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Escribe: Miguel Molina
  Miscelánea:
Jueves, 27 de marzo de 2003 - 18:29 GMT
La guerra no es película
Periodistas extranjeros usando máscaras anti-gas en Kuwait
Los periodistas han adoptado "muchas formas" en esta guerra.
Escribe Miguel Molina, columnista de BBC Mundo

Me dí cuenta del riesgo el quinto día de la invasión a Irak.

La guerra, que destruye todo lo que toca, aprovechó una tormenta de arena para rozar el oficio y lo cambió para siempre sin que muchos se dieran cuenta. Estos son otros tiempos.

Es la primera guerra que se transmite prácticamente sin interrupciones por televisión, y la hemos visto en rojo y verde porque el color del desierto es indescriptible y además nunca es igual.

Y en esos colores, irreales en la estática del videófono, nítidos en la línea vía satélite, hemos visto dos caras del periodismo.

Hay colegas, entre ellos algunos de la BBC, que cubren la invasión a Irak entre las filas de un ejército o de otro (se usa la palabra en inglés embedded, que literalmente significa incrustado), y avanzan con sus tropas como parte de ellas aunque no sean soldados, al menos en teoría.

Camarógrafos y fotógrafos cubren la distribución de alimentos en el sur de Irak
Periodistas y militares viajan juntos por el territorio iraquí.
Según los militares, esa cercanísima relación entre soldados y prensa permite a los reporteros acceso privilegiado al frente de batalla y otros puntos, a la vez que ofrece protección, aunque en la guerra toda protección es relativa y cambiante. Ojalá fuera sólo eso.

Hemos visto cómo se han ido convirtiendo en parte del ejército cuyas actividades tienen que cubrir. Los hemos visto vestidos de uniforme y casco, los hemos escuchado hablar de "nuestras fuerzas" y en sus crónicas cuentan que "el enemigo nos atacó".

Los hemos visto excitarse describiendo el arsenal que tienen al alcance de la vista o viajando en tanques, como en las películas, y disfrutar usando el vocabulario castrense para hablar sobre las únicas armas de destrucción masiva que se han visto hasta el momento.

Pero la guerra no es una película. Me preocupa esa relación cercana y simbiótica que puede echar a perder el sentido del equilibrio informativo, que consiste en presentar los argumentos de las partes de cualquier conflicto, y deteriorar la facultad de duda que hace que un reportero sea reportero.

En Estados Unidos, a juzgar por lo que se ve, por lo que se oye, por lo que me dicen, la cosa va al extremo.


La verdad es un animal que escapa al menor descuido. Los periodistas tienen que cuidar tres frentes: el ego, el conflicto que ven y el conflicto que les cuentan

Quien dude es un traidor, quien cuestione es prácticamente un terrorista, y quien se oponga merece escarnio y desprecio, más que nada porque hay quien se atreve a dudar, a cuestionar y a oponerse a la invasión de Irak.

El riesgo no consiste sólo en que algunos reporteros se conviertan en algo que no son, sino en que terminen por creer que lo que se les dice es necesariamente cierto, y más porque lo dicen quienes también están encargados de proteger a los reporteros que cubren la guerra.

Así también es tan fácil convertirse en voceros de propaganda o en ecos involuntarios del rumor, que a fin de cuentas son armas efectivas, como equivocarse ante un exceso de versiones sobre la misma realidad que uno trata de cubrir.

La verdad es un animal que escapa al menor descuido. Los periodistas tienen que cuidar tres frentes: el ego, el conflicto que ven y el conflicto que les cuentan.

El trabajo no es fácil. El contrato social del periodismo estipula que el público ofrece su voluntad de creer a cambio de que uno satisfaga su necesidad de saber.

Las condiciones de ese contrato se han alterado y no volverán a ser como antes porque nada vuelve a ser como era antes.

Por suerte no todos son así. Hay un grupo de periodistas, entre ellos varios de la BBC, al que no le importa que la guerra se haya convertido en un espectáculo televisivo y todavía se preocupan, incrustados o no, por conseguir información.

Y se han quejado de que consiguen más detalles de los operativos con otros reporteros que con el Comando Central.

Terry Lloyd, periodista británico
Lloyd, un periodista veterano que perdió la vida en Irak.
Su oficio es dudar. Y hacer preguntas, y luego volver a preguntar. Saben que corren el riesgo de concentrarse en la parte de guerra que les toca y perder la perspectiva global del conflicto.

Son incómodos para los militares y para sus colegas que no se atreven a dudar ni a preguntar.

Otros de plano están cubriendo la guerra de forma independiente, es decir bajo su propio riesgo, que es muy elevado.

Van donde tienen que ir, cubren lo que tienen que cubrir, y a veces terminan pagando el precio de la guerra, que es la vida.

Los periodistas independientes Terry Lloyd y Paul Moran, por ejemplo, murieron tratando de encontrarle sentido a una guerra que, como todas las guerras, no tiene sentido.

Tal vez habrían dicho lo mismo que dijo el canal de televisión árabe al-Jazeera cuando le reclamaron que transmitiera imágenes de cadáveres mutilados y destrucción:

"Nosotros no hicimos esta guerra. Nos limitamos a mostrar las imágenes de lo que está ahí".


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