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Escribe : Raúl Fain Binda
  Miscelánea
Sábado, 01 de septiembre de 2001 - 17:12 GMT
El papel de Dios en mis triunfos...
El Corcobado
Algunos deportistas prefieren hablar con Dios, sin intermediarios.
Escribe Raúl Fain Binda

Cuando el entrenador o el capitán de un equipo deportivo enfrenta la hora de la verdad, le brotan ganas de leer la biografía de su conductor preferido.

Sven Goran Eriksson, el sueco que dirige al seleccionado inglés de fútbol, admira al Duque de Wellington, el general inglés (nacido en Irlanda) que derrotó a Napoleón en Waterloo (con la ayuda de Dios, dijeron los ingleses y los franceses monárquicos).

De Rudi Voller, el entrenador de Alemania, apodado El Mesías por Ottmar Hitzfeld (del Bayern Munich), dicen que admira a Otto Bismarck, el canciller prusiano que unificó Alemania en 1870, tras aplastar a la Francia de Napoleón III (también con la ayuda de Dios).

José Antonio Camacho, entrenador de España, acaba de leer la vida de Jesucristo (lo declaró a El País, ver edición del 30 de agosto).

Hansie Gronje, ex capitán del seleccionado sudafricano de críquet, solía usar un brazalete con la inscripción WWJD, what would Jesus do, qué haría Jesús. (Jesús era un buen bateador y echó a los mercaderes del templo, mientras que Gronje recibía con mucho gusto dinero de apostadores profesionales a cambio de favores deportivos cuyos alcances todavía no están en claro.)

Primer gol de Diego Maradona a Inglaterra, mundial de México 86
¿Dios le da su mano a algunos jugadores?
Bolívar, igual que Beethoven, admiró a Napoleón cuando era simplemente Bonaparte, antes de que le diera la fiebre imperial, y Lord Byron admiró a Bolívar cuando se alistaba para salvar griegos en una guerra ajena.

Esta conjunción de religión, política y deporte es uno de los mecanismos dialécticos (no, no soy marxista) más poderosos del mundo moderno. Yo lo conocí en la escuela dominical.

En la Mendoza argentina de mediados de los años 50, el párroco del Sagrado Corazón ofrecía después de misa dibujos animados, películas de aventuras y varios ejemplares del noticiero español No-Do.

Mi padre me advirtió que el cura, aparte de entretenerme, quería que reflexionase sobre los méritos de Francisco Franco, el gran protagonista de los No-Do.

No sé si alguno de nosotros se hizo franquista, pero todos nos hicimos hinchas del Real Madrid y de Di Stefano, los otros abonados al noticiero.

En una época sin televisión y con la filmación deportiva en pañales, esas sombras blancas que se pasaban la pelota en la pantalla daban el espectáculo más atractivo que haya visto en mi vida.

En contraste con quienes identifican al Real Madrid como un brazo de opresión, yo lo veía como una luz de liberación. El mensaje del cura llegó a destino, pero con otros protagonistas. Di Stefano sí, Franco no.

En esas encrucijadas se tejen las preferencias y los prejuicios de todos los días.

Alfredo Di Stéfano
"Di Stefano sí, Franco no".
En el fondo, los deportistas creen que Dios sigue sus actuaciones muy de cerca.

Camacho lee la vida de Jesucristo en un momento de su carrera en que se siente perseguido injustamente, martirizado por la crítica deportiva, que antes lo había puesto por los cuernos de la luna.

El gran Ayrton Senna solía mencionar sus diálogos íntimos con Dios, uno no sabe si para justificar su tremendo talento o para intimidar a los rivales. A fin de cuentas, uno no es confidente de Dios sin que se le pegue algo.

Otros prefieren una familiaridad menos respetuosa, como Maradona, que en su autobiografía se refiere a Dios como "El Barba". No se confundan, que no es blasfemia. En el estilo de Maradona, es una expresión de fe en la ayuda divina.

En el fondo, Maradona cree que El Barba reconoce su talento.

Los devotos de la fe católica suelen ser buenos hombres de equipo, que dejan en manos de la Iglesia la intercesión ante Dios. Los individualistas, como Senna, Maradona y muchos fieles de iglesias protestantes, hablan directamente con Dios, sin intermediarios.

Esta actitud es una invitación a la blasfemia, si llevamos el razonamiento a su desenlace lógico.

Si Dios aprecia la importancia del éxito deportivo, uno puede pedir su ayuda, claro, pero ¿qué ocurre cuando el otro equipo tiene un creyente más devoto y persuasivo que nosotros? O peor aún, ¿qué pasa si Dios nos ha ayudado por la camiseta que vestimos en vez del (supuesto) amor que le profesamos?


¿Es Dios hincha de Boca o de River, de Flamengo o Vasco? ¿Es neutral o guarda silencio para no espantar a los hinchas del otro equipo?

Más concretamente: ¿es Dios hincha de Boca o de River, de Flamengo o Vasco? ¿Es neutral o guarda silencio para no espantar a los hinchas del otro equipo?

Más fácil es cuando los deportistas dejan de lado la intervención divina y buscan inspiración en los grandes capitanes.

La elección del héroe refleja los entretelones del alma que hace la invocación. Napoleón es el advenedizo que crea un imperio desde adentro; Aníbal, el intruso que jaquea al imperio desde afuera; Alejandro lucha al frente de sus hombres (dicen que por eso lo admira Fidel Castro); Julio César sólo hace la guerra para ganar el poder político.

Cuando se complete la clasificación para el mundial, podremos divertirnos imaginando al Alter Ego de los entrenadores de cada país. Se reciben sugerencias.

PS. Sigo siendo hincha del Real Madrid, pero nunca vi al equipo en una cancha de fútbol, sólo por televisión. En realidad, soy hincha de una sombra, que para mí fue real cuando aprendía de religión, política y deporte.


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