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Escribe : Raúl Fain Binda
  Miscelánea
Sábado, 20 de octubre de 2001 - 18:12 GMT
Locos del área chica
Fabien Barthez, arquero de la selección francesa y del Manchester United de Inglaterra.
Barthez, otro "insensato" del arco.
Escribe Raúl Fain Binda.

Fabien Barthez, calvo famoso, amante preclaro de Linda Evangelista y arquero campeón del mundo con Francia, quedó en ridículo el otro día cuando facilitó la victoria del Deportivo La Coruña por 3 a 2 sobre el Manchester United.

Sus errores de los últimos meses han sido tan groseros que ciertos comentaristas creen ver una maniobra premeditada para romper con su club inglés y marcharse con Linda (y acaso con David y Victoria Beckham) a Italia o España. Se equivocan: esa perfidia sólo entraría en una mente fría y calculadora, mientras que se sabe que el problema de los arqueros consiste en que están locos.

René Higuita.
El colombiano René Higuita.
No hablamos de locura clínica, claro, aunque puede ser el caso en más de uno de los personajes que mencionamos en este artículo. Hablamos de locura en sentido figurado, de ese factor individual que aparta a cierta gente de la "sensatez" del rebaño y la condena a la soledad del arco y de las recriminaciones.

La enajenación de los sentidos es parte del precio que deben pagar para alcanzar la grandeza deportiva. Esto es evidente en gente como el paraguayo Chilavert, el colombiano Higuita, el argentino Gatti. Y ahora lo detectamos también en Barthez.

En todos los países la leyenda popular atribuye el nacimiento de los guardavallas a su incompetencia inicial en el fútbol: "No sirves para nada, quédate en el arco", "You are useless, just keep the goal", "Tu peux garder le but", "Tu sei un cretino, il tuo posto è la porta."

En realidad, todos los arqueros dignos de ese nombre son atletas formidables y conocen el juego al derecho y al revés, pero en algún momento, al descubrir que eran diferentes, decidieron refugiarse en el arco.

El factor que precipita el nacimiento del arquero, entonces, no es la torpeza, sino la inconformidad.

Tal ha sido el caso de dos personajes famosos que jugaron al fútbol como guardavallas: Karol Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II, y Albert Camus, el novelista de El Extranjero y La Peste.

El escritor francés Albert Camus.
"Le debo al fútbol todo lo que sé sobre moralidad": Camus
El futuro Papa fue al arco como a un confesionario o a un retiro espiritual (a fin de cuentas, ¿qué es la vida religiosa sino un retiro del mundo?), mientras que Camus era un pied noir, un colono de origen francés en Argelia: el arco era su destino.

Camus escribió alguna vez "le debo al fútbol todo lo que sé sobre moralidad y las obligaciones del ser humano". Acaso hubiera debido precisar aun más: "Le debo al arco..."

Los intelectuales ridiculizaron durante mucho tiempo la defensa que Camus hacía del fútbol como actividad trascendente. Ahora están cambiando de opinión.

Los franceses están a la vanguardia de la revisión, por supuesto, ya que para ellos el fútbol ha dejado de ser un deporte de morondanga y de repente expresa los aspectos más nobles del alma gala, en vez de los más oscuros. Francia vive una historia de amor con el fútbol, traicionando al rugby, su amante tradicional.

No escuchemos a los franceses, entonces, que recién descubren el verbo. Vayamos a los intelectuales alemanes, tan serios ellos.

Allí está Günther Gebauer, por ejemplo, profesor de Filosofía del Instituto de Deportes de Berlín, hablando en un congreso realizado en Lens, Francia.

El paraguayo José Luis Chilavert.
Chilavert, arquero y goleador.
Para Gebauer, la pelota de fútbol es un símbolo de santidad ("la maltratan pero siempre vuelve a los pies... es como el santo expulsado de la ciudad, que vuelve a conquistar las almas") y el guardavallas una prenda de honor.

Sean pacientes y lean un párrafo entero de su disertación sobre el arquero, porque vale la pena. Tomo los datos de la crónica del Times de Londres del 1 de diciembre del 2000. "Los arqueros se comportan según valores intrínsecamente europeos, en los que nuestra casa es nuestro castillo y fuente de orgullo y honor. Convertir un gol es como penetrar en la casa de un extraño, incendiar sus pertenencias y violar a su mujer e hijas. En Estados Unidos es menos fuerte el lazo con las nociones de honor y orgullo y esto puede explicar por qué su versión del fútbol no tiene arco ni arqueros."

Como ven, el elogio de Camus era modesto en comparación con éste del filósofo alemán. Será mejor que nos quedemos en la literatura.

Un partido de fútbol funciona en la imaginación popular como una narración clásica, con un héroe que es casi siempre el delantero que marca los goles.

Las hazañas de un arquero no son tan aplaudidas, porque la defensa no inflama la imaginación.

Esta distinción se advierte claramente en las repeticiones de las jugadas en televisión. El error de un delantero no se muestra más de dos o tres veces, porque no hay gol, sólo frustración. El error de un arquero, en cambio, se muestra mil veces, porque hay gol y ridículo, triunfo y fracaso.

Karol Wojtyla.
Juan Pablo II también jugó en el arco.
Cuando el arquero juega para el equipo rival al nuestro, es un bellaco. Cuando lo hace para el nuestro, lo más a lo que puede aspirar es a la bandera del antihéroe.

En este marco, un arquero no puede ser como el Cid, pero puede llenar el destino glorioso de Don Quijote.

A diferencia de los jugadores de campo, los arqueros pueden utilizar las manos y esta licencia los lleva a ejercitar el cerebro. Suelen ser los jugadores más inteligentes de un equipo, los que mejor ven el juego.

Pero la naturaleza impone límites. Como le pasó a Alonso Quijano, los arqueros suelen perder el juicio bajo el sol manchego del área chica.


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