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Escribe: Raúl Fain Binda.
  Miscelánea
Domingo, 29 de abril de 2001 - 01:58 GMT
De fútbol, raza y sentido común
Seleccionado italiano.
El seleccionado italiano incorpora por primera vez un hombre de color, Fabio Liverani.
Escribe Raúl Fain Binda

Fabio Liverani, hijo de italiano y somalí, se convirtió hace unos días en el primer jugador negro en la historia del seleccionado italiano de fútbol. Giovanni Trapattoni, el entrenador, lo incluyó en la formación inicial en el amistoso ante Sudáfrica, que Italia ganó 1 a 0.

Algunos menospreciaron la convocatoria como "un gesto vacío, demagógico", porque Liverani juega en el club Perugia, que toma su nombre de la ciudad donde se jugó el partido.

Selección francesa
La selección francesa destaca por su mezcla racial y cultrural.
Otros lo interpretaron como un aporte positivo en un deporte agobiado por la intolerancia racial. Phil Masinga, el delantero sudafricano del Bari, dijo después del partido que el fútbol es el deporte italiano más retrógrado: "Pienso en Carlton Myers, el jugador de baloncesto, abanderado de Italia en los Juegos Olímpicos. No me imagino a Liverani llevando la bandera de Italia: los racistas no se la darían."

Esto es probable. Pero también es posible que otros la merezcan más que él. A fin de cuentas, Liverani juega en una zona del campo donde Italia tiene muchos jugadores de primera línea: Totti, Fiore, Di Biagio, Albertini. Un abanderado tiene que ser un jugador imprescindible, emblemático. Y por ahora Liverani es, a lo sumo, un buen suplente.

Pero la cuestión racial va mucho más allá del tratamiento a un solo jugador. La asimilación de los inmigrantes es un imperativo social, y el deporte es el canal de integración más eficaz que se conozca.

El caso de Francia es asombroso y reconfortante. Todos conocemos los graves problemas originados por la presencia (o la reacción ante la presencia) de las minorías negra y árabe en las grandes ciudades, una de las consecuencias del pasado colonial.


Mucha gente ha trabajado para integrar esas colectividades en el carácter nacional, pero el mayor aporte, sin ninguna duda, ha sido el ejemplo inspirador del seleccionado nacional de fútbol, con su formidable mosaico étnico. Busquen ustedes cualquier raza o nacionalidad y en la mayoría de los casos encontrarán un representante en la historia reciente del fútbol francés.

Todos sabemos que Zidane es árabe y que Trezeguet se crió en Argentina; podemos agregar que Pires es hijo de un portugués y una española, que Djorkaeff es de origen ruso, que bueno, que de los cuatro rincones del globo llega el formidable destacamento negro, Thuram, Desailly, Silvestre, Vieira, Makelele, Wiltord, Henry. La única colectividad que no está bien representada en el equipo actual es la italiana, aunque en el pasado haya dado algunos nombres gloriosos a la plantilla gala: recuerden ustedes a un tal Platini.

Hace unos días, mientras Liverani y sus compañeros apenas podían ganarle 1 a 0 a la mediocre Sudáfrica, ese acorazado que es Francia, con su abigarrada tripulación multirracial, liquidaba a Portugal, revelación del último campeonato europeo, con un terminante 4 a 0.

Portugal, también con pasado colonial, parece haber olvidado que su mejor jugador fue africano, el inolvidable Eusebio, campeón de Mozambique. En el equipo actual el único negro que se destaca es Abel Xavier.

La experiencia de Holanda es similar a la de Francia, aunque conviene señalar que su rendimiento anterior a la eclosión de la inmigración ya era de elevadísima calidad. Cruyff y Van Basten, Gullit y Kluivert, blancos y negros, los holandeses juegan con esa abrumadora combinación de habilidad, entrega e inteligencia que parece una receta del perfecto futbolista.

A la raza negra el fútbol le viene como el agua a los patos. El fútbol es el más rítmico de los deportes de grupo, tiene síncopa y permite (hasta exige) la expresión individual en el marco del colectivo, mucho más que el rugby, acaso más que el básquet.

Entre los países futbolísticos, Gran Bretaña es otra de las potencias coloniales que puede aprovechar ese venero étnico. Inglaterra (en fútbol no cuentan, en este punto, las experiencias de Escocia, Gales y Ulster) también tiene una fuerte presencia de jugadores de color, pero su asimilación aún no ha producido futbolistas tan formidables como en Francia y Holanda.

Acaso porque el fútbol inglés tradicional ha sido más disciplinado y rígido que el holandés y el francés, más "blanco", la inmigración afrocaribeña se conforma por ahora con explorar los viejos cánones, sin aventurarse por nuevos caminos. Pero tarde o temprano llegará la transformación, la síntesis entre la hidalguía tradicional y la improvisación y fantasía que debe aportar la inmigración.

A pesar de su presencia numerosa, los negros británicos no han tenido en el fútbol un impacto semejante al que tienen sus camaradas en el atletismo.

Cuando en Inglaterra surja un Davids, un Vieira, un Kluivert, el equipo nacional representará realmente a la sociedad actual, realizará su verdadero potencial deportivo. Con esa síntesis, Inglaterra tendrá el gran equipo que todos anhelan.


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