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Escribe : Raúl Fain Binda
  Miscelánea
Domingo, 04 de noviembre de 2001 - 06:18 GMT
La escoba de Harry Potter
Escena de la película Harry Potter y la Piedra Filosofal
El juego del quidditch se practica en una escoba voladora.
Escribe Raúl Fain Binda.

Mi hijo Carlos está por cumplir 13 años y se ha tomado a pecho eso del razonamiento lógico.

-Dad, ¿no encuentras infantil a Harry Potter, demasiado fantasioso?

Los niños intuyen que la fantasía se marchita con los años y que el mundo adulto es por siempre concreto, realista. Nosotros sabemos que la cuesta conduce de vuelta a un mundo imaginario.

-Carlos, no estoy gagá, leo Harry Potter porque se está por estrenar la película y quiero comparar el quidditch con los otros deportes. Tengo una razón profesional.


El séptimo jugador aguarda la aparición de la cuarta pelota, tan pequeña que apenas la ve...
Para quienes no hayan leído los libros de JK Rowling, el quidditch es el deporte de las brujas y los magos. Los jugadores, siete por bando, lo practican montados en escobas voladoras, de modo que "la cancha" está suspendida en el aire. Es una mezcla abigarrada de polo o pato argentino, baloncesto, béisbol y un par de cosas más, no muy claras.

Se juega con cuatro pelotas. Tres jugadores, mediante combinaciones, tratan de introducir la más grande de ellas a través de los aros del equipo rival. Un guardián trata de evitarlo. Otros dos jugadores protegen a sus compañeros, con bates, de las embestidas de dos bolas renegadas, con vida propia, que pueden desmontarlos de las escobas. El séptimo jugador, en fin, aguarda la repentina aparición de la cuarta pelota, tan pequeña y rápida que apenas se la ve: si la atrapa, allí mismo termina el partido.

Es fácil detectar el punto débil del quidditch: no tiene unidad de acción. Está fragmentado hasta el caos por la interacción simultánea de cuatro tipos diferentes de jugadores y tres tipos diversos de pelotas.

Todos los deportes de grupo deben su difusión popular a la concentración del esfuerzo colectivo en un objetivo único. El quidditch, en cambio, propone una alocada dispersión de los focos de interés. Teóricamente, el séptimo jugador, el que puede dar la victoria a su equipo (el propio Harry Potter en la fantasía de Rowling), podría pasarse toda la temporada sin atrapar una sola pelota. Y si el héroe no la ve, ¿cómo podrían verla los espectadores?


Harry Potter es el séptimo jugador en quidditch.
La conclusión es obvia: el quidditch es una construcción puramente verbal, un artificio pretencioso que no resiste la comparación con ningún deporte popular del mundo muggle (no brujo).

Todos los deportes nacen de una convención tan arbitraria como la del mundo de Harry Potter. Después de todo, nada cuesta suponer que la pelota del fútbol fue originalmente una perdiz, o una liebre, que los cazadores ahítos pateaban hacia el morral.

El quidditch pretende ser un deporte-espectáculo, pero sólo puede serlo por unos instantes en la página impresa o el cine, gracias a los trucos de la imaginación y los hechizos de los efectos especiales. En el mundo real, aunque existieran las escobas voladoras y las pelotas con movimiento espontáneo y artero, ni siendo brujos los espectadores podrían contener el bostezo.

Los deportes muggle también necesitan a veces un truco mediático para alcanzar la máxima difusión. Gracias a la televisión, por ejemplo, el tenis superó sus limitaciones y se convirtió en un deporte de masas.

El diseño original del tenis sólo concebía un puñado de espectadores, debido al reducido tamaño del campo de juego. Construir a su alrededor un estadio para muchos asistentes hubiera sido una aberración: los más alejados no verían la pelota.

La televisión amplió la tribuna y concentró sus lentes en la pelota, a la que primero pintó de colores y ahora quiere más lenta y grande, para que la vean hasta los que están lejos del televisor.


Acuarela de 1890 que muestra la parte externa de la cancha de tenis de Hampton Court.
(En el Palacio de Hampton Court, en Londres, todavía se juega el real tennis, en una cancha que data de la época de Enrique VIII: la pelota puede rebotar o rodar sobre tejados y cornisas. Su reducción al lawn tennis nos parece un ejercicio debilitante de la imaginación.)

El fútbol nació grande y popular, porque al principio ni siquiera había límites al número de "jugadores" que empujaban una "pelota" hacia el río o el molino: podían ser centenares, muchos de ellos borrachos. En realidad, quienes lo reglamentaron como deporte redujeron sus alcances orgiásticos para cubrir las necesidades de los colegios que surgían como hongos en la Inglaterra victoriana, desplazando a los borrachos a la tribuna.

La televisión confirmó finalmente la vocación universal del fútbol, pero transformó el juego al reducirlo a una serie de pantallazos parciales, que permiten apreciar la técnica individual de los jugadores pero muy poco del juego de equipo.

El punto en común entre todos los deportes colectivos de gran éxito popular es su unidad de acción: todos los participantes pugnan por alcanzar o impedir algo muy concreto y fácil de identificar. En el quidditch, en cambio, no sabríamos dónde mirar.

Lo que más llama la atención es que la autora no haya desarrollado el único elemento realmente deportivo que tenía a su alcance: la técnica y el placer de cabalgar en escoba. Yo le hubiera podido presentar a un par de jinetes con ideas raras en este sentido.

Esto me da el título de un próximo volumen de literatura infantil: "El Escobillón Alazán".


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