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Domingo, 01 de junio de 2003 - 10:07 GMT
Habaneras
![]() Los aguaceros son muy frecuentes en La Habana.
Escribe Miguel Molina, columnista de BBC Mundo
1. Las lluvias comenzaron el día que llegamos a La Habana y cesaron cuando nos fuimos. Eran aguaceros sin fin, diluvios enfebrecidos por el calor, chaparrones desapacibles que caían precisamente a la hora en que los turistas piden el segundo daiquirí, y anegaban la ciudad pero sobre todo las torturadas callejuelas de La Habana vieja.
2. No sé muy bien por qué fuimos a la Bodeguita del Medio, un lugar de paredes azules llenas de lo que han escrito varias generaciones de turistas en el espacio donde no hay fotos de la gente famosa que también ha estado ahí. Estaba lleno, pero no había ningún cubano. O sí, porque la muchacha que trató de vendernos camisas, camisetas, puros, discos, sueños, era cubana, y cubano era el señor que vino a preguntarnos qué queríamos tomar antes de la cena. Pedimos daiquirí, que como todos sabemos es una forma helada del paraíso, y en ese momento la cosa comenzó a ir cuesta abajo. Beban mojito, recomendó el señor. Pero nosotros queremos daiquirí, le dijimos. La bebida favorita de Hemingway era el mojito, nos dijo el señor. Pero Hemingway se pegó un tiro en la cabeza, le dijimos. De todos modos no hay daiquirí, nos dijo el señor. Nos sirvieron mojitos y comida criolla. Carne de puerco, arroz blanco, frijoles negros, tostones, pollo entomatado. Los mojitos son una bebida amarga con yerbabuena, y la comida estaba tibia y era cara. Entendimos por qué no van cubanos a la Bodeguita, y por qué Hemingway iba ahí sólo a tomar su trago favorito.
Nosotros fuimos a revivir los recuerdos remotos de amigos recientes que no por azar llevaban libros de fotos con elencos de radionovelas olvidadas, y bebimos con ellos ron con cola hasta que fue hora de irse a otra parte. La otra parte fue el segundo piso, cuyo secreto encanto consiste en que los fines de semana hay funciones de cabaret sin adornos de plumas ni luces de colores ni aire acondicionado. Ahí los únicos extranjeros éramos nosotros. 4. En el Café del Louvre, donde sirven uno de los mejores daiquiríes de La Habana vieja, me sorprendió el guiño de una morena. Era guapa y delgada. Yo le dí un sorbo a mi bebida y me concentré en los músicos. Cuando volví a ver, la morena estaba sentada con un señor rubio que no hablaba español pero le acariciaba el cabello. Se dieron el primer beso antes de que terminaran la canción y el daiquirí, que para el caso eran lo mismo. 5. Fuimos a la plaza de Elián González, que el gobierno de Cuba construyó frente a la oficina de intereses de Estados Unidos para expresar ahí su disgusto por el trato que recibió el niño náufrago y exigir su regreso. Es una extensión adoquinada en cuyo extremo hay una estatua de José Martí con un niño en brazos. El héroe señala con dedo de fuego hacia el edificio estadounidense.
Antes de despedirnos, mencionó, como de paso, que si teníamos una buena lente podíamos ir al hotel Nacional y tomar las fotos desde allá. Cruzamos la calle y tomamos las fotos desde el monumento a las víctimas del Maine. 6. En el hotel Nacional, un edificio inmenso y helado, lleno de aromas de moda, tampoco hay cubanos, excepto los que trabajan ahí. Pensamos en ese detalle cuando caminamos de nuevo por La Habana vieja, viendo a señoras y señores sentados en zaguanes que nos veían desde una dignidad que va más allá de las ideologías, tal vez preguntándose qué hacíamos nosotros ahí. Entonces comenzó a llover. |
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