos escudos de plástico transparente a protegerlo de las pilas, monedas, tusas de mazorca y demás proyectiles que le tirábamos. En esas el Diego se volteó. ¡Yo lo vi! Fijó su mirada en uno de los objetos que caía sobre él, y lo recibió con el perfil externo de su pie izquierdo. Lo empujó para arriba, una y otra vez, y empezó a hacer veintiuna como le decimos en Colombia, o jueguito, como aprendí años más tarde -leyendo El Gráfico- que le dicen en Argentina. Lo dominó con ambas piernas algunos segundos y después se lo devolvió al público con un tremendo zurdazo. Hay quienes dicen que fue una naranja. Difícil creerlo, si de meterle un poco de rollo científico se trata.
Tradición del Campín es llevar pollo con papa salada. Y la papa siempre se guardaba, especialmente en Oriental, para tirársela al juez de línea cuando marcaba con su brazo en alto y su bandera, un fuera de lugar inexistente a mis ojos de fanático santafereño. En realidad no sé qué fue. Pero la dominó con la propiedad de quien enciende un cigarrillo. Parecía que le perteneciera a su cuerpo ese pequeño objeto inalcanzable a mi vista con la que el Diego se divertía en plena eliminatoria. Estaba en el potrero, en la cancha de la esquina del barrio, sin inmutarse por el hecho de que cientos de hinchas contrarios lo encendían a monedazos. Podría garantizar que nadie lanzó ningún otro objeto contra el mejor jugador que ha pisado el pasto del Campín. El Diego fue lo más grande. La gente no cantó "Maradoooo Maradoooo", porque el patriotismo no dejaba. Pero estoy seguro que al igual que yo, ese día muchos se sintieron argentinos y entendieron que el Diego es el Diego. El más grande de todos los tiempos. El más humano también. El que no le firma el autógrafo al niñito con el libro grande de fútbol. Porque sé que Maradona no me daría un autógrafo. ¡Ah! Argentina ganó ese partido 1 a 3 dando una lección de fútbol, temperamento y sobretodo, superioridad. |
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