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Sábado, 23 de junio de 2001 - 16:47 GMT
El degüello de los inocentes
![]() El tenis apasiona y angustia al mismo tiempo a los británicos.
Escribe Raúl Fain Binda
En Inglaterra, el verano boreal, de junio a setiembre, suele marcar el fin de la esperanza y el comienzo de las lamentaciones. La esperanza ofreció esta primavera algunos frutos:
De repente, con el fútbol en receso, todo comenzó a andar mal.
(En esto vale una aclaración: estos Leones no son animales políticos, sino geográficos. El equipo está formado por jugadores de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, pero de la República de Irlanda, no el Ulster. O sea que representan a las Islas Británicas como concepto geográfico, y no al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, que es una noción política.) Congoja bíblica Pero el tradicional muro de los lamentos veraniegos se levanta muy cerca de donde escribimos estas líneas, en Wimbledon, suroeste de Londres. El tenis apasiona y angustia al mismo tiempo. Las constantes frustraciones en este deporte, supuestamente plácido, sosegado, provocan en los ingleses una congoja comparable con los trenos del profeta Jeremías.
Un colega inglés, Simon Barnes, nos recuerda en el Times la explicación de un cómico australiano: "Si somos brillantes en los deportes es por el sol, la arena, los biftecs, la vida al aire libre y la carencia total de cualquier distracción intelectual". Australia es una gran nación deportiva, con ese empuje peculiar del arrogante que tiene buenas razones para cacarear y sentirse superior. En realidad, explicarse las razones del éxito de Australia no es tan interesante, al menos para mí, como preguntarse por qué no lo tiene Gran Bretaña, o concretamente Inglaterra. (Una aclaración, antes de seguir: en los Juegos Olímpicos de Sydney, Gran Bretaña obtuvo 28 medallas, once de ellas de oro, en remo, vela, ciclismo, atletismo, yudo, boxeo y badmington.) Como estudiantes talentosos Algunos psicólogos deportivos sugieren que los atletas británicos, como representación ideal del deporte de este país, han experimentado esa frustración tan común en muchos estudiantes talentosos, que de repente descubren que otros son más capaces que ellos: se retraen, como diciendo "si no puedo ser el mejor, qué importa, no vale la pena".
A nosotros esto no nos convence. La teoría tiene ese toque profesional del "experto" que muchas veces invoca tonterías. Preferimos una explicación más amateur, de aficionado, que en este asunto deportivo viene a cuento. Los británicos, los ingleses, inventaron y practicaron varios deportes por esparcimiento, para divertirse y pasar el rato, como un escritor de raza escribe por placer, no por el dinero. Cuando el resto del mundo hizo de esos deportes torneos de pasión y orgullo, los nativos de estas islas se miraron un poco desconcertados y perdieron la concentración por un instante, que en términos históricos puede ser de varias décadas.
O acaso sean, como escuché en las gradas de Wimbledon un día en que el último británico se batía tibiamente ante un aussie, atletas ingenuos, sin esperanzas de triunfo ante los "verdaderos" campeones. Inocentes en un mundo que retribuye al cinismo y la falta de escrúpulos. Y ya sabemos que los corazones siempre estarán con los inocentes que van al degüello. |
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