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Escribe: Miguel Molina
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Miércoles, 18 de junio de 2003 - 17:42 GMT
Mexicanos, al grito de guerra
Guardia armado en Ciudad de México.
En todo México hay hombres fuertemente armados, en constante vigilancia.
Escribe Miguel Molina, columnista de BBC Mundo

Una tarde caliente llegamos a la ciudad de México. Lo primero que hicimos fue comer tacos y caminar por la Zona Rosa, que ahora es igual a otras zonas de esta ciudad aunque siga siendo distinta en los recuerdos. "Vamos a dejar todo en el hotel", le dije a E-Mary, "para no perderlo todo si nos asaltan".

Pero nadie nos asaltó. El día que fuimos a desayunar al centro histórico y en la Alameda les tomamos fotos a los policharros, que son charros vestidos de policía y viceversa, y desde entonces nuestra visita a México se vio marcada por la presencia de hombres fuertemente armados en constante vigilancia.

Vendedora de cigarros en Ciudad de México.
La Zona Rosa ya no es la misma de antes.
Había hombres armados en Coyoacán, donde vivieron Frida Kahlo, Rivera, Trosky, y cuando menos un ex presidente. Docenas de agentes con rifles de asalto y pistolas de nueve milímetros. Había hombres armados en el Paseo de la Reforma, la más central de las avenidas, aunque también en los aeropuertos y en las terminales de autobuses había puestos de control donde revisaban equipajes y personas, aunque no tanto.

En la carretera de la costa del Golfo de México nos detuvo un retén militar en violación de todas las leyes presentes y pasadas, y un piquete de soldados revisó nuestro equipaje y nos interrogó sobre nuestro punto de partida y nuestro destino.

Esa vez íbamos a El Tajín, la tierra del trueno, donde floreció la cultura totonaca entre la selva hace siglos. Qué calor tan seco y a la vez tan húmedo, envuelto por el chirrido de las cigarras, en el que brillan cinco señores vestidos de blanco y rojo con sombreros en cuyos espejos se reflejan luces de todos colores, trepados en un poste altísimo.

Vuelan los voladores desde lo alto del alto poste, recorriendo los puntos cardinales al compás de una música elemental. Aparece una muchacha que sale del monte vestida en uniforme de escuela secundaria. "¿Hay casas allá?", le preguntamos. "Sí", nos dice. "San Antonio queda nada más a una hora de aquí". Me dan ganas de llorar por esta muchacha que cruza la selva y camina por al asfalto para ir a la escuela.

En Papantla, donde conviven el ahora y el antes, volvemos a ver el paso frecuente de camionetas con hombres armados de rostros temibles que dan vueltas al parque sin fin aparente alguno. Nos vamos a la playa, y en el camino seguimos un camión en el que viajan agentes de policía cuyos fusiles apuntan hacia nosotros.

Hace calor. En el rancho El Fénix de Misantla vemos la tormenta que azota la sierra Madre Oriental y vamos sin escalas del aire acondicionado al calor, y de ahí a la sierra y luego a la costa hasta Veracruz, donde comenzó esta parte de la historia, y la música nos acompaña de los portales del puerto a los portales de Tlacotalpan, bajo el sol impecable de Sotavento, y en todas partes vemos hombres vestidos de gris con armas largas y mirada preocupante.

De regreso en el puerto, un señor armado con un AK-47 se niega a moverse para que yo pueda ponerle gasolina al carro. En los puentes, los soldados ven con una sombra de curiosidad la suave piel inglesa de E-Mary pero no sueltan sus fusiles automáticos.

El único día que no vimos policías ni pistolas ni rifles fue un martes que fuimos a La Antigua en busca de la casa de Hernán Cortés, y hallamos escombros dignos de mejor suerte, olvidados de pueblo y de gobierno, salpicados de excremento y de basura, a la sombra de antiguos mangos vigorosos.

En Puebla vimos más agentes armados y edecanes rubias que controlaban la entrada a una fiesta de Louis Vuitton en el Palacio Municipal de la ciudad de los ángeles. En todas partes. Y había policías con armas largas y cortas en el aeropuerto de la ciudad de México cuando por fin regresamos a casa.

Esta tarde, mientras llovía, me puse a escuchar las diez horas de entrevistas que hice en mi viaje, y entre ellas descubrí algo que grabé desde el sexto piso del hotel Emporio de Veracruz una mañana de junio.

"Mexicanos, al grito de guerra el acero aprestad y el bridón...", dice una parte del himno nacional que cantaban marinos fuertemente armados durante una ceremonia de graduación de técnicos en calderas y maquinarias. Y parece que así es.


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