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Escribe: Raúl Fain Binda.
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Sábado, 19 de mayo de 2001 - 16:06 GMT
La peligrosidad de Montoya
Podio del Gran Premio de España
Montoya ya subió a un podio de la Fórmula Uno.
Escribe Raúl Fain Binda

Bastaron unas pocas carreras de Juan Pablo Montoya en Fórmula 1 para que todos aceptaran algo que los entendidos saben desde hace tiempo: que el colombiano es un piloto excepcional.

No puede ser mediocre, porque Michael Schumacher lo trata de igual a igual y Emerson Fittipaldi cree que cuando llegue su hora puede ocupar un lugar en el podio histórico de los grandes, junto a Fangio, Clark, Senna y Schumacher.

Para ser un supercampeón, no basta con ser rápido. También hay que ser agresivo, afortunado, arrogante, egoísta, vanidoso. Estas son las virtudes básicas.

¿Virtudes? dirán ustedes. ¿Desde cuándo lo son la arrogancia y el egoísmo? Pues desde el preciso momento en que inventamos la noción de campeón, cuando exigimos de un deportista el éxito permanente y la humillación de sus rivales.

Juan Pablo Montoya
Un hombre peligroso por lo bueno.
El buen samaritano no puede ser campeón. Si uno se detiene a socorrer a los débiles o dar satisfacción a los tramposos, el campeón será otro.

No se molesten en buscar campeones modestos. Sinceramente modestos. Esa categoría de superhombres desapareció hace tiempo.

A la búsqueda del modesto

Pelé, dirán algunos. Pelé fue y es modesto.

Pues no, no lo es. Hace pocos días, provocado por las pullas de Maradona y una alarmante pérdida de feligreses, Pelé cometió la herejía de atribuir a su carrera un designio divino.

En el mismo aliento, el brasileño comparó su autoridad entre los mortales con la de Beethoven, algo por lo menos decepcionante, ya que un profeta de Dios debería estar bastante por encima de un señor alemán más o menos bien entonado.

Busquen, busquen ustedes en el mundo moderno un gran campeón modesto. No lo fueron Alí, ni Jordan, ni Senna, ni lo es Schumacher.


Busquen, busquen ustedes en el mundo moderno un gran campeón modesto. No lo fueron Alí, ni Jordan, ni Senna, ni lo es Schumacher

¿Tiger Woods? No se engañen. El chico cultiva esa imagen, pero sus rivales juran que es engreído.

¿Cruyff? En Barcelona dicen que es una de las personas más altaneras que hayan pasado por la Ciudad Condal.

Sigan repasando. ¿McEnroe? ¿Martina Navratilova? Por favor.

Fangio, tal vez Fangio. Fangio no era porteño. Era del interior, de un pueblo, Balcarce, donde el bullicio y la jactancia incomodaban a la gente.

Vista desde el siglo 21, la personalidad de Fangio tenía esa serenidad que muchos jóvenes occidentales (Roberto Baggio, por ejemplo) encuentran ahora irresistible en Buda.

Pero el problema con esta apreciación es que el chueco hablaba muy poco. Es difícil jactarse si uno habla poco.

Además, la personalidad deportiva de Fangio está ubicada entre dos mundos.

Por un lado fue uno de los últimos campeones de la época heroica, cuando la gente excepcional se batía a los ponchazos, ganando un par de monedas por esfuerzos sobrehumanos.

Por el otro, fue uno de los primeros supercampeones reconocidos en forma universal, por encima de diferencias geográficas y culturales que antes marginaron a muchos genios.

Hay campeones y campeones


Fuera de la pista, el colombiano interpreta el papel de latino rápido y peligroso con más naturalidad que el mismísimo Yves Montand en la película Grand Prix

Todos sabemos que hay tres tipos de campeones. Primero, los meros campeones, que lo son porque alguien debe serlo, datos de estadística o inventario; después vienen los campeones de primera categoría, que superan a todos sus rivales pero muchas veces les falta esa chispa que incendia el corazón de la gente.

Y finalmente, están los supercampeones, que en cada deporte se cuentan con los dedos de una mano.

En la Fórmula 1, la cátedra reconoce hasta ahora al sublime Fangio, el misterioso Jim Clark, el increíble Senna y el arrollador Schumacher.

Montoya, bisoño como es en la categoría, ya está golpeando a esa puerta, nos dice Fittipaldi, que conoce muy bien la liturgia y puede recitar el credo automovilístico al derecho y al revés.

Fuera de la pista, el colombiano interpreta el papel de latino rápido y peligroso con más naturalidad que el mismísimo Yves Montand en la película Grand Prix.

Lo hemos escuchado despachar a los periodistas con eficiencia y rapidez, en inglés y castellano. En su idioma materno, la dicción de Montoya parece encorsetada y oscurecida por las claves y las cadencias de su clase social; su inglés, en cambio, es nítido, afilado, preciso, dando la impresión de que no lo aprendió precisamente en un taller mecánico.

Un piloto nos dijo una vez que "en la grilla de partida eres conciente de que te rodean dos categorías de gente peligrosa: los que te pueden matar por malos y los que te pueden superar por buenos".

Schumacher y Fittipaldi han identificado a Juan Pablo Montoya como el nuevo príncipe de los pilotos peligrosos por buenos.


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